ALAS NEGRAS

Actualizado: 6 de dic de 2019


ESTE TEXTO ES RECOMENDADO PARA MAYORES DE 18 AÑOS

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que no cuenten con este mensaje inicial.

Se despertó en una cueva, sintiendo un dolor agudo en la frente y la boca pastosa. Estaba sobre una cama dura, abrazado a un balde, su cuerpo fermentaba alcohol. Recordó que se encontraba donde vivía Alegría, su nueva maestra, y sus nuevos compañeros de la Mayoría. Se levantó, quiso lavarse la cara pero dentro del balde encontró únicamente su vómito, lo tomó y salió de la habitación. Solo allí se percató de que las paredes eran de piedra y que la luz brotaba de fuegos que surgían de la superficie de estas. Caminó por el pasillo, inseguro de su rumbo hasta que logró llegar al salón común. Dentro, estaba Alegría tendida sobre varios almohadones, usaba un traje largo y oscuro que contrastaba con incrustaciones de piedras de todos los colores. A su alrededor, los otros brujos comían o bebían, se echaban sobre el suelo, retozaban. El joven se acercó aún con el balde en mano.

—¿Qué buscas, Caín? —preguntó Alegría.

El baño —y con un gesto desganado agregó—. Botar esto.

—¿Tengo que decirte todo? Ve y búscalo solo —Caín se dio vuelta y caminó—. Cuando estés listo, vuelve. Aún tenemos cosas que hablar —el joven no se dio por aludido—. No todo es fiesta, cabro chico.

Estuvo vagando un rato por pasillos de piedra desconocidos. Abrió puertas y bajó escaleras encontrando a su paso brujos en rituales prohibidos; algunos privados, otros eróticos. Finalmente encontró una pieza pequeña con un pozo negro y una fuente de agua subterránea. Hizo sus necesidades, se lavó y deshizo su camino para encontrar nuevamente a su maestra. Para cuando volvió, ya no había gente, solo estaba ella, de pie, esperándolo en medio del salón.

—¿Estás listo por fin? —Caín asintió— Muy bien. Anoche la pasamos muy bien todos nosotros, ¿tú también?— Caín volvió a asentir— Eso es bueno. Es bueno liberarse de las cadenas que nos atan a esta tierra. Todas las prohibiciones, tristezas, sufrimientos… Es bueno hacer lo que uno quiera, cuando y como quiera, pero todo lo bueno termina en algún momento…

—¿A qué te refieres?

—Bueno, a que ya celebramos juntos, es hora de que vuelvas a tu hogar.

—¡¿Qué?! ¡Tú me dijiste que me sacarías de allí!

—Pero lamentablemente solo puedo ayudarte si eres parte de la Mayoría.

—¡Creí que ya lo era!

—No, no lo eres. ¿Quieres ser un brujo? Antes debes pasar por tres pruebas: primero; debes borrarte el bautismo meditando cuarenta días y cuarenta noches bajo la cascada, con la frente hacia arriba. Segundo; desnudo en la playa debes invocar a Nuestro Amo Satanás, el Diablo, y a cambio de tu alma, prometerle servicio eterno. Y tercero; con la piel de tu ser más importante, debes hacer el chaleco makuñ, que te otorgará el poder. Si vuelves aquí con las tres tareas cumplidas; entonces serás un brujo. Y ahora que lo sabes, de no hacer lo que te acabo de decir, nos veremos en la obligación de matarte —Caín se quedó mirándola con expresión boba—. ¿Qué estás esperando? ¡Vete!

El muchacho corrió atravesando el salón y pasó por el bar que funcionaba como entrada y fachada de aquel lugar. Varios ebrios y drogados lo vieron, pero no le dieron importancia. Ya afuera, lo pensó mejor: ¿a dónde tenía que ir? La situación le parecía un poco ridícula, y menos estaba seguro de seguir con las pruebas, pero tampoco quería volver a la hacienda donde había crecido. La otra opción, era la muerte. Debía dar un salto de fe, aunque este fuera hacia el abismo.

—¡Craw! —un pájaro pequeño y de color negro graznó desde un árbol, directa e incómodamente hacia él.

—¿Qué tipo de pájaro eres?

—¡Craw! ¡Craw!

El ave salió volando, Caín la siguió. Bajó por el camino que le indicaba, se adentró en el bosque, descendió por un barranco tomándose de lianas y raíces. Caminó sobre piedras enormes hasta llegar a una pequeña lagunilla, alimentada por una cascada. Se desvistió y se lanzó al agua. Estaba helada como el corazón de Alegría, le hizo temblar hasta los huesos. Se zambulló hasta llegar a una roca dispuesta justo debajo de la vertiente. Se cruzó de piernas, levantó su frente hacia la corriente y se puso a meditar.

