LA ESPERA

Actualizado: ene 31


LOS QUE FUMAN, RECIBEN HUMO EN LUGAR DE AIRE.

POR ALIMENTO, UN CIGARRILLO QUE LE OTORGA UN PASAJE A LA TUMBA

PAGOTO

Me llamo Carlos Andrés Sepúlveda Fuentes, tengo sesenta años y estoy casado hace más de treinta con mi único amor, Cecilia Andrea Córdova Cruchaga, de cincuenta y cinco. Nos conocimos cuando estudiábamos en el liceo y prometimos jamás separarnos, aunque nuestras inclinaciones intelectuales nos llevaran en diferentes direcciones.


Felizmente, realizamos nuestros estudios en la misma universidad, ya que esta impartía las carreras que ambos habíamos elegido: yo, arquitectura; ella arte.


Tal como lo dijéramos, nuestra relación se fortalecía con el tiempo y una vez graduados y con experiencia de un año laboral, nos casamos y ante Dios prometimos que estaríamos juntos “hasta después de la muerte”.


Nuestra vida siempre estuvo llena de felicidad. Lo único que nos faltó para completarla fue haber tenido hijos, pero no pudimos por una enfermedad que afectaba la fertilidad de Cecilia.


Al pasar el tiempo, ambos fuimos adquiriendo cierta experticia en nuestras actividades, yo con mi propia empresa de arquitectos y mi mujer con un taller de arte. Ambos gozábamos de un gran esplendor económico, lo que se veía reflejado en nuestra calidad de vida y nuestras adquisiciones, entre ellas, una casa en Santiago y otra en Rapel.


La pesada carga de trabajo y mi afán perfeccionista, me encaminaron hacia un vicio que fue en aumento día a día, haciéndome llegar a fumar cuatro cajetillas diarias. Me era imposible dejarlo, el stress que sentía parecía disminuir con cada cigarrillo, y esa era la única manera en la que podía concentrarme y cumplir con los plazos que yo mismo me imponía, y me permitía la perfección de mis labores aunque eso significara un daño gradual e irreversible de mis pulmones. Egoístamente, intentaba no pensar en ello, total, de algo hay que morirse. Esa era la idea irresponsable que mantenía, pensando solo en mi persona.


A pesar de las recomendaciones de mi esposa, familia y amigos, no era capaz de dejar el maldito vicio, que se encargó de carcomerme lentamente, como una polilla se come una viga. Empecé a padecer una tos permanente que se agravó con el paso del tiempo. Un día, apareció también un sangrado oscuro que tuvo como consecuencia la visita al personaje que tanto repelía: “cualquier doctor”.


Como en muchas ocasiones, hoy me encuentro en la sala de espera del hospital San Juan de la comuna de Quinta Normal, cerca de mi domicilio, para realizarme la famosa quimioterapia a la que debo someterme cada semana. Las cuatro cajetillas que fumaba diariamente me pasaron la cuenta y han afectado de forma indirecta a mi mujer, que debe acompañarme en todo este proceso. Si no fuera por ella, no podría soportar el malestar que la terapia me provoca, tan desagradable que lo único en lo que puedo pensar mientras la padezco, es en que la vida se me escapa rápido. Cecilia me ayuda, además, a llevar el tubo de oxígenos que me facilita respirar, posiblemente, más smog que aire en esta ciudad.


Mientras espero ser atendido por el oncólogo, el doctor Fuentes, me dedico a observar la gran cantidad de personas que me acompañan en la sala bien alumbrada, dotada de un brillante piso de baldosas y duras puertas de vidrio que impiden el acceso de las personas sanas, o es lo que imagino. Un letrero enorme situado en el lugar señala lo nocivo que es el tabaco y sus consecuencias… como si los que estuviéramos allí pudiésemos inhalar aún algo de humo. Ver el rótulo me causa un gran pesar, como si me golpearan duramente con aquellas palabras que repiten lo que para muchos ya es tarde: “No fumes, no fumes…”.


Mirar lo escrito en el cartel mientras esperamos, es una tortura constante, pero las grandes letras logran captar nuestra atención, aún en contra de nuestra voluntad:


EL HUMO DEL TABACO LOS AHOGA Y ENFERMA


TÚ TAMBIÉN PUEDES TENER UN INFARTO


CADA CIGARRILLO QUE FUMAS AUMENTA LAS PROBABILIDADES PARA TI Y LOS QUE TE RODEAN, DE CONTRAER CÁNCER


Mientras la espera nos mantiene en un terrible desasosiego, un ventilador gira incansable, a la vista de todos en la sala. Sus aspas emiten un triste sonido que pareciera obligarnos a mirar en cada rotación.


