LA PERLA DEL MERCADER

Actualizado: 10 de dic de 2019



El mercader:


La vi en el Mercado de Zanzíbar* en el año 1845. Con el arribo de los dohws**, cientos de árabes habían venido a vender esclavos.


El cargamento había arribado de madrugada. Se trataba de esclavos negros provenientes de Malawi y Mozambique. Ocasionalmente, algunas jóvenes árabes o persas eran subastadas en Zanzíbar.


Mis clientes eran africanos, árabes e indios ricos. Estos últimos habían venido a la isla sin sus mujeres y solían comprar esclavas como concubinas.


Ese día la feria comenzó a las cuatro de la tarde. Se había lustrado la piel de los esclavos con aceite de coco, decorado sus brazos, narices y piernas con pulseras de oro. Iban en fila según tamaño y edad. A la cabeza, el propietario, y a cada lado de la fila, guardianes armados.


La procesión comenzó en la plaza del mercado y continuó por las calles de la ciudad. El propietario pregonaba canturreando las cualidades de sus esclavos y el alto precio pagado por ellos. Si un espectador mostraba interés por alguno, la fila se detenía. Este verificaba que el esclavo no tuviese defectos de habla ni de oído, que no roncara y se viera sano. Revisaba su boca y su cuerpo, sin excluir los senos de las mujeres.


Cinco chicas persas no formaban parte del desfile. En un cuarto aislado eran reservadas para los mercaderes de prestigio. El tratante mandó a un servidor, muy temprano, para informarme que había traído esclavas blancas. Debía darme prisa. Había otros traficantes que, como yo, tenían encargos que satisfacer en Zanzíbar y Pemba.


Eran muy jóvenes, casi niñas. El traficante las exhibió vestidas con sedas translúcidas. Una de ellas me encandiló. Tenía quince años. Era una Venus virgen, una diosa de senos turgentes. Mujer más que gacela, con muslos y caderas que invitaban al placer de la carne. Me acerqué y apenas si rocé su piel delicada. Se llamaba Fawzia y hablaba árabe. Me dije que una joya así no tenía precio. No, no la vendería.


Deseaba que se repusieran del viaje y alimentarlas bien. Cité a mis clientes un mes después. Estos vestían trajes bordados con hilos de oro y gruesas gemas en sus dedos. Entre ellos, el gerente del Sultán Seyyid Said. Se decía que el Sultán, presionado por los ingleses, cerraría el mercado de esclavos. Tal vez, me decía yo, pero el tráfico de esclavas sexuales existe desde la noche de los tiempos y persistirá mientras brille la última estrella en la bóveda celeste. La prueba, que su gerente estaba allí. Era tanto el celo y la demanda que en 1811, el Imán de Muscat había hecho emascular a uno de sus gobernantes abisinios porque se permitía familiaridades con sus esclavas.


Yo había adquirido tres de las cinco adolescentes y, por pura vanidad, para hacer alarde de mi perla recién adquirida, la expuse junto con las otras. Las presenté ponderando los méritos de las dos primeras. Mi intención no era vender a Fawzia. Al llegar a ella, no pude evitarlo y alcé el tul que la cubría: semi sentada, los brazos en alto sobre su frente, volteaba pudorosa el rostro. No portaba aderezos. Su desnudez era su elegancia. La iluminaba un rayo de sol cálido del atardecer que entraba por la ventana. Dije que, frágil a causa del viaje, no estaba aún en venta. Nadie me creyó. Hubo uno que hizo ademán de acercarse a Fawzia.


—¡Que nadie me la toque! —exclamé en voz alta—. Las ofertas aumentaron de inmediato. —ciento cincuenta piastras —gritó uno—; trescientos dinares —un segundo—; trescientos cincuenta chelines ofreció el enviado del Sultán, haciendo tintinear algunas monedas de oro en el bolsillo.


—Quinientos chelines, trescientos en billetes y doscientos en monedas de oro, le respondí con voz trémula—. La toma o la deja —agregué.


Era mucho más de lo que cualquier traficante podía pretender.


Un fajo de billetes y una bolsa de oro cayeron a mis pies y, ávido, casi sin darme cuenta, me agaché y los cogí.


Escrito por:

Blanca-del-Río-Vergara


Cuento inspirado en la obra del mismo nombre, del pintor chileno, Alfredo Valenzuela Puelma (1856-1909). Seleccionado en el Concurso Relatos de Colección del Museo de Bellas Artes en 2009.


*Zanzibar: hermosa isla del océano Indico, cerca de las costas de África.


**Dowhs: embarcaciones árabes con un solo mástil.


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