MÁS ALLÁ DE UNA REFLEXIÓN

Actualizado: 11 de dic de 2019


Una ola alcanza a mojarme las piernas, el agua está fría, a diferencia de mi sueño, en el que el oleaje tibio me recibía en un abrazo… En los sueños todo es tan perfecto, es una lástima no poder quedarse a vivir por siempre en ellos, ni poder volver a ver a las personas que viven allí. Siempre me he preguntado cómo llegan esos rostros a mi mente, cómo es posible sentirlos tan parte de mí, si solo son producto de mi subconsciente, gente irreal, o espíritus viajeros. Quizás este día lo sabré.


El sonido del mar, poco a poco relaja mis músculos. En mi cabeza suenan antiguos coros de otras épocas, canciones de mi infancia, de un tiempo más feliz que se esfumó para siempre.


El sol se pone poco a poco y el cielo arrebolado me indica que es el momento. Pienso en mi gato, en cuánto lo amo y lo mucho que le haré falta. Pienso en el mundo y todo lo que amo y dejaré atrás: los amaneceres, el olor de las flores, los abrazos de mi abuela, las noches de desvelos junto a un buen libro y una copa de vino... Pero nada de eso es suficiente, nada existe que pueda llenar el vacío que arrastro conmigo. Nadie puede liberarme de esta angustia que siento y que es solo mía, que nadie entiende, pero todos critican.


El pelo se me pega a la cara y me levanto con las manos húmedas, llenas de arena. Ato la cuerda a mi cintura y, al otro extremo, la roca más grande que pude cargar, y camino mar adentro.


Las olas se embravecen, como dándome la bienvenida. La espuma me acaricia y me envuelve, el vaivén del océano me ayuda a entrar con facilidad en él hasta que la piedra deja de pesar. Sigo avanzando, no cierro los ojos; quiero llevar conmigo la última puesta de sol que veré. Poco a poco me hundo, me adentro en el mar. Ahora sí cierro los ojos. Siento la presión del agua en los pulmones, el corazón apretado a punto de estallar, un silbido punzante en los oídos y, de pronto, todo es negro como el cielo nocturno, y sueño, sueño profundamente.

Una mano se posa en mi hombro y sonrío. Tomo aquella mano y la beso, pues ya la conozco, pertenece al espíritu errante que visitaba mis noches. Ahora, junto a él, veo el amanecer desde una playa más lejana; desde el sueño de alguien más.

Escrito por:

Claudia-Bovary


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