A PROPÓSITO DE LA HISTORIA DE LAS HORMIGAS

Actualizado: 9 de dic de 2019


Cuando salió del ascensor, giró su cabeza de izquierda a derecha para observar a su alrededor, antes de comenzar a caminar hacia el fondo del pasillo. Avanzaba con paso rápido y sigiloso, como sentía que lo había hecho desde su descenso del automóvil.

-¿Don Raimundo Salvatierra? -preguntó en la recepción, con un hilo de voz.

-Fue llevado recién a recuperación, no puede recibir visitas -respondió la recepcionista, una joven de cabello rubio natural, tan severa como hermosa.

-Soy su cardiólogo, Julián Mancilla -tocó un delantal blanco que llevaba sobre el hombro. Se arrepintió a los segundos de haberlo hecho. "Debí haber dicho que soy su médico personal".

-Pase, la sala del paciente está por allá -indicó una dirección que el aludido siguió de inmediato. Al llegar, se detuvo unos segundos frente a la puerta, cogió la manilla y la giró con suavidad. Ingresó con cuidado a la habitación. Tras dos o tres pasos, lo divisó por la cortina entreabierta y se detuvo un instante a estudiar a la distancia el aspecto del hombre a través de lo que los aparatos, instrumentos, tubos y cables, le permitían ver. Cogió la ficha que encontró sobre la silla, ubicada al costado de la cama, y la comenzó a leer. Después de haber observado algunas radiografías y análisis, volvió a poner el documento en su sitio. Se quedó un instante junto al ventanal, observando los diminutos vehículos que, como hormigas, parecían ir y venir de su imaginario refugio allá en medio de la cordillera.

-¿Qué tal, Raimundo? ¿Cómo estás? -preguntó después de un instante.

El hombre pareció hacer un esfuerzo supremo para abrir sus párpados y dejar asomar los globos oculares, llenos de quebrajados trazos rojos y amarillos.

De pronto, Julián se sobresaltó al sentir que la puerta se abría y entraban tres hombres de blanco a llenar con sus voces la habitación.

-¿Señor? –preguntó al verlo, desde la entrada, el más joven de la delegación.

-Soy médico, amigo personal de Raimundo, no se preocupe –dijo esta vez solo para resignarse a la casi imperceptible venia de los otros dos facultativos, que parecían estar concertados para comenzar a observar la ficha, los exámenes y los indicadores de los diferentes aparatos que mantenían conectado al paciente.

-Más que el corazón, doctor Shlinder, creo que la aorta no pudo resistir la presión de una sobre exigencia vascular y se produjo un desperfecto en su mecánica, lo que determinó la inundación parcial en el pulmón izquierdo -explicó el más joven del equipo.

-¿Y el corazón? –preguntó el de más edad.

-Bueno, el corazón resistió, pero el daño se trasladó a través de la aorta a otros sectores...

-Me refiero a cómo quedó -insistió el hombre.

-Bien, creo que para la gravedad del accidente y la conmoción provocada en el resto de los órganos, fue lo que mejor resistió. En todo caso, si su mujer no lo hubiese traído de inmediato, no hubiéramos podido hacer nada.


-Pero, este hombre no tiene mucha edad.

-Tiene sus años, pero parece que se cuida...

-O se descuida –sentenció el viejo.

-Fue un verdadero milagro, se trabajó tres horas restituyendo tejido...

De pronto los médicos mayores parecieron no seguir escuchando la tediosa exposición de su joven colega, absortos en el cúmulo de exámenes y radiografías que encontraron sobre la mesa de noche.

Minutos después de que los hombres abandonaron la habitación, Julián Mansilla se acercó a su amigo y cogió cuidadosamente su mano. Instintivamente se sorprendió tomándole el pulso. Haberlo hecho le pareció ridículo en circunstancias que, con su impenitente sonido, el pulsador electrónico llenaba de ruido toda la habitación.

-Raimundo –dijo acercándole su rostro– ahora debo ir al hospital, mañana te pasaré a ver.


La suave, pero persistente llovizna y las largas filas de automóviles, parecieron adelantar la noche del día siguiente. Como era tarde, Julián Mansilla debió pasar con su delantal sobre uno de sus hombros para que el guardia le permitiera la entrada desde el estacionamiento al edificio de la clínica. Caminó presuroso hasta la puerta de la habitación y entró con sigilo, aún sabiendo que a esa hora nadie podría permanecer en el lugar.