Pasaron días y noches de frío, hambre, debilidad y dudas. El tiempo se estiraba y desaparecía, estaba empapado de recuerdos eternos, la memoria lo atoraba y lo hacía toser. Las estrellas eran difusas y sus rayos se desfiguraban con el agua. Por momentos perdía la esperanza en medio de las sombras, pero el sol siempre volvía a salir. A pesar de ello, el agua no se volvía más cálida. Su piel morena se le pegaba a los huesos, el estómago le crujía quejándose de no tener nada que revolver, excepto los recuerdos. Reía, porque lentamente la cascada se lo llevaba todo: a su madre, la hacienda, los hombres, las bestias, y dejaba solo la ira incontenible, aislada y peligrosa. Reía, pero el agua le entraba a la boca y amenazaba con ahogarlo. No podía dormir, pero mantenía sus ojos cerrados, o los tenía siempre abiertos y había perdido la vista… Quizás estaba siempre durmiendo y todo había sido una ilusión. Soñaba que estaba en el fondo de la laguna, congelado por el invierno, en un ataúd de cristal. Luego venían los peces a comerse su cuerpo, pedazo a pedazo. El frío le reventaba la carne, sentía aguijones por todas partes como si fueran dientes de bestias devorándolo. Volvió a abrir los ojos, se sorprendió cuando vio al pájaro posado sobre el agua; estaba sobre la superficie de esta, como Jesús. Se vio envuelto por una nube y perdió la conciencia. Despertó en la orilla de la laguna, sobre una roca. Había un plato de carbonada a su lado y lo devoró ansioso, suponiendo que había pasado la primera prueba.

Su ropa estaba llena de polvo, la sacudió y se vistió de nuevo. El ave lo esperaba en el camino de regreso. Lo siguió contento, se sentía renovado, ligero. El viaje fue largo y placentero, su acompañante le proporcionaba comida recolectada del bosque y, cuando salieron de la cordillera hacia el valle, ambos robaron a los campesinos que encontraron en el camino. Después de los cerros, hallaron la costa. Hacía calor, la arena era gruesa y las olas fuertes. Caín jamás había visto el mar. Se quedó todo el resto del día contemplándolo, jugando con él, dormitando, esperando al atardecer. Cuando el sol cayó, se desnudó y corrió por la playa llamando al diablo:

—¡Ven! ¡Quiero hacer un trato contigo…!

Cuando se cansó de dar vueltas, dejó que la tarde ensombreciera su cuerpo. De pronto, vio a un hombre caminar por la orilla. Llevaba una chaqueta negra, como la de los oficiales, y unas botas de montar. La brisa marina agitaba su incipiente melena. Cuando estuvo más cerca, Caín pudo notar que era un joven pálido, no mucho mayor que él.

—¿Me estabas buscando? —preguntó la aparición.

—¿Eres el diablo?

—Así es.

—Deseo entregarte mi alma, prometo mantenerme a tu eterno servicio —dijo el joven haciendo una reverencia.

—No lo dices como si lo desearas.

—En realidad no quiero servir a nadie, quiero ser libre.

—Yo no impongo mi voluntad, mi régimen exige libertad absoluta. No te deseo como esclavo, sino como agente del caos.

—Entonces llévate mi alma. No me sirve de nada.

—Para llevarme tu alma, necesito antes tomar tu cuerpo.

—¿Qué? —un sudor frío le recorrió la espalda— Pero, si eres un hombre…

—Puedo cambiar de forma, si deseas —el hombre que había conocido ya no estaba, ocupaba su lugar una hermosa jovencita de pechos voluptuosos y labios gruesos—, ¿esta figura es más de tu agrado?

—Eres hermosa, pero… he estado con mujeres antes, y no me han traído felicidad.

—Déjame eso a mí —la joven desapareció, de nuevo era el hombre quien hablaba—, la culpa y el deseo son fuerzas opuestas, debes elegir, pero solo una te dará lo que estás buscando.

Caín se dejó tocar por su nuevo amo, sus manos eran hábiles y parecían sedientas. Pronto estuvieron desnudos y mientras más oscuro se volvía el mar, más ardían ambos, tocándose, besándose, penetrándose. No sentía miedo, se dejó amar como nunca antes, con cariño y deseo. El diablo posó su lengua en lugares prohibidos, y luego lo animó a hacerle lo mismo. El demonio dejó su semilla en él, y esta brotó llena de libertad en su interior. Después él pudo reventar en el cuerpo de su maestro como quiso, devolviendo todo al inicio. Cuando terminaron, empezaba a amanecer. Permanecieron juntos, abrazados, hasta que Caín se quedó dormido. Al abrir los ojos, vio que el diablo ya no estaba. Despertó con fuerzas renovadas, sabiendo que solo le quedaba una prueba. Se vistió y se despidió del mar.

