INTUICIÓN

Actualizado: 11 de dic de 2019


ESTE TEXTO ES RECOMENDADO PARA MAYORES DE 18 AÑOS

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que no cuenten con este mensaje inicial.

Han pasado dos meses desde la última vez que la vi. Antes de eso solo supe que estaba pasando por un mal momento; luego me excluyó de su vida, como si yo no existiera. No entiendo cómo pudo serle tan fácil dejar atrás todas las cosas que vivimos… En fin, anoche soñé con ella, rara vez mis sueños se equivocan, así que es probable que tenga pronto noticias suyas, aunque también cabe la posibilidad de que solo sean mis ganas de verla las que me llevaron a traerla a mi subconsciente durante la noche. Recuerdo nuestra última conversación:


―¿Qué tan importante soy yo para ti? ―pregunté.


―Depende, ¿qué consideras que somos?


―Amigas…


―¿Amigas? ¿Las amigas tienen sexo?


―No confundas las cosas. Solo dime si te importo… como persona, por lo que soy, independiente de lo que haya pasado entre nosotras.


―Me importas ―susurró.


Me acerqué a ella para poder oírla, la música del bar estaba algo fuerte.


―Mírame a los ojos y respóndeme. ―Tomé su rostro y la obligué a verme de frente.


―Dije que me importas. Lo sabes, lo que pasa es que nunca te diste cuenta.


―Elizabeth… yo siempre te he visto como a una amiga, como a una hermana menor. Fuiste la primera persona que me apoyó y escuchó…


La había conocido unos años antes. Elizabeth había entrado unas semanas después que yo a un colegio particular en el que se trabajaba con proyecto de integración educativa. Yo llegué en calidad de practicante de último año de psicopedagogía y mis casi colegas fueron siempre crueles conmigo, se burlaban de mi timidez con los niños, de mi falta de carácter para tratar a aquellos que tenían problemas de conducta. Cuando llegó Elizabeth apenas estaba entrando a su primera práctica, en la que solo debía observar y tomar nota de nuestro trabajo. Poco tardó en darse cuenta de que nuestras superiores eran un par de tipejas petulantes. Recuerdo cómo sucedió todo la primera vez que la vi.


―Cristina, te llegó una ayudante ―dijo Tania, una de las psicopedagogas en tono burlón―, ojalá que pueda hacer su trabajo y el tuyo, y no salga corriendo como quisiste hacer tú al principio.


Su colega rio, yo me sonrojé y saludé a la recién llegada. Su cabello era claro, sin ser rubio; sus ojos pardos y su piel trigueña. Llevaba unos jeans negros, zapatillas de vestir y el delantal blanco, lo que la hacía ver algo fuera de contexto, pero muy atractiva.


―Te voy a presentar a los cursos en los que debes estar presente para que te familiarices con los rostros de los niños.


―Está bien, Cristina. Muchas gracias.


―Sí, llévala para que te ayude cuando no sepas cómo controlarlos ―volvió a la carga Tania, guiñó un ojo a su compañera y se pusieron a reír.


―Disculpa, ¿de qué universidad egresaste? ―preguntó Elizabeth.


―¿Cómo que disculpa? No tienes autorización para tutearme, si no quieres que te califique con nota insuficiente, mejor quédate calladita y limítate a mirar, que para eso estás aquí.


―Curso segundo año de Psicopedagogía en la Católica, mi jefa de carrera conoce al director de este colegio y por eso me mandó para acá. Tengo buenas notas y decidió que merecía hacer mi práctica en un buen colegio. Mi duda es… ¿sabrá el director la clase de profesionales que tiene en su equipo docente? Podría saberlo hoy mismo si se lo informo a mi jefa de carrera…


Las mujeres enmudecieron. La muchacha no tenía más de veinte años y había dejado con la boca cerrada a las dos psicopedagogas que llevaban semanas riéndose de mí. La admiré y se lo agradecí profundamente. Salimos de la oficina y caminamos hacia una de las salas.


―Gracias…


―¿Gracias? ¡No seas, loca! A ese par había que decirles unas cuantas cosas, sé de buena fuente que llegaron aquí por pituto… ni siquiera creo que hayan egresado de la U, así que tranquila. ―Me miró y esbozó una cálida sonrisa.


