LA ISLA

Actualizado: 24 de dic de 2019


Si me preguntan cuáles son las cosas que más amo diría los viajes, los animales y enamorarme. Conozco ese estado ansioso que toca nuestra mente y acelera los latidos, ese algo indefinible que llamamos amor. No voy a hablar de él, pero si toca mi puerta cien veces me vuelvo a enamorar. Los animales me han compensado de algunos amigos falsos con sus demostraciones de cariño extraordinarias y su lealtad. Me refiero, por supuesto, a los más cercanos, como perros, gatos y caballos; son seres especiales enviados para contribuir a la felicidad del hombre. En cuanto a los viajes, ahí sí hay mucho para compartir. Soy reportero y gracias a mi trabajo tengo la oportunidad de conocer lugares increíbles, extraños y sorprendentes, todos los adjetivos que existen no alcanzan para describir este mundo lleno de sorpresas por descubrir. Hay cosas que nadie se imagina que existen, misterios y enigmas escondidos.


Recuerdo especialmente un viaje que hice en vacaciones a una isla del sur, más allá de Chiloé, en un punto del archipiélago inexistente en el mapa. Después de atravesar los canales el barquero me dejó en un lugar perdido en ese océano Pacífico inmenso y majestuoso; era una caleta de pescadores casi inexplorada.


Al llegar me di cuenta de que el único hotel estaba cerrado. No contaba con ese inconveniente, pero encontré un lugar para quedarme. La gente era amable, aunque un tanto cautelosa. Un viejo matrimonio de pescadores me recibió en su posada e indicaron que me dirían cuáles eran los lugares más dignos de visitar.


En la mañana del segundo día la hospedera me sirvió café y compartimos el desayuno muy cerca del horno de la cocina. La baja temperatura hacía rechinar mis dientes y tuve que abrigarme con una parka reforzada para neutralizar el frío. El café y el pan recién horneado pusieron color en nuestros rostros y nos calentaron las manos.


Vi por la ventana, a esa hora no había nadie afuera. A poca distancia se veía el mar cubierto por un manto de neblina, las olas rebotaban fuertes en una playa de arena oscura llena de guijarros. El mar tenía un color lechoso y se percibía el penetrante olor de las algas; el aire oxigenado y frío lastimaba la nariz al respirar.


El dueño del hostal, Gregorio, tenía la cara curtida por el sol y el mar, se cubría el grueso y ceniciento cabello con un eterno gorro.


―A esta hora usted no verá nada en la playa ―me dijo―. Los pescadores salieron al alba y el mar está picado, con suerte volverán a las diez, antes del almuerzo. Algunos no salieron, el mar a veces no es amigable y se niega a soltar sus tesoros, así que regresan con las redes vacías. La vida en esta caleta es difícil. El trabajo de pescador es incierto, solo los valientes se atreven a desafiar las inclemencias del tiempo. Mis dos hijos pasaron dificultades aquí y cuando eran jóvenes emigraron al continente, a una ciudad grande donde buscaron oportunidades. No quisieron ser como yo que aguanto vivir en este lugar. A estas alturas no podría irme, esta isla tiene un imán. ―Al llegar a este punto me miró enigmático―. Usted va a ver cuando pase unos días aquí, siempre querrá volver. ―Observó el suelo con emoción antes de continuar―. Ellos fueron ingratos, no quisieron regresar por miedo a que la isla los atrape. Yo estoy conforme, solo mi mujer sufre callada, pero a veces la he visto llorar. Aunque estoy curtido, igual me duele aquí adentro. ¿Qué haré si ella se enferma? No quiero pensar en quedarme solo, creo que moriré.


El viejo me hablaba con los sentimientos en la mano, se confiaba a mí como a un hijo. Traté de ser más amigable con Rosa, su mujer. Trajinaba callada, se inclinaba para atizar el fuego de la cocina y preparaba el almuerzo. No había mucho para elegir, cuando se quedaban sin pescado fresco recurrían al pescado seco, lo tenían colgando de unos cordeles desde el techo. La mujer se afanaba en aderezar el guiso con ajo chilote, papas rojas y merquén, mientras de la olla brotaba un olor sabrosísimo que despertaba el apetito.


Poco a poco tomé confianza con estas personas tan distintas a las que encontraba en la ciudad; me parecieron buenas e ingenuas. Ese segundo día no salí a recorrer, el mal tiempo, manifestado en lluvia y viento, no lo permitió; solo se podía conversar.


Me quedé con el viejo y escuché como hablaba sin parar, conocía a toda la gente que habitaba el lugar, sabía sus virtudes y defectos, ¿y cómo no?, ¡había nacido ahí! Rosa no hablaba, pero sus ojos se alegraban al oír la conversación. Al mirarla de cerca supe que había sido una mujer hermosa, pero lucía avejentada.


Después de almuerzo, Gregorio comentó:


―Pasados unos tres días de mal tiempo, brillará el sol y verá la isla de otra manera. Es muy bonita, lo hechizará con su color.


Y así fue. Salí a recorrer y tomé algunas fotos. Había poquísima gente, solo pescadores y embarcaciones que se mecían suaves al vaivén de las olas.