Una mujer vestida de bermellón, creo que pertenece a las damas de rojo, le entrega a cada familia un folleto que dice: “Los trabajadores que cosechan el tabaco sufren sin fumar, un riesgo a su salud, por el permanente contacto con las hojas que tienen un alto contenido de nicotina, por lo tanto, ningún producto masivo causa tanto daño con su cultivo, producción, uso y desecho, como el tabaco. Fuera de lo anterior, recientes descubrimientos señalan que las inhalaciones de un cigarrillo pueden causar daños genéticos en solo minutos, y no después de años, como algunos creen. El efecto es tan rápido, que equivale a inyectar la sustancia directamente al flujo sanguíneo”. A continuación indica que así lo afirman los expertos de la universidad de Minnesota: Las sustancias presentes en el tabaco, dañan el ADN.


Todo me lo lee Cecilia, puesto que la enorme máscara que llevo sobre mi rostro, no me permitiría distinguir siquiera una letra en un aviso caminero.


Un débil anciano sentado cerca de mí, se dedica a mirar la punta de sus zapatos. A su lado pasa una mujer paseando a su esposo en una silla de ruedas. El hombre parece escapado de la tumba, y bajo sus ojos, dos grandes bolsas oscuras resaltan sobre su tez amarillenta.


No obstante, parece que para algunas de las personas presentes todo está normal: una secretaria lleva hablando por teléfono, calculo media hora, y las sonrisas que aparecen en su rostro me hacen pensar que puede estar charlando con su novio. Puedo comprobar el tiempo en un reloj colgado en la pared, que quizás marca la existencia de quienes nos encontramos en este lugar intentando alargar los días de nuestras vidas, pero eso a la chica del teléfono, claramente no le importa.


—Señor Carlos Sepúlveda, box número 9 —se escucha una voz en un parlante. Mi mujer me toma y casi a rastras, me lleva a la cabina del médico.


Sentado en la camilla, recuerdo los consejos de mi querida madre:


“Hijo, no fumes, te hará mal para tus pulmones, se habla mucho de que produce cáncer…”.


“Sí, mamá, te prometo que lo dejaré”. Eso se lo dije hace treinta años, y ahora me encuentro como un zombie, con esta enorme máscara que me hace parecer astronauta.


Mi mujer habla con el médico, yo no tengo palco en la conversación y, aunque lo tuviera, me sería imposible hablar en estas condiciones.


El doctor mueve negativamente la cabeza y da golpecitos a la mesa con sus delgados y largos dedos, como si intentara reproducir la conversación para mí, en clave Morse.


Mi mujer intenta mantener la calma, pero conociéndola desde los quince años, puedo comprender que tras su aparente quietud algo terrible la atormenta.


Concluida la charla, el médico le entrega un documento cuyo contenido ignoro. Sus ojos apagados, casi al borde de las lágrimas, me indican que son malas noticias.


Yo sabía que en algún momento mi cuerpo me pasaría la cuenta, pero lo que nunca sopesé, fue mi irresponsabilidad hacia ella. No pensé que le provocaría una pena tan honda, mortificándola cruelmente por mi egoísmo.


Siguen pasando los días, y estoy tan delgado que no hay camisas ni pantalones que me queden, Cecilia debe ajustarlos y dejarlos varias tallas menos de la que solía usar. Para mí, todo se ha vuelto enorme y pesado, incluso la cuchara se me hace una carga durmiente, aunque ya casi no la uso pues debo consumir la mayor parte de mi alimentación, mediante un tubo.


Para mí, hoy parece llegar todo a su fin. Un ataque fulminante al corazón, le ha causado la muerte mientras dormía. Siento un dolor intenso acompañado de un poco de envidia. Ella dejó el mundo de manera rápida, sin pasar por la agonía en la que yo me encuentro. Al ver su cara en paz, las lágrimas comienzan a caer por mi rostro humedeciendo la tediosa máscara, y pido perdón a Dios por todo el daño que le provoqué.


Como si aún durmiera, la veo tendida en la cama con la hoja que el doctor le pasara en la última consulta, con las indicaciones de mi tratamiento. Había agregado a él una nota para Juana, nuestra asesora del hogar, en la que le solicitaba que me siguiera atendiendo, como si supiera que su vida estaba por concluir. Tenía también en su poder, una foto nuestra de cuando éramos jóvenes. ¡Qué diferencia!: Ojos vivos, belleza, alegría de vivir, risas y sonrisas por doquier.


