LA MAESTRA QUE PENSABA

Actualizado: 27 de dic de 2019


Era la quinta vez que la veía. Estaba en el salón de clases, mirando cómo aquel delantal blanco pasaba ante mí como una sombra insidiosa. Aquel espectro depositó sus cosas sobre el escritorio y se paró frente a toda el aula para saludar, en tono fuerte y severo; no nos quedó más que responder. Dijo que empezaría su clase y que era necesario que le diéramos a la filosofía la atención y concentración que esta se merecía. Por mi parte, había leído a algunos filósofos en vacaciones y me sentía preparado. Sabía lo difícil que sería digerir estas clases, pero estaba ansioso.

Primero alzó el plumón y escribió algunos conceptos, los que se me hicieron muy fáciles de describir, pero cuando comenzó a lanzarnos las primeras preguntas, se hizo en el salón un silencio absoluto. Como nadie respondió, lo hice yo… Su respuesta a mis comentarios me dejó anonadado: “NO”. Nunca había escuchado una respuesta tan cerrada e intolerante en toda mi vida. ¿Esa en realidad era una maestra?, estaba convencido de que sí, pero no era lo que me esperaba, no era lo que me habían descrito durante los cuatro años previos a estar aquí.

Muchos alumnos más se animaron a responder exponiendo diferentes ideas… respondió a todos igual que a mí, e incluso se atrevió a agregar: “¿Cómo es posible que teniendo diecisiete años, o más, no sean capaces de pensar? La filosofía se basa en el conocimiento, concéntrense. Las vacaciones no sirven de nada al parecer”.

Durante los siguientes treinta minutos, aquella mujer de espeso cabello negro y cara tosca hizo muchas preguntas, a las que nadie contestó por miedo a sus tajantes respuestas. A ella le encantaba, dejaba en claro que era una eminencia, dejándonos a todos como unos verdaderos ignorantes. En ese instante, me pregunté por qué existirían aquellas clases en Chile; ¿para abrir nuestras mentes?, eso lo había escuchado en muchas partes, pero no lo estaba comprobando. Estaban limitando mi habilidad de interpretar ciertas ideas, sentía bloqueada mi mente por la mala disposición y métodos de enseñanza de aquella profesora. Además, aquellos conceptos, para mí, estaban en el aire, no eran comprendidos en lo más mínimo por mi cerebro. Sentí que, en lugar de abrirme a muchas posibilidades, me encerraban en posturas que no se acercaban a mi visión del mundo. Me daban la libertad de salir del salón, pero me cerraban la puerta en la cara: “Piensen por favor… No, eso que dices no está bien… Eso es raro, ordénate… Sí, puede que tengas algo de razón, pero eso que dices es estúpido…”.

¿Qué clase de infierno era ese? Me tenían de manos atadas queriendo gritar. Todo lo que aprendí y compartí estaba siendo contradicho, mis creencias arrebatadas y mi mente lavada por una enorme lavadora de treinta y tantos años.

Empuñé las manos hasta sentir mis uñas clavarse en mis palmas, comencé a sudar, apreté los dientes intentando tragarme mis palabras... Hasta que de pronto, oí una pregunta que por fin me hizo sentido: “¿Cuándo acaba el conocimiento?”. Contesté: “El conocimiento, desde un punto de vista neutro y biológico, se acaba con la muerte. Todos nuestros conocimientos, pensamientos y memorias, se encuentran en nuestro cerebro, y al igual que nuestro cuerpo, este muere, se va pudriendo de a poco, entonces, acabamos de aprender”. Ella me miró enojada, en su mirada era posible observar lo herido que estaba en ese momento su orgullo. Preguntó de pronto: “¿Qué acaso no crees en nada? ¿En la reencarnación, o algo referente a la trascendencia del alma?”. Respondí: “Creo en la segunda venida de cristo, pero hablo desde un punto de vista meramente científico. Este es un conocimiento que me sirve a mí, y a todos. Aunque las personas crean en la reencarnación, o en otra cosa, no hay manera de comprobar que eso realmente suceda, por lo que esta teoría, respecto a cuándo acaba el conocimiento, sería la más acertada”. Después de responder, cerré mi boca dejando un silencio tenso y la sensación como de algo a punto de estallar. La mujer me respondió que no era más que alguien que no tenía las cosas claras, que mezclaba lo teológico con lo filosófico, que no creía en el alma ni en la esencia, y que le respondiera algo aceptable al final de la clase.

Me enojé por eternos minutos. De mala gana tomé mi lápiz y escribí cada palabra dictada por aquella arpía, que repetía una y otra vez cómo debemos aceptar el punto de vista de otros. Me ofusqué con todo y todos los que me rodeaban. Era el único que veía cómo sucedían las cosas sin que nadie replicara nada, ni abrieran su boca para decir lo que realmente pensaban, lo que creían a cerca de muchas cosas; sin trampas, sin altos.

Llegó el final de la interminable clase. Lo prometido era deuda: “¿Lo pensó?”, preguntó, y yo respondí: “Sigo pensando lo mismo”. Ella me miró con desprecio y decidió desviar su mirada para terminar con una sola frase: “Espero que sepa pensar bien la próxima vez”.

Aquel día entré con ganas de aprender y, aunque no aprendí lo que esperaba, extrañamente lo hice; aprendí que lo que dice ser una persona, en muchas ocasiones, no es la realidad. Que nuestra mente se cierra cada vez más, y se apaga poco a poco, que debemos luchar por lo que creemos y no dejarnos llevar por la corriente silenciosa que todos los demás siguen; pero, por sobre todo, a no dejarnos pisotear por nadie, ni por la más respetable autoridad, ni permitir que nos llamen ignorantes o nos miren en menos por no estudiar filosofía u otra asignatura, por pensar como queremos y no estar sujetos a las normas, e incluso por ser quienes somos.

Dicen que los jóvenes y niños son el futuro del mundo… ¿Qué maldito futuro es ese? ¿Uno de robots? Genial; me convertiré en un cascarón de metal al servicio de un sistema…

Ahora entiendo por qué la vida, para muchos, no tiene sentido.



Escrito por:

Javiera-Pérez

Fuente imagen:

www.fotosfox.com


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