Pronto volvió a encontrar en su camino al ave oscura, que había desaparecido durante su encuentro con Satanás. Traía un corvo que depositó a sus pies. Cuando Caín lo tomó, el ave voló hacia el este, él la siguió. ¿Hacia dónde lo estaría llevando? La tercera prueba implicaba matar a su ser más querido, pero él no tenía tal cosa. No había conocido a su padre, su madre era una puta, no tenía hermanos ni amigos.

Luego de un largo recorrido, de noches sin sueño y comida incipiente, llegaron a un pueblo pequeño y mediocre. Las personas eran principalmente agricultores que vendían sus productos para después embriagarse en el barucho local. El ave lo llevó hasta una casa a las afueras hecha de adobe mal pegado y sucia, como su conciencia. Entró, había algunos hombres tirados, esperando. Sin que nadie lo detuviera, atravesó una puerta; halló ahí a su madre, desnuda y tendida en una cama, mientras un hombre se vestía.

—¡Cabro de mierda!, ¿qué hací aquí? —le preguntó la figura masculina—¡Ándate antes que…!

El hombre lanzó un alarido; Caín le había enterrado el corvo en el estómago, trazando un tajo largo y repugnante que dejó vaciar las entrañas humeantes sobre el piso de tierra. Su madre saltó asustada, pero no pudo defenderse de la masa de ira que se le abalanzaba con el arma directo hacia su pecho. Cinco puñaladas después, no quedaba vida que rescatar. Los curiosos que entraron en aquel momento, quedaron impactados con la mirada del joven asesino de ojos trisados, perdidos y amenazadores. Caín aprovechó ese segundo para lanzarse sobre ellos. Tres cortes después, tenía cinco cadáveres frente a él.

El ave observaba el trabajo del joven, que cortaba lentamente la piel de su madre y la desollaba con profunda concentración. Tantos años de despreocupación, años vacíos en que jamás se conocieron, tocaron ni amaron. Tal vez, el ser más querido no es aquel que amamos, sino quien ocupa nuestra existencia, aquella que nos define, nos crea o nos aborta. Cuando terminó, tomó los cinco cuerpos y los enterró atrás de la casa, y al caer la noche, se marchó, no sin antes quemar ese lugar hasta los cimientos. Entre la luz de las llamas, vio al pájaro de alas negras dirigirse hacia el norte y lo siguió para terminar su cruzada hacia la desolación.

Al día siguiente, llegó nuevamente a la cueva donde se ocultaba la Mayoría. Caín llevaba la piel de su madre envuelta en papel. Alegría lo esperaba dentro, lo recibió muy contenta por su exitoso regreso. Ella misma lo ayudó a secar el cuero y coserlo. El chaleco de piel humana era grotesco, de un color café y verde claro, cosido con hilos hechos de girones del mismo material. Luego de que se vistió con él, Alegría lo llevó hasta la entrada de un agujero en la roca, una cueva dentro de la cueva.

—Esta es tu prueba final, tu iniciación oscura. Tú y solo tú debes entrar. Cuando vuelvas, serás uno de nosotros.

Bajó por aquella entrada que daba a unas escaleras estrechas, estaba bastante oscuro y le costaba caminar sin ver donde pisaba. De pronto, de las paredes aparecieron unas llamas que iluminaron el lugar. Era un pasillo angosto, pavimentado de rocas viejas y resquebrajadas. A los lados crecían helechos y cardos, entre la maleza también crecían flores de lys y solemnes lotos. De los muros colgaban antorchas portadoras de fuego amarillo. Al fondo, Caín observó un altar sobre el que había un canto de oro, caminó hacia él y halló dentro un pequeño aguilucho de color blanco, que lo miró interesado. Se observaron mutuamente un tiempo, y cuando el joven quiso tocarlo, el ave le propinó un picotón, que le arrancó sangre de la mano, y luego bebió a gusto el líquido. Instintivamente, Caín presionó su brazo haciendo que brotara más sangre para que el aguilucho bebiera. Este empezó a inflarse, a engordar, creciendo de forma incontrolable. Cuando el canto no pudo contenerlo más, se volcó, y el pájaro regurgitó, entre estertores agónicos, una piedra transparente, un cristal que el joven tomó para mirar a través de él, y entendió que era un challanco; su challanco. Dejó al ave y se volvió para salir.

Afuera, los brujos estaban armado una enorme juerga. Cuando salió Caín, hubo gritos de jolgorio, todos sus nuevos hermanos lo recibieron con abrazos, besos y agarrones cariñosos. En medio del salón estaba Alegría, sonriente. Pero quien dirigiría la ceremonia, era la Reina Sobre la Tierra, Soledad.