Cuando llegó la hora de colación nos juntamos en el casino, nuestras superiores evitaban mirarnos y, si lo hacían, ya no era con aire de mofa. Me sentí tan segura, como si por fin el establecimiento hubiera dejado de ser un lugar de tortura.


―Parece que somos las más chicas aquí.


―Tú eres la más chica. Yo tengo veintitrés, pronto veinticuatro. Algunos profesores son recién egresados, así que no deben tener más de veinticinco.


―¿En serio? Se ven mayores…


―Se visten formal, y tú también deberías, seguramente te van a hacer algún comentario sobre tu ropa.

―Vine a estudiar, no a que me juzguen. Es un colegio, no una pasarela.


―Para ti, pero para ellas… ―apunté con la mirada a un grupo de jóvenes profesoras y paradocentes que ingresaban al lugar, vestidas como sacadas de una revista.


―La gente cree que por vestirse bien es mejor persona. Me apestan… ¿Sabes? Sé que el fuerte de nuestra carrera es en colegios, pero yo quiero poner mi propia consulta cuando egrese, convalidar ramos y estudiar psicología.


―¿No te gustan los colegios?


―No me gustan las viejas de mierda amargadas, persiguiéndome por todo y exigiendo estupideces.

Nos pusimos a reír. Con ella me sentía segura y tranquila, mis días de práctica habían dejado de ser un tormento, eran ahora lo mejor de la semana. Generalmente los jueves por la tarde o los viernes nos íbamos a tomar un café o un par de cervezas para charlar y reírnos. Creo que me encariñé mucho con ella, más de lo que debía.


―Sabes… mi pasantía termina en unos meses. Voy a dejar el colegio y seguramente el año que viene me voy a ir a otro ―me dijo un día en un Starbucks.


Por mi lado, era probable que me quedara trabajando ahí. Me dolió saber que ya no la vería tanto como antes.


―Pero supongo que podrás verme de vez en cuando, ¿no?


―Va a depender de mis horarios en la U… pero haré lo que pueda.


Nos levantamos y caminamos un rato antes de partir a nuestros hogares. Nos miramos y, antes de que cada una tomara su rumbo, ella me abrazó.


―Te quiero ―susurró en mi oído.


―Yo también.


Me miró fijo, se acercó a mí y cerré los ojos. Me dio un beso en la frente.


―¡Nos vemos! ―me dijo, y se marchó.


Ese año nos vimos cada viernes. Una tarde, casi llegando noviembre, la vi algo triste; me contó que había decidido congelar la carrera. Le pregunté por qué y se limitó a decirme que no era lo que ella quería, que se había cansado de todo y de todos.


―¿Eso me incluye? ―pregunté.


―No, a ti no… ¿Sabes? Estoy saliendo con alguien.


―¿En serio? ―no supe por qué, pero me dolió el estómago―. ¿Cuando me lo vas a presentar?


―No es un él… es una chica. Y no quiero que la conozcas, no te va a agradar.


En ese momento intuí que algo le pasaba, no supe qué, pero estaba mal. Fue la cita más corta que tuvimos, ella fue cortante en todo momento y, cuando se despidió, no me dijo si volveríamos a vernos de nuevo como cada semana.


Dejó de llamar por varios días, y yo no quise insistir. Hasta que una noche me llamó llorando.


―Cris… ven, por favor.


―¿Dónde estás?


―En el centro… ―balbuceó.


Estaba ebria, le pedí que se quedara ahí y me mandara su ubicación, tomé rápidamente un Uber y la encontré en un local cerca del barrio Bellavista, estaba muy mal.


―Por Dios, ¿qué te pasó?


Hice lo que pude para sacarla de ahí, se tambaleaba y me costaba trabajo entender lo que decía, solo me rogaba que llamara a su mamá y le dijera que se quedaría en casa de una amiga. Accedí y la llevé a mi departamento, que compartía con dos compañeras.


Cuando llegamos la metí en mi cama, le quité la ropa que había ensuciado con alcohol y le di un café cargado, se durmió un rato. La cuidé hasta que despertó. Al verme, se echó a llorar en mis brazos.

―Ella me dejó, Cris… ¡me dejó!


―Tranquila, cariño, tú eres fuerte, vas a superar esto.


