CONCILIACIÓN

Actualizado: feb 26



En el segundo juzgado de familia de Santiago, ubicado en la calle San Antonio que cruza de Norte a Sur el centro histórico de la capital, en uno de los pasillos del tercer piso de la institución, se encuentra Diego Brena esperando su turno mientras relee la citación que indica que la audiencia se realizará a las 16 horas del día 18 de Enero del año en curso, es decir, hoy. Su mujer aún no aparece. La lista de audiencias pegada en la puerta de la sala con un chinche, mantiene las mismas marcas de plumón rojo desde que él llegó, lo que indica que no ha habido avance en las últimas dos horas.


Los litigantes, repartidos en los diferentes pasillos, mantienen diversas expresiones faciales, reflejo de la gama de sentimientos que inundan a los seres humanos cuando enfrentan situaciones complejas. Se distribuyen en grupos pequeños, murmuran y observan al resto de los presentes de reojo. Brena, sin mirar alrededor, se acerca al secretario:


─Estoy esperando que el juez me llame, pero tengo algunos asuntos urgentes que atender. ¿Usted me podría indicar por qué la lista no avanza? Hay cinco personas antes que yo, y ya tenemos una hora de retraso ─pregunta, sin esperar a que este levante la vista.


─Seguramente en la cuarta sala han tratado casos complicados y se les asignó dos bloques de duración a cada turno, por eso la lista está atrasada ─responde el funcionario, de inmediato y con evidente satisfacción.


Diego gira en ciento ochenta grados para volver a donde estaba, pero el rincón ha sido ocupado y debe detenerse a medio camino, donde el calor se concentra con mayor fuerza que en el resto del pasillo. Mientras busca algún refugio observa que por una de las puertas aparece su mujer acompañada por un tipo alto, perfectamente peinado a la gomina y vestido con un terno gris, adecuadamente ajustado al cuerpo. Cuando ya están cerca, nota que la camisa del hombre tiene un diseño de rayitas delgadas y en la corbata vuelan unos patos amarillos, muy al estilo ochentero.


─Diego, este es mi abogado, el señor Gabriel Amenabar. ─Los mira a ambos intermitentemente, como invitándolos a saludarse. El abogado estira una mano gigante, con las uñas perfectamente recortadas.


─Mucho gusto, señor Brena. Como dice la Jimena, yo soy el abogado que la va a representar en este caso.


El aludido estira su mano con un estertor violento para responder al saludo. Los tres permanecen en el centro del pasillo sin hablar por algunos minutos, mirando en diferentes direcciones para simular que les interesa calibrar adecuadamente el lugar donde se encuentran reunidos. Finalmente, el abogado se acerca un poco más y agrega en voz baja:


─Hay una oficina aquí al lado, donde podemos avanzar en la definición de un preacuerdo que sea conveniente para ambas partes.


Brena se queda mirando los patitos amarillos que vuelan en el cielo verde brillante de la corbata del abogado, como si viajaran hacia algún lugar tranquilo en donde poner sus huevos, alejados de cualquier peligro exterior. Amenabar lo toma del brazo y aplica una leve presión en dirección a la eventual oficina en la que tendrían que definir el acuerdo susodicho, pero Diego se libera con fuerza y fija la vista entre la nariz y el pelo engominado del hombre.


─Mi estimado, no es necesario ponerse violento. La demanda de tu esposa es tremendamente justa y tu comportamiento el último año ha sido muy denigrante para ella. Podemos demostrar que no has cumplido con las obligaciones que tienes con tu hija, que apareces y desapareces en horarios fuera de programa y, como si fuera poco, ejerces presión sicológica sobre ella jugando con las fechas y los montos del dinero que tienen acordados. Has violentado a tu cónyuge más allá de los límites éticos ─agrega el abogado, acercando su mandíbula perfectamente afeitada a cinco centímetros de la nariz de su interlocutor, para rematar con una voz aterciopelada y medio tono más bajo del que estaba usando: ─Te puedo reventar delante del juez.