Al tomar el papel, alcanzo a leer el diagnóstico del médico: “Los remedios y aplicaciones no han dado resultado, su enfermedad avanza y no existe otro medio de sanación. Recomiendo llevarle a su domicilio. Tiempo de vida: aproximadamente, tres meses."


Después de la triste ceremonia funeraria de Cecilia, Juana asume las tareas de la casa. Su sonrisa es constante y tiene muy buena disposición. La queríamos como si fuera de la familia, a ella y a Ricardo, su esposo, oriundo de Rapel, quien trabajaba para nosotros como chófer. Me sentía aliviado de quedar al cuidado de tan buenas personas en mis últimos días.


Por fortuna, durante el avance de mi enfermedad, no me han faltado medios económicos, por lo que puedo seguir adelante con el tratamiento y adquirir los medicamentos.


Juana me pregunta qué haremos ahora que no está Cecilia con nosotros, y una de mis manos indica hacia el sur: Rapel. Ella sabe que me refiero a la casa de campo en la cual pasé mis mejores años junto a mi mujer.


Allí la naturaleza nos entregaba una paz perfecta, el trino de las aves era la única música que necesitábamos. Al anochecer nos sumergíamos desnudos en el lago, el agua entibiada por la cálida estación veraniega nos reconfortaba mientras apreciábamos la vida animal y todo aquello creado por Dios.


Cecilia parecía una sirena de cuentos. Sus cabellos dorados brillaban bajo la luz de la luna, su estilizada figura se mimetizaba con la belleza del entorno formando parte del paisaje. Nos inundaba una felicidad que solo es perceptible cuando se siente de cerca el amor del creador. El cielo, sembrado de constelaciones, parecía tan cercano que nos daban ganas de alzar las manos para ver si podíamos atrapar una estrella.


Rapel se encuentra a más de 170 kilómetros del bullicio de la capital, donde lo usual es oír los vehículos, el ladrido de los perros, las voces estrepitosas de la alocada juventud que carece de respeto por los demás, especialmente los ancianos, como si nunca fuesen a llegar a viejos. En Rapel, nada de eso tendría que oír.


Conforme a mis indicaciones, Juana empaca lo necesario para tres meses. Estamos a 27 de diciembre del año 2009. Quizás en el campo podría cerrar los ojos y pensar en lo que fue mi vida, lo bueno y lo malo.


Pensándolo bien, el tiempo que me queda, no es poco para un moribundo. Tres meses es un lapso suficiente para pedir a Dios el perdón por mis errores y agradecer todo lo bueno que me otorgó, especialmente mi vida con Cecilia.


Una vez en la casa de campo, me dedico a observar el paisaje. El lugar está reluciente. El blanco de la vivienda, que tanto gustaba a Cecilia, parece derramar un aura positiva que envuelve todo con su energía. El verdor del pasto y los colores de las flores evocan un paisaje encantador, como decía mi esposa, similar al Edén. Al recordarla, las lágrimas comienzan a escapar de mis ojos, mojando una vez más aquella mascarilla de la que ya no me puedo separar.


En el agua del lago, quieta como una taza de leche, se reflejan las nubes que lejanas parecen jugar con el viento, mientras un pez brinca, como saludándonos.


Al interior de la casa, todo está como mi esposa acostumbraba: el orden, la limpieza y la decoración, esta última reflejada en los hermosos óleos que ella misma pintaba. En uno de ellos estamos inmortalizados: Cecilia, nuestro amado perro y yo, sentados mirando hacia el infinito. Tommy, el poodle que nos acompaña en la pintura, era mi fiel compañero de pesca. Lamentablemente ya no existe, se lo llevó una enfermedad que no tenía cura y en ese entonces, lo mejor para él fue que su dolencia lo llevara a la muerte de forma veloz, sin sufrimiento. Pasa por mi mente la idea de que quizás, sería mejor si eso también me pasara a mí.


Los días transcurren lentos. Como el caminar de un inválido, mi enfermedad avanza, los dolores se vuelven insoportables, y la única manera de aminorarlos es administrándome los fármacos que me recetó el doctor.


El 31 de diciembre, celebramos la llegada del año nuevo con una rica mesa en la que nos encontrábamos Juana, Ricardo y yo. Finalmente, ellos son mi familia, ya que siempre estuvieron a nuestro lado cuando los parientes se ausentaron, luego que no pudimos ayudarles con sus peticiones de dinero, como acostumbrábamos a hacerlo.