Cuando me acerqué a las lanchas llamó mi atención un hombre extraño, con un bolso de malla repleto de pescados y mariscos chorreantes de agua que dejaban una huella roja en la arena. De lejos parecía más bien un mono o gorila, caminaba encorvado con las rodillas encogidas y apoyado en sus grandes pies; sus brazos eran largos y terminaban en unas manos toscas y rojas; unos pelos hirsutos le cubrían la frente. Me recordó un dibujo del hombre de Neanderthal. Al pasar me miró y no se sorprendió de mi presencia. ¡Qué ganas de tomarle una foto! Sin embargo, algo me detuvo, podría enfadarse y reaccionar. Pensé en un golpe de esas manotas y preferí no arriesgarme.


Cuando me reuní con Gregorio le pregunté sobre ese hombre.


―¡Ah!, es Igor, todos le llaman "Gori”; es de la isla. Pese a su apariencia es inofensivo, siempre ha estado aquí, nadie sabe qué edad tiene. Es muy fuerte y vive lejos de las casas porque tiene la costumbre de hacer fogatas y comer pescado a medio asar todos los días. Es un gran nadador y bucea sin escafandra. Además es muy forzudo, así que ayuda a los lancheros a tirar las embarcaciones y se gana sus monedas.


»La verdad nadie sabe de dónde vino, dicen que podría ser el último descendiente de los onas o lafquenches, los antiguos pueblos extintos que vivían del mar. No tiene recuerdos de quiénes fueron sus padres, pero es feliz en esta isla; yo creo que nos va a enterrar a todos».


Quedé impresionado con esta historia, mi estadía en la isla se volvía entretenida.


Al cuarto día amaneció un sol radiante y pude ver que era lindo el lugar. Salí a recorrer incansable los rincones y las formaciones rocosas, aprecié el brillo del agua. En medio del mar afloraban pequeños volcanes y más allá unas grutas naturales.


Me senté en unos roqueríos a observar el paisaje cambiante, era tan bello que perdí la noción del tiempo. En una fracción de segundo el sol se ocultó en el mar y llegó rápida la noche. Sentí una vibración musical en el sonido de las olas, di las gracias por la oportunidad de contemplar tanta belleza.


Miraba la inmensidad del agua cuando a contraluz divisé la silueta de dos enamorados que se abrazaban cerca de mí. Vi claramente el cuerpo desnudo de una mujer que descansaba en la roca, su cabellera caía sobre los hombros. Cuando miré sus pies tuve que frotarme los ojos y volver a mirar. En donde debían estar sus piernas sobresalía una cola plateada que brillaba, era una mujer pez.


Sentí en el aire algo eléctrico, como una inquietud. Mis ojos se velaron y una niebla densa subió del mar. Sin embargo, mi cerebro estaba seguro de lo que había visto. No sé qué pasó, había escuchado muchas veces cuentos de sirenas y nunca había creído en ellos.


Se esfumaron en un instante, ¿acaso se sumergieron en el mar?


Me fui del lugar un poco mareado. Caminé lento por la arena oscura hacia la casa y tardé horas en quedarme dormido. Algo impidió que les contara a mis amigos el episodio, pensé que no me creerían.


La mañana siguiente alguien golpeó la puerta muy temprano. La noticia corría de boca en boca: Juan Pedro, uno de los muchachos más jóvenes de la isla, había salido de pesca nocturna y estaba desaparecido; solo volvió su lancha. Me enteré de que lo más penoso era que estaba de novio con Rosalía, la única sobrina de Gregorio. Se lo había tragado el mar, como decían los pescadores antes de persignarse en signo de respeto y resignación. Era su destino.


El ambiente en la casa se volvió denso y pesado, no se comentaba lo sucedido. El dueño cayó en un mutismo profundo. Se sirvieron los platos y nadie pudo comer. En la tarde todos los habitantes fueron a lanzar coronas y flores silvestres al mar y nadie salió a pescar, los isleños son una gran familia y el duelo es general.


Esa noche fue larga, nadie durmió. Al amanecer sentí unos ruidos extraños, como miles de pisadas pequeñas encima de mi cabeza. Salí a investigar y vi en el techo de las casas una invasión de amenazantes pájaros negros. Se posaban en fila en los vértices, los aleros y en todas partes; a lo lejos se veían como triángulos con alas plegadas al cuerpo, emitían un graznido inquietante. Toda la escena me recordó a alguna película.


Interrogué a Gregorio sobre el origen de los pájaros y su respuesta me desconcertó.


―Vienen de otra parte, de la isla maldita. Está deshabitada porque ahí hay algo malo, dicen que son brujos convertidos en pájaros y son de mal agüero. Cada vez que vienen ocurre alguna tragedia. No hay que mirarlos, mi mujer es la única que sabe cómo espantarlos, tendrá que hacer un "contra".


Eso despertó mi morbosidad y les tomé unas cuantas fotos. Noté que temblaba la cámara en mi mano y no podía enfocar, era cosa rara, pues soy profesional. Cuando trabajé en el computador para editar las fotos me di cuenta de que los pájaros no se revelaron, solo había sombras de perfiles humanos con narices ganchudas.


Emociones negativas me invadieron, me sentí fuera de lugar en esa isla. Nunca me había ocurrido, así que me fui antes de las dos semanas. A pesar de la simpatía del matrimonio de Gregorio y Rosa, a quienes sentí como mis amigos, cancelé mi viaje, me despedí de ellos y les dije que algún día volvería.


Doy fe de que sucedieron hechos extraños y misteriosos en ese lugar que hicieron cambiar mi percepción sobre la vida. Ahora viajo a otros lugares para evitar que la isla me hechice, como dijo Gregorio.


Escrito por:

Helena-Herrera-Riquelme

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