Diego Brena ahora está concentrado en el ojal de la chaqueta gris del abogado, ese orificio alargado con bordes rematados que actualmente no se ocupa para nada, excepto para que algunos funcionarios de gobierno abrochen una banderita chilena en la solapa de su chaqueta.


─La Jimena tiene derecho a rehacer su vida ─continúa Amenabar, presumiendo de su capacidad oratoria─, y tú no puedes aprovecharte de su fragilidad emocional para torturarla con llamados nocturnos, visitas inoportunas y además, negarle las platas que por obligación legal tienes que entregarle.


Diego da un paso atrás y dirige su puño derecho, con máxima potencia, al estómago del abogado. Aprovechando que este se encorva de dolor, lo toma del cuello con el brazo izquierdo y, cerrando el círculo con su muñeca derecha, hace girar con violencia la cabeza del profesional hacia el cielo del pasillo. Jimena emite un grito sordo que termina de asustar a los concurrentes, quienes permanecen rígidos en sus sitios de espera.


Gabriel forcejea en el suelo mientras Brena lo presiona con todo su peso para evitar que logre levantarse hasta que aparecen dos gendarmes que, a duras penas, logran separarlos. Ambos se encuentran visiblemente despeinados y con sus trajes descompuestos, pero finalizada la lucha griega, nadie levanta cargos y los involucrados se retiraran del lugar bajo la promesa de destrozarse mutuamente en la guerra legal que tienen por delante.


En el periodo que transcurre entre la fallida primera citación y la segunda, el demandado se prepara para autodefenderse, devorando los capítulos del código civil referente a conflictos de familia y memoriza la jurisprudencia de aquellos casos que considera muy similares a su situación personal. Analiza también la estructura de tribunales y la secuencia de instancias que pueden concurrir al proceso, de forma tal que logra configurar una película clara de los pasos a seguir dependiendo de los resultados de cada etapa.


Llegado el día de la audiencia, su mujer se mantiene esperando su turno junto al abogado, en la esquina opuesta del pasillo en donde él se encuentra, en el tercer piso del segundo juzgado de familia.


Al indicarles su turno, se sientan en sus respectivas posiciones frente al juez. Amenabar y Brena, exponen sus argumentos sin mencionar para nada el enojoso episodio de la sesión anterior. El abogado centra su exposición en la excelente situación económica del demandado y el enorme perjuicio moral y material que ha sufrido su cliente durante todos los años de convivencia; Diego focaliza la defensa en su intachable comportamiento conyugal y la precaria situación económica en la que actualmente se encuentra debido a la pérdida de su trabajo, por motivos que no vale la pena detallar en la sala, y por las altísimas deudas que debe pagar, producto de algunos alocados emprendimientos realizados por su esposa. Respalda sus argumentos con una profusa documentación correspondiente a finiquitos, cuentas corrientes, contratos y estados de deuda.


Finalmente el juez falla determinando una pensión muy inferior a lo solicitado por los demandantes y, sin dar explicación alguna a los presentes, da por terminado el proceso. Brena se levanta rápidamente de su silla y sale al pasillo donde se queda esperando en una de las esquinas.


Cuando ve salir a la otra parte, hace una seña amistosa a su mujer para que se acerque; ella lo mira durante algunos segundos, luego camina a paso lento hasta él y se detiene a medio metro de distancia, en posición defensiva. Diego saca un papel doblado del bolsillo de su chaqueta y se lo entrega en silencio. Lentamente, Jimena toma el papel que su marido le entrega y sin dejar de mirarlo, lo abre para leer su contenido. Este indica que Brena se compromete a entregarle una pensión mensual por un valor que equivale al doble de lo que ella le estaba pidiendo en el tribunal. El documento está firmado y legalizado ante notario. Al terminar de leer, levanta la vista del papel y mira a Diego con expresión cansada. Este le devuelve la mirada con cariño, acaricia levemente su mejilla con el torso de la mano derecha, da media vuelta y, con paso rápido, abandona el lugar.


Escrito por:

Rodrigo-Bastías


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