Casi al terminar la cena, entregué a Ricardo un sobre que llevaba en mi chaqueta, me quité la máscara unos segundos y le dije: —Ábrelo. No digas nada ahora, es un presente de Cecilia y mío, ustedes dos lo merecen más que nadie—. Volví a ponerme la máscara, a través de la cual pude observar unas lágrimas en los ojos de mis fieles compañeros. No dijeron nada… no era necesario.


Los días han pasado rápido. Es 21 de enero del 2010, Ricardo me ha traído al embarcadero para que pueda observar el lago, el vuelo de las aves y los patos que nadan con su cabecita erguida. Una carpa salta de repente, dejando una gran ola expansiva al volver a sumergirse.


De pronto, la quietud se rompe. Escucho el motor de una lancha que presurosa se acerca por el costado norte del muelle, echando espuma por la proa. No alcanzo a distinguir bien quién la maneja, solo puedo apreciar unos cabellos claros, largos y brillantes como el oro.


Se acerca al embarcadero y atraca. Al mirar hacia el interior, mis ojos se abren con sorpresa al notar el gran parecido de la conductora con mi esposa. La impresión me provoca una crisis y comienzo a desvanecerme, y Ricardo acude en mi ayuda.


—¿Qué pasa, don Carlos?


No le contesto. Percibo que la mujer, al ver mi reacción, se baja y acude hacia donde estamos. Ricardo, preocupado, se acerca más a mí y me pregunta de nuevo qué ocurrió.


—¿Ves el bote que se acaba de acercar y la mujer que lo conduce?


—No hay ningún bote, don Carlos, solo capto pájaros que revolotean cercanos.


Ricardo está convencido de que alucino. Al parecer, él no es capaz de ver a la mujer que tengo ante mis ojos. A pesar de su incredulidad, yo sigo observando a la rubia que se encuentra ahora a mi lado, mientras respiro con dificultad, conmovido por la agitación. Termino por ignorar a mi acompañante y mi atención se centra en la dama.


—Usted es muy parecida a mi esposa… ya fallecida.


—Oh, cómo lo siento. Mi nombre es Cecilia, solo estoy de paso, llegué hace como un mes; creo que un mes y nueve días.


Estoy impactado. ¿Será posible tanta coincidencia? Son los mismos días desde que mi esposa falleció… Sacándome la máscara para apreciarla mejor, mis ojos no ven a una desconocida, sino una aparición… ¿Será ella que me viene a buscar?


Intento tocarla alzando una de mis manos, pero estoy tan débil, y con mi voz casi en tartamudeo la nombro…


—Cecilia, ¿viniste por mí? Estoy aquí, esperándote en el lugar en que nuestro amor fue el más puro y completo…


Ella me mira, no dice nada y se levanta para volver al lugar de donde vino. La veo irse con lentitud. El bote se aleja. Mis ojos húmedos me lo dicen todo; era Cecilia, no otra, que me vino a buscar.


Desde aquel día, me acerco al muelle y permanezco sentado en la silla que traslada Ricardo, con el tubo de oxígeno a cuestas. Me quedo allí, esperándola, pues estoy seguro de que era su alma, mi Cecilia…


Ya es 26 de febrero y me encuentro solo en el muelle. Mientras respiro con dificultad, siento una voz conocida que me susurra: —Carlos, mi amor, estoy junto a ti—. Miro a todas partes, pero no logro ver nada. Cierro mis ojos despacio, como buscando en el interior de mi mente. Pienso que quizás desde la profundidad de mi intelecto, podré verla o sentirla. Vuelvo a oírla… —Falta poco para que estemos juntos de nuevo… Te esperaré donde nada ni nadie podrá separarnos…


Son las tres treinta y cinco de la madrugada del 27 de febrero. Aún no me acuesto, sigo sentado en mi silla dentro de mi habitación. Espero por ella. Afuera los perros aúllan asustados, las aves se oyen inquietas y un rugido extraño proveniente del fondo de la tierra se hace oír cada vez con mayor intensidad; algo está por ocurrir. De pronto, el piso bajo mis pies comienza a sacudirse. Juana y su esposo me llaman desde afuera, apenas en pie por los violentos movimientos telúricos. El tiempo apremia y deben huir antes que la situación no lo permita. Con una seña les indico que se vayan, acto seguido las murallas y las vigas se desprenden bloqueando la entrada hacia donde estoy. Juana se resiste unos segundos, pero Ricardo logra sacarla, entre gritos y llantos.