—Has completado todas las pruebas, has obtenido el poder del chaleco makuñy además ahora tienes la joya que te dará el conocimiento, el challanco. Hermanos brujos, ¿estáis de acuerdo conmigo?

—¡Estamos de acuerdo, oh, Reina Sobre la Tierra! —respondieron a coro.

—¿Y qué pedís para Caín, el recién iniciado?

—¡Oscuridad y Juramento!

—¿Estáis dispuesto a jurar?

—Lo estoy —respondió Caín—. Juro ante la Lluvia, la Tierra, la Sombra y el Fuego. Juro sobre la tumba de los dioses y espíritus. Juro por el averno de Satán y Belcebú, que mi alma quedará permanentemente atada a la Raíz de Todo Mal, que mi cuerpo se quemará por siempre en el infierno, disfrutando cada llama lacerante. Juro que buscaré el conocimiento natural y lo usaré para mis propios objetivos, que dedicaré mi vida al Caos, al Mal y a la Mentira, que cuando deba hacer el mal no perdonaré edad, sexo ni condición, y que ahorcaré, quemaré, destruiré, herviré, despellejaré, estrangularé y enterraré vivos a mis enemigos. Juro que cuando lo dicho no pueda ser hecho abiertamente, usaré en secreto la copa de veneno, la cuerda de estrangulación, el acero de la daga y el plomo de la bala, sin importar el honor, rango, dignidad, o autoridad de las personas, cualquiera que sea su condición en la vida, ya sea pública o privada, puesto que en cualquier momento yo pueda ser ordenado hacerlo por los agentes de la Mayoría, o superior de la Sociedad de la Recta Provincia. Pido que por mis raíces me llaméis Kalku, y que por mis males me llaméis Brujo.

—Brujo, bienvenido a La Mayoría. Ya eres uno con nosotros. Que la noche lo devore todo.

—Que la noche lo devore todo. —respondieron los presentes al mismo tiempo.


—Yo también quiero darle la bienvenida al recién llegado, pequeña.

La voz provenía de la figura que estaba sentada a la cabeza del salón, donde antes hubiese estado Alegría. Era un hombre que tenía sobre los hombros una cabeza de cabra con enormes cuernos y ojos ardientes; era el macho cabrío, el devorador de almas, el señor de los demonios. Caín ya lo conocía, había pasado la noche con él. De la misma forma, ningún otro brujo se extrañaba de su presencia: todos lo conocían, todos lo adoraban.

Felicidades, hijo, hoy comienzas tu camino de libertad. Disfruta el viaje, toma, roba, fornica, mata, haz lo que quieras. Mientras extiendes el caos por la tierra, yo te prestaré poder para ello. Los brujos no son quienes el común cree que son. No son solo bestias codiciosas de sangre y dinero, tampoco Señores Oscuros que hacen el mal por hacerlo. No, los brujos son diferentes, yo solo los adopté cuando descubrí tan bellos artistas…

—Así es, pequeño –agregó Soledad–, nosotros somos guerreros espirituales que se deben al caos y a la Raíz de Todo Mal. Teníamos un rol definido en la comunidad, pero el tiempo nos ha ido arrebatando nuestra misión. Nuestro trabajo, Caín, tiene que ver con la muerte, con la enfermedad; al contrario de la machi, cuya búsqueda se basa en la sanación y la vida. El brujo o kalku, es un guerrero que se prepara para dañar al enemigo. La maldad no es el fin, la maldad es el medio, la herramienta. Lo nuestro es un arte, nuestro conocimiento proviene de la tierra, las plantas alucinógenas y las setas venenosas. Podemos obtener el control de las almas, la torsión de los nervios. Nuestro poder viene del minche mapu, del mundo subterráneo.

Cuando los peninsulares llegaron –dijo el Diablo–, los hispanos y católicos no eran nadie contra el poder de los kalku. Incluso el más poderoso brujo europeo, John Dee, sucumbió ante sus artes. No pude resistirme a tenerlos de aliados, después de todo, para ambos la maldad es la herramienta; ustedes buscan el balance, yo busco la libertad. En esta tierra dónde Dios está muerto, todos debemos apoyarnos.

—¡Ya! Mucha paja molida —interrumpió Alegría, muy descortés— ¡que empiece el aquelarre!

Y así siguió la jarana en la cueva de los brujos. El recién iniciado tuvo vino, drogas, sexo y sangre. Alrededor de Satanás, todos se divirtieron, se perdieron: festejaron la vida y la muerte.

Escrito por:

Andrés-Urrutia

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