LA DOMA

Actualizado: 24 de dic de 2019


Esa tarde nubosa de otoño, el tren avanzaba lento, o eso parecía. Así lo percibía Juan Teno, quien viajaba sin ganas de llegar a parte alguna, mirando por la opaca ventanilla las finas gotas de lluvia que el ruido de fierros del tren amortiguaba. Adormecido, recorría su vida hacia atrás hilando los recuerdos. Siempre lo llamaron el Teno, cuando niño no sabía por qué. Su padre, un campesino parco en palabras, un día le contó: "Cuando naciste eras muy lindo, tus ojos azules y tu cabello ensortijado llamaban la atención, eras un niño Jesús de pesebre, sin ningún parecido a mí ni a tu madre. Bueno… ambos somos morenos y de pelo oscuro, y yo de facciones toscas”. En ese entonces, su progenitor había dicho para sí: "Será bautizado Juan Tenorio y tendrá a las mujeres a sus pies", recordando que en su juventud había leído la historia del galán español, célebre por su desmedida afición a las mujeres, tanto casadas como solteras.


Con el tiempo no resultó profética la frase, porque el Teno crecía rápido y solo se dedicaba a trabajar el pequeño campo con empeño, con ansias de prosperar. No tenía tiempo de andar trepando balcones o enamorando a las niñas casaderas, pero notaba que las mujeres siempre lo miraban más de la cuenta y sonreían. En su negocio le iba excelente y vendía al mejor precio las frutas y hortalizas, en especial si los clientes eran compradoras de otros lugares. Algo tenía el Teno en la mirada y no se daba cuenta. Sus vecinos agricultores no disimulaban la sorda envidia que causaba su apostura y virilidad. Cuando trepaba ágil al tractor y trabajaba duro en las faenas, parecía un rey en medio del campo. Era famoso, además, por su fuerza y destreza en todo lo que emprendía, causaba admiración en las trillas y en las domaduras de potros siempre era el campeón.


Ese verano se haría el famoso rodeo del año y todo el pueblo estaba invitado. Concurrirían el alcalde, muchos personajes importantes y gran cantidad de turistas, emocionados por presenciar el espectáculo típico del campo. La gente se preparaba con sus mejores galas: los hombres con sus aperos y caballos, y las niñas con flores en el pelo y vestidos multicolores, luciendo su auténtica belleza.


La fiesta era llamativa para personas de otros lugares, tenía casi misma la fuerza de atracción que el toreo en España; sin embargo, el rodeo y la domadura no mostraban violencia innecesaria ni celebraban la muerte del toro, la emoción giraba en torno al dominio de la bestia, que el hombre lograba amansar.


Hacía días el pueblo se preparaba con carteles gigantes y banderas: “Gran Rodeo y Domadura”. Mientras se afinaban los últimos detalles, casi todos apostaban por Juan Teno, pero le salió un contrincante de peso, un hombre que venía de lejos y tenía cierta fama en su provincia como jinete amansador. Lo llamaban el Crespo por su pelo negro y liso, con un mechón rebelde que caía sobre su frente.


Todos comentaban que jamás se la había ganado un potro. A pesar de las caídas, siempre ganaba, pues se aferraba a las crines del animal con unas manos como tenazas, y sus piernas arqueadas eran fierros sobre los ijares del caballo, al cual rendía y hacía bajar el testuz como hipnotizado. El Crespo tenía fuego en sus ojos achinados, herencia de su ancestro mapuche.


Llegó el esperado día. Los dos hombres se miraron con desconfianza, midiendo fuerzas; ambos querían ganar el Gran Premio y la fama de ser coronado el mejor. Los jueces serían estrictos y se ganaría por un punto, o sea, sería una competencia difícil. Lo mejor del premio era que lo entregaría una de las más hermosas damas, reina de la fiesta: nada menos que la esposa del gobernador, dueña del fundo Las Quebradas, doña Inés Molina, famosa por su belleza y simpatía.


Hubo un desfile de reinas y luego comenzó la contienda. Salieron al ruedo los competidores y Juan Teno se mantuvo firme sobre el animal durante algunos segundos, resistiendo el corcoveo; el potro, con el hocico espumoso, zigzagueaba enloquecido mientras todos aplaudían y gritaban el nombre de Juan. Luego entró al ruedo el Crespo, quien hizo una excelente presentación, luciendo su destreza con un estilo diferente, que emocionó al público. No se apreciaban diferencias entre ellos. Los jueces decretaron empate, pero faltaba aún la competencia de a dos, donde cada uno debía estar sobre su caballo por sorteo.


Llegado el momento, se midieron las fuerzas, el ímpetu y el poder de ambos hombres sobre las bestias. Todos gritaban y avivaban el ambiente con banderas. En el instante de mayor algarabía, la esposa del gobernador, presa de un rapto de locura imprudente, lanzó la rosa roja que adornaba su peinado y prendía sus cabellos en un moño, desatando su frondosa cabellera cobriza. El gesto no fue ignorado por el gobernador. La rosa fue a dar a la cabeza del caballo de Juan, quien se distrajo un segundo y cometió un error que sería tomado en cuenta para el puntaje final.


La gente gritaba enfebrecida por Juan, al que daban por seguro ganador, pero la desilusión fue grande y tomó a todos por sorpresa, ya que un punto hizo la diferencia para que ganara el Crespo. La dama se excusó para dar el premio y envió a la muchacha que la acompañaba. En cambio, saludó a Juan Teno tan efusivamente que provocó todo tipo de comentarios entre los asistentes. Él tuvo una reacción extraña cuando ella tocó su mano y murmuró algo en su oído; hubo un brillo en sus ojos que no pudo disimular.


Todo se sabe en pueblo chico. Corrió de boca en boca la murmuración de que la audaz señora lo había citado imprudentemente a un lugar alejado para evitar los terribles comentarios que se avecinaban. Juntos se hundieron en una atracción fatal, de la que nació un amor fulminante y a la vez imposible, que los atacó por sorpresa.


Les resultó muy difícil verse, pues en todas partes los reconocían. Su amor no tuvo futuro, así que Juan y doña Inés conocieron el dolor de una pasión prohibida. ¡Era tan fuerte la atracción que sentían! Cuando se veían en algún lugar secreto, temblaban ante el miedo de ser descubiertos. Ingeniaban planes para estar juntos, hablaban de la separación de ella, de huir a escondidas, de enfrentarse cara a cara con el mundo y proclamar su amor a los cuatro vientos.


Los días y las semanas pasaban, sin que encontraran solución. Ser descubiertos era un riesgo muy alto que no podían correr, pues ella no era libre; los acosaba la idea de una inminente tragedia. Sin embargo, el amor verdadero es generoso, y Juan decidió dejarla ir.


Se vio obligado a despedirla con lágrimas. Ella debía partir para siempre fuera del país junto a su esposo. Sería la última vez que la vería. Los tranquilizaba la certeza de que nadie supo lo que sucedió entre ellos, quedaba la incertidumbre de si hubo realmente un romance, o solo el inolvidable recuerdo de un amor imposible.


Esa tarde nubosa de otoño, el tren avanzó lento o pareció lento, sin ganas de llegar a alguna parte. Así lo percibió Juan Teno mirando por la opaca ventanilla, mientras caían finas gotas de lluvia que el ruido del tren amortiguaba.

Escrito por:

Helena-Herrera-Riquelme


#Relato #Amor #Domadura #Competencia

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