Una gran abertura en dirección al lago hace que las aguas desciendan y la orilla traza un triste camino desierto, donde se divisan algunos peces pequeños que no alcanzaron a nadar lago adentro.


La casa está casi destruida, solo se mantiene en pie el lugar en que me encuentro esperando a mi amada. El piso crujiente comienza a hundirse y se forma una grieta que amenaza con arrastrarme hacia su interior. Me dejo llevar. Voy a un lugar en el que no existe humo ni tabaco, ni especie alguna de dolor. Creo que son mis últimos segundos en la tierra, y con una débil sonrisa desprendo la máscara de mi rostro para no llevarla conmigo. Todo se vuelve oscuridad, y en medio del silencio sepulcral oigo apenas una voz cálida, familiar, y un abrazo tibio que rodea mi fatigado cuerpo. Ha llegado el momento.


La vivienda desaparece. No queda nada, ni siquiera una silla, ni el tubo de oxígeno.


Al volver la calma, acompañada aún de pequeños temblores intermitentes, mis fieles compañeros, abrazados y temblorosos, contemplan los estragos que provocó el movimiento sísmico. La tierra se tragó todo, y donde antes estuvo ese cálido hogar en que trabajaron, ahora hay solo un terreno destruido. Las casas adyacentes, ubicadas a varios metros, también se han desmoronado, aunque no al punto de desaparecer por completo.


A lo lejos, gritos de desesperación se hacen oír en medio del silencio. Personas y animales fueron azotados por igual, la naturaleza no hizo ninguna distinción. De las viviendas, o lo que quedaba de ellas, comenzaron a salir las personas que sobrevivieron, algunas desnudas, otras heridas y desorientas, gritando, clamando por ayuda y evocando los nombres de quienes quedaron sepultados bajos los escombros, bajo la materia inerte, sin voces, sin aliento, despojados de su vida.


Cruza el aire la débil señal de una radio a pilas que anuncia lo sucedido: “El terremoto alcanzó una intensidad de 8,5 grados Richter. Azotó gran parte de la octava región y de la quinta. Un tsunami devastó puertos y playas, produciendo numerosas muertes y gran destrucción…”.


A un par de meses de la tragedia, la normalidad vuelve. Será una ardua labor revertir los estragos de la catástrofe, pero la ciudad y sus alrededores se muestran optimistas. Lo material es recuperable, pero la pérdida de quienes se fueron no, y su recuerdo permanecerá por siempre en la memoria de los que les amaron. Para quienes desaparecieron, sus tumbas estarán en un lugar del lago, o en la misma tierra que los sepultó; eso solo lo sabe Dios.


En el cementerio “La esperanza”, en Santiago, se observa una hermosa lápida con la siguiente dedicatoria:


“Aquí yacen los restos de quienes se amaron aún después de la muerte”.

Cecilia Andrea Córdova Cruchaga

Carlos Andrés Sepúlveda Fuentes

27 de febrero de 2010.


Ricardo y su esposa, con algunas flores blancas en la mano, miran asombrados la inscripción escrita sobre el mármol. Su patrón fue tragado por la tierra, nunca encontraron su cuerpo. Ricardo menciona a Juana que don Carlos le habló en una ocasión de una mujer que se le aparecía en el muelle, mas nadie salvo él la vio. Ambos se preguntan: ¿Cómo llegó el cuerpo de su patrón, al lugar del sepulcro de su mujer? ¿Quién escribió sus nombres en la lápida, si no tenían herederos?


Tanto Juana como Ricardo, guardan silencio. Con sus ojos llenos de lágrimas, se dicen lo que ambos piensan: “Doña Cecilia se llevó a su marido junto a ella, cumpliendo la promesa de estar siempre juntos”.


A pesar de la tristeza que provocó a su mujer durante tanto tiempo, debido a su porfía y egoísmo, que lo arrastraron a padecer la agonía del cáncer, ambos se amaron de manera genuina. El cariño profundo que se tuvieron prevaleció por sobre todo, ya que el amor que se transmite con tanta fuerza entre dos personas, queda grabado a fuego en sus cuerpos y espíritus.


Creo que habría que preguntarle a Dios qué fue lo que realmente ocurrió, pues solo él es capaz de transformar una tragedia en un final feliz para dos seres que se amaron tanto, al punto en que sus almas se buscaron aun después de haber muerto. ¿No lo creen? Pues bueno, yo sí.

Carlos Sepúlveda Fuentes


Escrito por:

Patricio-González-Tobar



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