-¿Cómo estamos? –dijo cuando vio que su amigo sobre la alta cama cerca del ventanal, lo miraba por debajo de sus párpados entornados. Raimundo hizo un gesto casi imperceptible, pero con suficiente elocuencia para responder al cordial saludo de Julián.

-¿Puedes hablar? –preguntó el visitante, al borde del entusiasmo. Raimundo no respondió sino después de un instante.

-Quieres saber lo que pasó, ¿no es cierto?

Julián pareció disfrutar con aquella pregunta.

-El martes de la semana pasada me llamó Carmen, desde Ezeiza, diciendo que en ese instante tomaba el avión hacia Santiago y que venía para que celebráramos mi cumpleaños.

Julián fijó la mirada en su interlocutor, extrañado, hasta que su mente le recordó que Carmen era aquella jovencita rubia de ojos esmeralda, que su amigo le había descrito hace algunos días. Le había hablado incansablemente de aquella secretaria bonaerense que la comisión organizadora del congreso de Ingeniería Hidráulica del Cono Sur le había asignado, y con la cual había recorrido la bohemia porteña en jornadas que juraba jamás había vivido, y que nunca creía poder olvidar.

-Le propuse que almorzáramos juntos el día miércoles y que por la tarde podríamos revivir aquellos días...

Julián esperó en silencio que su amigo recobrara el aliento para seguir hablando. Se acercó a la ventana. Allá abajo, en la avenida, las hormigas con sus poderosas antorchas encendidas pretendían entrar al centro de la montaña, para iluminarla quizás.

-¿Anduviste bien?

-Per-fec-to…

-¿Cómo que perfecto? ¿Te tomaste un viagra?

-Sí. Champaña, ostras, vino blanco… De todo, pero con mucho cuidado.

-Pero cuando llegaste al momento señalado, te moriste.

-Nada. Todo a pedir de boca. Carmencita es una mujer tan especial… Digamos que ella respeta por sobre todas las cosas, mi ritmo.


-El cardíaco para nada...

-No, no digas nada, tú no sabes lo que pasó.

-Bueno, por eso estoy aquí, pues.

Por primera vez, Julián pareció inquieto. Se paseó por toda la sala mientras su amigo recobraba el aliento.

-Nos despedimos jurándonos amor eterno. Cuento corto: Me voy rápidamente a casa pensando en invitados, sorpresas... Nunca se sabe. Llego, entro el auto y nada, absolutamente nada. Entro al recibo y, a lo lejos, veo la mesa con velas y preparada para dos.

Raimundo hizo una señal para que Julián le acercara el vaso con agua. Bebió y continuó su relato.

-Aparece Mercedes con una ropa muy especial, unas cosas de cuero y encajes que nunca había visto antes. Se acerca y me da un abrazo y un beso que casi me mata. Me dice que desea que la celebración de mis sesenta años sea algo realmente imborrable, tiene en su mano un vaso con agua. Me pide que cierre los ojos y que abra la boca, que lo que me deja sobre la lengua me lo debo tragar, porque eso hará de nuestra noche algo memorable. Me lo trago… ¿Sabes qué era?

-Sí. Mercedes me llamó temprano esa tarde y luego pasó a buscar la receta. Me preguntó si con tu problema cardíaco lo podías tomar. Le dije que sí, que si no la mezclabas con licor, ni fumabas, ni hacías mucho alboroto, tu cumpleaños podía ser una magnífica ocasión para celebrar tu ingreso a la era del viagra…

Raimundo abandonó de pronto la escena, su rostro se descompuso al escuchar lo que su amigo le decía. Fijó sus ojos en el paisaje ofrecido al otro lado de la ventana.

-Mercedes ha sido siempre una mujer muy preocupada por tu salud, pero mucho más por tu felicidad... -la voz de Julián sonó desde el otro lado de la habitación.

Evadido de la realidad conformada por las palabras de su interlocutor, la mente de Raimundo simuló estar allá abajo, en esa enorme hilera de autos en que, en una caravana interminable, las hormigas parecían llevar hacia la montaña todas las luces de la ciudad.

FACULTATIVO

Escrito por:

Armando-Aravena

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