―¿Puedo tomar una ducha?


―Claro.


Le pasé una toalla y le indiqué donde estaba el baño.


Ella había cambiado tanto, no sabía qué le había sucedido, pero estaba tan… distante; como si se hubiera ido a un lugar lejano en el que yo no la podía alcanzar.


Volvió, se secó el cabello, le pasé una camiseta vieja para que usara como pijama y se acostó. Me recosté a su lado y la abracé por la espalda, a los pocos minutos, se volteó. Quedamos frente a frente.


―¿Por qué nunca te diste cuenta?


―¿Qué? ¿De qué…?


Tomó mi rostro y me besó en los labios. Nunca había besado a otra chica, me quedé inmóvil al principio, pero luego me relajé y la dejé continuar, es más, respondí a ese beso… respondí a todo lo que vino después.


Al otro día desperté junto a ella, semi desnuda. Se fue temprano porque tenía clases, me besó antes de partir y me quedé como flotando en un vacío infinito. ¿Qué había hecho?


Para mi sorpresa, me pidió que nos viéramos de nuevo esa misma semana. Yo acudí feliz, la saludé con un cálido beso en la mejilla y entramos al bar, pero ella solo me habló de su novia. Sí, había vuelto con ella. Bromeó acerca de lo que había pasado entre nosotras. Aunque me dolió en el alma, me reí también y seguimos como si no hubiera pasado nada; sin embargo, a las pocas semanas, volvió a aparecer en mi departamento algo pasada de copas y, una vez más, terminamos desnudas en mi cama.


No lo entendía; ¿qué quería de mí?


Un día la encaré, nos juntamos en un café, así me aseguraría de que no pasaría nada. Conversamos de cosas bastante triviales, me habló de la chica con la que salía… yo la escuché paciente y le dije que la cuidara, que nosotras nos limitaríamos a ser amigas, solo amigas. Sin embargo, cuando nos despedimos me besó en los labios.


―Elizabeth, ¡basta! ¿Qué es lo que pretendes?


―Nada…


―Te das cuenta de que esto se volvió extraño y confuso… yo, ¡yo te quería!, eras una amiga muy importante para mí, y tú…


―Y yo lo eché a perder… soy una basura, lo sé. Quizá no debería existir…


―Estás diciendo estupideces, madura de una vez, ¿quieres?


―Bueno, soy menor que tú.


Me di vuelta y me fui, con la clara intención de no volver a verla. No me detuvo.


Ella dejó de escribir y de llamar, como si hubiera olvidado por completo mi existencia. Los primeros meses revisaba el celular con la esperanza de ver algún mensaje suyo, luego simplemente cambié de teléfono y no traspasé su número, así no estaría constantemente viendo su foto de WhatsApp… así no tendría la eterna tentación de llamarla.


Un año más tarde, me contactó por Facebook. Estúpidamente le respondí.


“¿Nos vemos este viernes a las cinco?”, preguntaba.


“Ok… ¿Dónde siempre?”.


“Sí…”.


Nos reunimos en el bar que antes frecuentábamos, no hablamos mucho al principio, creo que ambas estábamos incómodas; tuve que beber un vaso entero de whisky con energética para poder relajarme y, luego de un rato, por fin la enfrenté. Le pregunté qué era lo que sentía por mí, qué era yo para ella.


―¿Es que todavía no te das cuenta…? ―respondió con una sonrisa―. Siempre me has importado.


―Elizabeth… yo siempre te he visto como a una amiga, como a una hermana menor. Fuiste la primera persona que me apoyó y escuchó… dime, ¿de qué manera te importo?


Lo que yo quería que respondiera era obvio. Ella lo sabía, pero aún así no lo dijo.


En lugar de hablar me besó la comisura de los labios, la tomé de la nuca y la besé; había extrañado tanto su boca.


De todos modos, después de saber que yo era importante para ella, no me importó volver a cometer el mismo error. Luego de un segundo trago, terminamos teniendo sexo en el baño de aquel lugar.


Desde entonces, no ha vuelto a llamar. Van dos meses de aquella vez.


Pero anoche soñé con ella… y mis sueños nunca se equivocan.


Escrito por:

Claudia-Bovary-Moya


#Emociones #Pareja #Recuerdos #Desamor

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