LAS PESADILLAS DE JORGE: PERRO CHUPACABRAS

Actualizado: ene 13



Agotado, apenas lograba respirar corriendo entremedio de las altas y blancas paredes que me encandilaban, bajo un radiante sol que golpeaba directamente sobre mi cabeza. Sabía que debía salir de allí cuanto antes, deseaba encontrar otra persona para usarla como obstáculo, sabiendo que de estar en mi situación, cualquiera haría lo mismo conmigo. Aquel laberinto de infinitas piezas donde estaba inserto, no hacía más que confundirme, solo sabía que no debía detenerme. Por el olor, seguramente me rastrearía, mientras más me moviera, mejor, así podría burlarlo por un tiempo, aunque esa tramposa infraestructura me llevara de frente a aquella bestia. “¿Dónde estará?”, me preguntaba repetidamente en tanto que el inclemente astro rey quemaba mi cuello, irritándolo, haciendo de la tela que lo cubría un suplicio. Por mi empapada frente corrían gruesas gotas de sudor, cuyo transcurso mis espesas cejas apenas podían detener.


No era el primero, estaba claro, aquello era deducible por las manchas en las paredes, en tonos rojos y granate. Pero no era algo nuevo; las manchas, de las que no me había percatado antes, poco a poco empezaron a manifestarse ante mis ojos. Me detuve para apreciarlas mejor… era sangre, pegada y seca. Bastante espesa, como si las víctimas hubieran dejado su sello con un oscuro lacre sobre esas radiantes murallas tan odiosas: demasiado altas para subir y ponerse a salvo, pero no lo suficiente para cubrir la luz del sol; tan blancas que encandilaban, pero llenas de esas perturbadoras manchas.


Cuando parecía que las cosas se empezaban a tranquilizar, avancé impactado ante más rastros que acompañaban los distintos rojos; estos eran de color café. Claramente no era sangre, sino excremento. No estaba seguro si era de gente o animal. Curiosamente, no estaba en el suelo, sino esparcido de adrede contra los muros. Seguí avanzando cada vez más… de súbito, escuché muy cerca ese espantoso y potente gruñido ahogado y distorsionado. “Me rastreó”, pensé rápidamente y, con el pulso acelerado, corrí tan lejos como pude, con la boca abierta, pero demasiado asustado como para gritar. Tratando de hacer el menor ruido posible, aligeré los pies y corrí a la máxima velocidad que podía soportar mi cuerpo, evitando chocar, deseando no encontrar una pared sin salida, ya que, devolverse implicaba un riesgo mortal.


No obstante, por más que lo evité, me encontró. Vi aquella cosa apenas un par de segundos, y fue suficiente para que su imagen quedara impresa en mi mente. Aquella criatura tenía el aspecto de un perro, como un gran Pitbull color ocre, cuyo cuerpo era anormalmente musculoso. Comenzó de nuevo mi huida. Sería imposible salvarme si me atrapaba entre sus fauces. Pero, a pesar del miedo que sentía por ser devorado, lo que más me aterraba de aquel monstruo era su cara: sus ojos negros y hundidos con los contornos enrojecidos por causa de la irritación, parecían no tener esclerótica ni brillo, pese a estar húmedos, como los de un pescado muerto; esos colmillos de cinco a seis centímetros, separados cual tijeras abiertas y, por si fuera poco, de su hocico una boca negra emergía como una mamba africana de la que colgaba una espumosa baba estalactita.


Seguí corriendo a gran velocidad, mi vida dependía de ello, y logré sacar algo de ventaja, sin embargo, me topé de frente con uno de los obstáculos que más me habían preocupado durante la carrera; una gran pared blanca y deslumbrante me bloqueaba el paso. En ella, había escrita una frase con la sangre al rojo vivo de algún otro pobre infeliz que había pasado por ahí antes que yo: “Fue crucificado, muerto y sepultado”. Cada palabra parecía haber sido escrita con una brocha, lo que llamó mi atención distrayéndome de lo que realmente venía huyendo, cuando me percaté, pensé en dar la vuelta para buscar otra salida, pero antes de poder hacerlo, sentí el peso de una garra sobre mi hombro izquierdo, acompañado de aquel aterrador gruñido ensordecedor, miré de reojo a la bestia, cuyo rostro estaba a escasos centímetros del mío, abrió el hocico y uno de sus colmillos me rozó una mejilla. Inmovilizado por el pánico, lo único que pude hacer fue abrir la boca, pero no emití sonido alguno; temía que cualquier movimiento o intento por zafarme haría estallar la agresividad del monstruo y me atacaría sin piedad. El corazón me latía tan fuerte que podía oírlo, y hacía retumbar mi garganta con intensidad.


Abruptamente, desperté en medio de la oscuridad. Un silencio abrumador llenaba la habitación y, en lugar de tranquilizarme, no hacía más que aumentar el pánico que mantenía paralizado mi cuerpo, este era tan intenso, que ni siquiera tuve el valor de estirar uno de mis brazos para tomar el despertador. Permanecí en posición fetal por un rato y, cuando por fin logré reaccionar, encendí la lámpara. El reloj marcaba las 4:21 de la madrugada, debía levantarme en tres horas más para ir a la universidad a rendir un examen, el segundo de alguna asignatura. Era necesario que descansara un poco para poder levantarme a estudiar antes de salir, y memorizar lo que me fuera posible a esas alturas, lo que sería más probable que me fueran a preguntar.


Durante el día, el recuerdo de la pesadilla me mantuvo inquieto, me tranquilizaba pensar que solo había sido un sueño, que no podría seguir atormentándome y acabaría olvidándolo con el paso de los días y del tiempo… No fue así.

Fuente de la imagen:

http://omicrono.elespanol.com/2016/07/mito-del-chupacabras/


Escrito por:

Jorge-Rivas-Tride


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