EL HOMBRE DE LA CASA


Nuestra casa se quema. No hago nada para evitarlo, me quedo quieto y aterrado. Siento culpa, todos me dicen que soy el hombre de la casa.

Parece una película de las que veo cuando llego del colegio. Dos carros de bomberos lanzan agua, pero la casa se quema igual, como si lloviera parafina. Las llamas salen y entran por las ventanas en un caos loco, devoran cada uno de nuestros recuerdos. Aprieto los ojos para volver a mi cama y trasformar todo en un sueño, pero el calor me enciende el rostro y me despierta.

Al principio no me di cuenta, solo sentí olor a pelo quemado, ese hedor repugnante. Pensé que era el gato, le gusta sobajearse contra la estufa pasando su cola peluda sobre el quemador, pero después el humo me irritó los ojos, un vidrio explotó y el pasillo se encendió, como si alguien hubiera prendido todas las luces al mismo tiempo. No me moví de la cama, debí hacerlo, soy el hombre de la casa, pero el miedo me detuvo y empecé a lloriquear igual que en las películas, tapándome con las sábanas. El fuego avanzó tranquilo, silencioso; nada se lo impidió.

El guatón, mi vecino, me abraza. Observamos la casa como las fogatas que hacemos al ir de campamento. Las bombas siguen lanzando agua, chorros cada vez más débiles. La casa se transforma en una masa furiosa que escupe saliva ardiente. Mi mamá está tranquila, algo pensativa, no sé bien cómo definirlo, pero se cruza de brazos y mira desafiante la casa. Nunca le gustó, odiaba el papel mural con flores amarillas del comedor.

Cuando no pude respirar, retiré la sábana de golpe. La pieza se llenó de humo y mi madre gritó para que saliera. Su voz sonó entrecortada, la imaginé tirada en el suelo. “¡Mamá, mamá!”. Salí de la cama, muy tarde. Con una polera me tapé la cara y me asomé al pasillo. Al fondo estaba la estufa, sí fue la estufa, pues todo a su alrededor ardía. Avancé algunos pasos. “¡Mamá, mamá, mamita!”. La casa se llenó de ruidos extraños: reventar de un plástico de burbujas, disparos, crepitar de las paredes y un silbido agudo que me dio escalofríos. El techo crujió. “¡Mamá, mamá, mamá!”. Giré en el pasillo, ella me agarró del brazo tan fuerte que aún me duele. Salimos por la cocina.

El guatón ahora llora. Se tapa la cara, le avergüenza el llanto, pero no deja de abrazarme. Lo tranquilizo, como si la casa fuera de él. Tal vez está triste por las paletas de ping-pong que me prestó tiempo atrás. Miro mis pies descalzos, el pijama puesto al revés. ¿Me llegará algún regalo?, cualquier cosa me vendría bien, no tengo nada; a pesar de eso, no lloro.

No debería ser el hombre de la casa, mamá no necesita a ningún hombre. La miro, se toma el pelo en un moño, le da la espalda al caos, tiene claro lo que hay que hacer. Me doy cuenta de que alcanzó a vestirse y hasta ponerse las botas.

Ahora que no tenemos donde vivir, estoy pensando que puedo dejar de ser el hombre de la casa, nadie podría decir que eso está mal. Cuando tengamos la casa nueva lo meditaré mejor. Mientras, esperaré a que amanezca y agarraré a ese gato.

Escrito por:

Alejandra-Truffello-Hurtado

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