EL INFORTUNIO DEL SILENCIO

Actualizado: 6 de dic de 2019


Esa aseveración no es tal, es solo que descuartizar esta mañana parece lo mejor ante este capítulo que termina y naufragar ante la impotencia de vivir, de estrangular este cuerpo rebosante de fragilidad, y desordenar su cabellera roja para mirar a través de su nuca.


En este silencio en el que vomito, un trayecto de tiempo retiene los pasos de mis piernas que dejé de depilar, tal vez para que las miradas se tropezaran en ellas y no buscaran mis ojos, trayecto donde existí sobre otros brazos que no eran los míos; un espacio con fechas que quemábamos sedientamente, y relojes a los que sacábamos sus ojos de búho para verlos desfallecer lento ante algún sol de media tarde, en un territorio insospechado para los lógicos y numéricos, aquellos que se deleitan en todo sitio sobre cuadernos cuadriculados, ellos, que padecen de verborrea histérica cuando defienden a un Maduro político al que le tiro los cabellos mientras hace la mueca de hablar como lo hacía Chávez en su momento y que no es capaz de reconocer cómo huelen la lavanda o la menta.


En ese cuarto de tiempo el cuerpo latía apresurado, todo en él era urgencia hasta cuando se avecinaba un nuevo día, él ya lo había inaugurado con velas y copas de vino, carmenere por lo general.


Hoy, cuando todos se han marchado, renazco cada dos o tres minutos y muero al cuarto. Así, sucesivamente, durante horas, días, miro las manos y las venas se desdibujan, el latido canta en voz baja cual susurro doliente y las manos me observan cubiertas de un peso que asfixia, tornándose pálidas y temblorosas como si una gota de licor deambulara eternamente en ellas. Solo fueron algunas mañanas las que al despertar nos hablaron del paralelismo desafortunado del amor, de la grieta que abrimos entre la vida y la muerte en la que nos encontramos hoy, estamos en ella mudos, desvergonzados, repletos de besos que marcaron grandes temperaturas, de ciclones corpóreos arrasando con la turbulencia propia del placer en letras mayúsculas.


Y él, el silencio, convive apegado como hiedra sobre mi cuerpo, no se marcha, me alimenta de recuerdos extraños que asoman desde todas partes. Mientras me ducho, abre la cortina, toma mi cabello y lo tira. Preparo un café y ahí está, cual dulce medialuna, esperando por mi boca. Una o dos veces por semana desaparece de mi día a día y luego aparece con regalos y chocolates, dice que son finos… y le creo.

Escrito por:

Alicia-Medina-Flores



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