EL HOMBRE Y LOS PÁJAROS RISUEÑOS

Actualizado: ene 27


Este cuento ha sido escrito con mucho cariño para Javierita Figueroa Aránguiz


Era en tiempo de invierno, cuando los árboles de papayas comenzaron a teñir sus frutos de amarillo, porque las papayas suelen madurar en invierno, contraviniendo la costumbre de los vegetales de madurar en verano. Había llovido la noche anterior, el suelo del patio estaba húmedo y la tierra se veía oscura. El día estaba sereno y la atmosfera fresca. El hombre caminó hacia el patio y dijo:


─El suelo y el día están ideales para sembrar pasto.


Caminó hacia la bodega donde guardaba los útiles de labranza. Extrajo un azadón, una laya, una pala y un rastrillo. Se arremangó y comenzó a mover la tierra húmeda con golpes precisos, sin prisa alguna, silbando suavemente y cantando a ratos. Tomaba las briznas de pasto que habían salido solas y las iba acumulando en una esquina.


─¡Hay que eliminar las malezas! ─dijo en voz baja, como si hablara consigo mismo.


No demoró mucho en dar vuelta la tierra, esponjosa y oscura, que había alrededor de la piscina del patio. Tomó el rastrillo y, gradualmente, fue emparejando el suelo hasta dejarlo liso, como una mesa de billar, y aterciopelado. Sonrió al ver la perfección de su obra. Se inclinó un poco y se apoyó en el mango de la pala. Guardó silencio mientras admiraba esa superficie lisa y oscura alrededor de la piscina. Estaba orgulloso y se felicitaba en silencio.

Dejó la pala y caminó lentamente, silbando despacio o canturreando, en dirección a la bodega. Al poco rato, salió de la oscura dependencia, aún canturreando. Llevaba una bolsa de papel llena con dos Kg. de semillas de pasto.


─¡Ahora voy a sembrar el pasto! ─dijo para sus adentros.


Se detuvo un instante, dejó la bolsa de semillas en el suelo y tomó el rastrillo. Lo afirmó fuerte sobre el suelo, hundiendo los dientes de este, y comenzó a avanzar lentamente en torno a la piscina, formando surcos poco profundos por toda la superficie.


Luego se inclinó, cogió la bolsa de papel y fue lanzando, al voleo, puñados de semillas que fueron cayendo sucesivamente, cubriendo toda la superficie de la negra tierra húmeda.

Se detuvo de nuevo, se apoyó en el mango del rastrillo y pensó en la manera de cubrir las semillas con un poco de tierra.


─¡Ahá! ─exclamó─ ¡Voy a hacer surcos en el sentido contrario a los anteriores! Así las semillas quedarán ocultas, se humedecerán y comenzarán a germinar. Se volvió a felicitar por su inteligencia.


Tomó la herramienta y comenzó a hacer surcos en sentido contrario a los anteriores, esperando que las semillas quedaran enterradas a poca profundidad… pero las semillas seguían visibles sobre la superficie, brillando al débil sol que empezaba a aparecer entre las nubes. El hombre se detuvo a descansar, se sentó en una silla de playa justo al lado de la piscina. Volvió a admirar su obra.


En ese momento llegaron los pájaros. Unos cincuenta pajarillos, de color verdoso, llegaron volando y se pararon en el cerco y en las ramas de los árboles de papaya. Había pájaros en las ramas, en las hojas y en los frutos, que ya se veían en racimo, grandes y verdes; algunos empezaban ya a pintarse de color amarillo. Los pájaros comenzaron a reírse.


“¿De qué se ríen estos pájaros?”, pensó el hombre, molesto. Entonces se dio cuenta: eran horas de la mañana y los pájaros tenían hambre. Querían su desayuno, y las semillas de pasto, recién lanzadas a la tierra húmeda, brillando de tonos amarillos a la tenue luz del sol, eran un manjar apetitoso e irresistible para ellos. (Se sabe que las aves comen semillas y, ¡les encantan las semillas de pasto!). El hombre los espantó con un “¡Aaaah!”, y un violento movimiento de ambos brazos. Los pájaros volaron alrededor del árbol y fueron a pararse en los cables de electricidad, unos pocos metros más allá.


“¡Al fin se fueron!”, el hombre pensó para sus adentros. Decidió tomar un descanso y un refrigerio. Era cerca del mediodía y entró a la casa. Se sentó a la mesa, mientras miraba por la ventana el producto de su trabajo. Su esposa le sirvió un vaso de bebida chispeante. Entonces, vio horrorizado cómo la bandada de pájaros bajaba a comerse las semillas recién sembradas.


