EL CASTILLO DE AYER

Actualizado: ene 13


Érase una vez, hace mucho mucho tiempo, en un lugar muy muy muy lejano, un castillo.

Las personas que habitaban en los alrededores lo conocían como el Castillo de Ayer. Estaba deshabitado, los únicos que se atrevían a cruzar los enormes y antiguos arcos de la entrada eran los gatos, por eso había adquirido la fama de estar embrujado. Habían dejado de celebrarse grandes bailes o fiestas que iluminaran sus enormes salones, la luz de la alegría no brillaba en sus antorchas, pero a nadie parecía importarle el castillo abandonado.

Un día particularmente lúgubre el cielo se abrió para descargar su furia sobre la tierra, enormes y brillantes relámpagos azotaron la vetusta construcción. Una niña que buscaba una oveja extraviada se encontró de pronto bajo la terrible tormenta, no tenía dónde refugiarse y estaba lejos de su hogar. Intentó esconderse del temible aguacero, corrió bajo los árboles desnudos hasta que un potente trueno iluminó el paisaje frente a ella. A pocos metros se alzaba el castillo, oscuro y tenebroso.

Mojada hasta los huesos y temblando de frío decidió vencer el temor que le inspiraba la tétrica construcción y buscar cobijo en su interior. Se acercó a la enorme puerta de roble y con gran esfuerzo hizo chirriar las oscuras hojas hasta tener el espacio suficiente para escurrirse hacia el interior. Reinaba la más absoluta oscuridad, el silencio de las estancias reemplazó a las gotas.

La niña tanteó sus ropas hasta encontrar un pedernal que frotó contra la roca de las paredes para sacar algunas chispas, gracias a esto encendió un diminuto fuego. El resplandor era tan tenue que solo iluminaba dos pasos a su alrededor, pero la reconfortó. Luego acercó su pequeño fuego a una de las viejas antorchas, comprobó con alegría que aún encendía.

De pronto, el eco de un maullido profundo se dejó oír en las tinieblas sordas de la estancia. La niña abrió mucho los ojos y con miedo recordó las temibles historias que se contaban de aquel lugar. No obstante, se armó de valor para preguntar en voz alta: “¿Hola?”.

Por toda respuesta, un leve temblor sacudió el suelo, incluso el aire pareció sacudirse antes de dar paso a un silencio que se convirtió en un murmullo oscuro y pesado, similar a una respiración. Sin dar crédito a lo que veía, miró que una a una se encendían las antorchas y revelaban el interior del castillo, hasta ese momento oculto.

Hermosos y enormes tapices de miles de colores representaban animales, sobre todo gatos, y colgaban de las murallas. Los vidrios de las ventanas eran vitrales de magnifica belleza, aportaban solemnidad al salón con su brillo y calidez. El suelo estaba cubierto por baldosas blancas y verdes dispuestas en un diseño tan particular que parecía moverse. Enormes muebles enchapados en oro se agolpaban en los rincones, no se veía una mota de polvo o suciedad.

Y entonces el castillo habló.

Empleando una voz de mármol añoso, le contó a la niña la historia de su gloria pasada y la enorme tristeza que cerró sus puertas y apagó sus antorchas. Lo que fueran risas y cantos, fiestas y bailes, cierto día le cedió paso al silencio y el olvido. Le contó que extrañaba esa alegría, recordó todas las veces que rogó por que el fuego iluminase su pecho una vez más, durante muchos años pidió entre llantos que sus torres estuvieran habitadas y que pasos sonoros y contentos resonaran en sus pasillos. Habían sido tantos sus ruegos y su soledad que los gatos, esas criaturas de la noche que saben más que el ser humano y sienten menos miedo, decidieron acompañarlo y aminorar la tristeza de su espera.

La niña lo escuchó mientras sus ojos recorrían los salones, notó que se alegraban y brillaban al cruzarlos. Sus ojos descifraron esa belleza latente, dormida y ansiosa por ser descubierta. Contempló la enorme biblioteca, sus muros repletos de libros que reunían el conocimiento de mil vidas mordidas entre las hojas, esperando.

La niña también vio a los gatos, miles de ellos, de muchas razas y colores. Dormían y descansaban aquí, allí y en todos los lugares, como esfinges solemnes habitando en la espera del tiempo.

El castillo, después de contar su historia, le pidió a la pequeña pastora que se quedara y habitase en él, le ofreció su belleza, todo cuanto tenía en su interior, sus tesoros ocultos, sus salones y sus columnas, su riqueza. Le ofreció la vida de una reina, el conocimiento de un hada y el amor de un sueño con tal de quedarse y devolverle la alegría. La niña miró a su alrededor, oyó la ansiosa propuesta y palpó el silencio previo a su respuesta, la abrazaba como un manto de terciopelo. De pronto recordó su casa, los campos que recorría, sus amigos, su familia y su libertad, y dijo que no.

Agradeció al castillo silencioso el tiempo que le había quitado, su disposición para resguardarla de la lluvia y la solicitud con que le mostró sus secretos, pero con una sonrisa y, tras comprobar que la lluvia había cesado, se dirigió a la puerta y salió. Las antorchas se apagaron y el silencio se adueñó del castillo.

Al día siguiente, la niña regresó, pero ninguna construcción se alzaba en aquella zona. Lo más curioso era que nadie recordaba que allí alguna vez hubo un castillo, solo ella. Aquella noche, mientras acariciaba a su gato antes de dormir, se preguntó si quizá habría sido un sueño. “Sí, fue un sueño”, se dijo, y se durmió.

Fin

Escrito por:

Jorge-Pesce

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