VIVIENDO EN AUSTRALIA: LOS INTENTOS FRUSTRADOS DE PEGA

Actualizado: ene 13



Llegué a Australia junto a mi buena amiga Sofía, esperando cumplir un sueño de años, el sueño prometido del pibe: ganar mucha plata en cualquier trabajo, y poder viajar por el Sudeste Asiático a un peso cincuenta… Sin embargo, ya llevamos un par de meses en Sydney, y todavía no veo los billetes crecer de los árboles.


Sabía que nos costaría encontrar trabajo en un comienzo, pero esto ya me está preocupando; mi cuenta casi llega a cero y no veo luces de que pueda aumentar. Creo que el solo hecho de estar cumpliendo un gran sueño, es lo que me ha permitido no llegar aún a las lágrimas.


Hemos tenido un par de experiencias laborales, pero nada estable. Aquí hay que estar llamando continuamente a una agencia de trabajo para preguntar si hay algo disponible. Es así, como más que lucas, hemos logrado recopilar un par de experiencias tragicómicas. Les cuento algunas para que se rían de nuestra desgracia.


¡Nuestro primer trabajo fue una pesadilla! Trabajamos de “cleaners”, algo así como nanas express, que limpian cinco o seis casas en un día. Nos contrató un colombiano, Richard, que reclutaba personas para distribuirlas en los diferentes domicilios que solicitaban el servicio. Él te dejaba ahí, tú limpiabas rápido y luego te pasaba a buscar para llevarte a otra residencia y hacer lo mismo.


Richard, en un principio nos dijo, muy buena onda, que no nos preocupáramos por ser más lentas que el resto, porque “todos habíamos tenido nuestro primer día alguna vez”, que ya íbamos a aprender… pasadas unas horas, nos empezó a tratar como perros esclavos, diciéndonos que éramos demasiado lentas, o nos retaba por no haber hecho cosas que nunca nos dijo que teníamos que hacer. ¡Fue terrible!


Haciendo el aseo, me mandé un condorillo por ahí. Estaba limpiando la casa de un filipino, que estaba impecable; era toda blanca y muy ordenada, y de repente, mientras limpiaba el respaldo de la cama de una de sus hijas, sin querer pasé mi uña (pintada) por la pared, y ¡dejé una línea morada enorme! Traté de borrarla con los productos de limpieza que tenía, pero fue imposible, así que me quedé calladita no más y traté de pegar bien la cama a la muralla para que no se viera. El filipino no estaba en su casa, y contarle a Richard no era una opción después de cómo nos había tratado.


Qué experiencia más terrible; este hombre nos negreó de lo lindo, trabajábamos de 8 am a 7 pm, sin descansar ni comer NADA. Al final lo único que quería era llorar, pero no estaba ni ahí con hacerlo al frente de ese idiota. Conversando después con otras pares, nos enteramos de que los colombianos no pueden obtener la visa Work & Holiday, por lo que llegan a Australia con visa de estudiante y solo pueden trabajar cuatro horas diarias. Richard entonces los contrata, los deja trabajar todo el día ilegalmente, y con eso se siente con el derecho de tratarlos como basura, por la oportunidad que les da de obtener más plata. Ahí fue cuando decidimos renunciar. Nosotras estamos legalmente en este país, podemos conseguir trabajos mejores, que paguen más y que no nos traten como esclavas.


Salimos de un desastre de pega, para entrar en otro. La nueva, consistía en repartir volantes en los “mail box” o casillas de correo. Un trabajo agotador, pero al menos nos trataban bien. Para partir con el pie izquierdo, las muy pavas el primer día ¡tomamos el bus para el otro lado! Íbamos felices copuchando, sabiendo que debíamos cruzar el mar por el Sydney Harbour Bridge. Cuando llevábamos ya mucho trecho avanzado, nos empezamos a preocupar porque nunca llegábamos al puente. Miramos el mapa y nos dimos cuenta de nuestro flamante error. ¡Llegamos una hora tarde! Avisamos con tiempo y por suerte, como era un trabajo en el que tenías que completar un objetivo, no nos pusieron problemas.


El pago no era muy bueno, pero para tener algo mientras, igual apañaba. Eso sí, no era para hacerlo todos los días, porque uno estaba como seis horas o más, caminando con una mochila cargadísima de volantes y quedabas con la espalda en la mano. El lugar que me tocó a mí no era tan grande, pero tenía miles de subidas y bajadas a 30°C. Como esclava, repartiendo volantes, pasando por unas mansiones cuáticas. Me sirvió para conocer un poco más algunos sectores menos turísticos, y hacer algo de ejercicio, aunque luego de un par de veces terminé con los pies acalambradísimos, al punto de no responder a la hora de querer caminar.


¡En el próximo reporte les contaré si estoy disfrutando de mis millones o si estoy debajo de un puente!



Escrito por:

Josefina-Gaete-Silva


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