Tomó a la carrera un paño de cocina, dejado por allí por su esposa, y salió dando vueltas al paño sobre su cabeza, mientras gritaba:


─¡Ahh! ¡Ahh! ¡Aaaaah! ¡Pájaros!


La esposa le gritó desde la cocina, sorprendida:


─¡Viejo!... ¿Qué te sucede?


Él no respondió. Estaba absorto mirando con furia a los pájaros que habían huido un poco, volando, hasta pararse sobre la cerca y sobre las ramas del árbol de papayas. Reían y parecían conversar entre sí, comentando la ridícula maniobra del hombre:


─¡Ja, ja, ja!


El hombre entró a su casa, ahora malhumorado:


─¡Pájaros del diablo! ─musitó─. ¡Me van a comer todas las semillas!


Bebió un poco de la bebida que le había servido su esposa y volvió a mirar por la ventana. ¡Los pájaros habían regresado!, la bandada estaba nuevamente sobre el suelo comiéndose las semillas. Volvió a salir corriendo con el paño de cocina dando vueltas sobre su cabeza y gritando:


─¡Haaah! ¡Pájaros del demonio! ¡Fuera de aquí!

Los pájaros volaron, una vez más, hasta la cerca y sobre las ramas de los papayos, escondiéndose entre las verdes hojas del árbol. El hombre los quedó mirando, enojado, porque seguían riéndose y con más ganas que antes. Se sonrojó. Entonces, se le ocurrió una ingeniosa treta. Ingresó nuevamente a la bodega de las herramientas y cogió un cordel que ató a una de las ramas más altas del árbol hasta donde alcanzaban sus manos, y extendió el cordel hasta la ventana abierta, de modo que él podría tirar de la cuerda cuando los pájaros estuvieran en el árbol. Se felicitó por su inteligencia.


Con una sonrisa, esperó que los pájaros volvieran a la cerca, pero, especialmente, al árbol de papayas.


Las aves volvieron, entonces el hombre tiró con fuerza de la cuerda para zamarrear el árbol. Los pájaros volaron, pero, al mismo tiempo, cayeron al suelo numerosos frutos de papaya, aún verdes. Los pájaros volvieron a pararse en la cerca y en el árbol, y rieron con más intensidad. Algunos se apretaban la guata de tanta risa.


El hombre salió nuevamente de su casa, rascándose la cabeza y diciendo para sus adentros: ─¡Malo! ¡Malo!


Decidió tomar la pala y la laya para, decididamente, enterrar todas las semillas bajo una buena capa de tierra (ya estaba malhumorado y refunfuñaba a media voz, mirando de reojo a los pájaros que se reían, sin parar, posados sobre la cerca, sobre los árboles de papaya o en hilera sobre los cables de la electricidad).


Por momentos sudaba, producto de su vigoroso trabajo, mientras pensaba y decía en voz baja:


─¡Estos pajarracos no se van a reír más de mí!

Al cabo de una hora, terminó su labor. Los pájaros aún estaban atisbando en las inmediaciones para lanzarse sobre el sembrado.


Miró su trabajo, orgulloso de sí mismo, y miró a los pájaros con desdén. Estos habían dejado de reír. Las semillas no se veían sobre la tierra; estaban sepultadas.


El hombre se paseó por el patio, recorriendo el borde de la piscina. Se sentó plácidamente en la silla de playa que estaba al borde del agua y esbozó primero una sonrisa, que se convirtió luego en una carcajada cada vez más intensa. ¡Ahora le tocaba a él reírse de los pájaros!


Los pájaros enmudecieron, aún parados sobre la cerca, mientras el hombre, ¡victorioso! Seguía riéndose, cada vez con más ganas. La silla de playa vibraba con sus carcajadas de tal modo, que una de las patas del inmueble se fue acercando gradualmente al borde de la piscina hasta ceder completamente bajo su peso. La caída fue estrepitosa, el hombre perdió el equilibrio, cayó de cabeza al agua y salió chapoteando y bufando, mojado hasta la pepa del alma.


Los pájaros brotaron en una risa incontenible en torno al árbol de papayas, algunos volaban de alegría, dando volteretas y cabriolas de contentos.

El hombre entró a su casa chorreando agua por todas partes. Su esposa le preguntó sorprendida:


─¿Y a ti… qué te pasó, hombre?


Afuera, los pájaros seguían riéndose estrepitosamente.


San Pedro de la Paz, 10 de julio de 2016.

Escrito por:

Medardo-Urbina



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