LA PIANISTA Y LOS CUERVOS

Actualizado: ene 31


Mi nombre es Juan Felipe Cortez Morales, tengo veintiún años y vivo en el campo, cerca de la ciudad de Manantiales.

Aquí las casas son muy humildes, todas de adobe, sin embargo, en su interior hay felicidad en abundancia. Todos los pueblerinos trabajan como agricultores para obtener un sustento para vivir.

Cuando cae la tarde y termino mis labores, la nostalgia me inunda y a mi cabeza acuden los recuerdos de aquellos hermosos momentos que viví con mis buenos padres. Me hacen tanta falta…

Siempre fui feliz cuando mis papás vivían, incluso más feliz que las estrellas. Nuestra casa era sencilla y carecía de grandes lujos que distrajeran la vista. Por lo mismo no despertábamos la envidia de nadie. La falta de lo material estaba compensada por algo mucho más valioso: el amor que inundaba nuestro entorno.

Mis progenitores siempre decían: “La vida sin afecto no tiene sentido. Los que no aman, están lejos de la belleza que nos entrega la devoción, que es alimento para el alma”.

Mi joven cabeza pensaba que todos se estimaban, tanto los hombres como los animales, estos últimos demuestran su afecto frotando sus cabezas o acercándose unos a otros, entregándose amor sin palabras. Pensaba entonces que todo nacía producto de la ternura; partiendo por las labores domésticas dirigidas a otros, como preparar un plato de comida; siguiendo por el arte de expresar mediante bellas pinturas o escritos; y terminando en la naturaleza, al plantar semillas o recibir la llegada de un pequeño retoño, fruto del amor entre sus padres.

Al morir mis padres, sentí que parte del cariño que me envolvía bajo sus alas se iba junto con el viento y quedaba sepultado en la tierra en la que sus cuerpos descansaban. Quedé sumido en la soledad, en una isla desierta sin más vida que la mía.

Como la adoración me había dejado, tendría que salir a buscarla.

Vendí todo lo que tenía, incluso los cerdos que habían sido para mí el motivo del trabajo que ejercía diariamente. Los pobres se reducirían a diversos productos, perdiendo la voz que antes clamaba por mí para que les entregara el salvado.

Terminada la venta tomé mi caballo y con la compañía de mi fiel perro, Cachito, partí a donde la luz del astro rey me llevara.

Para despedirme tomé mi escopeta y derribé una veintena de cuervos, lo que hacía de manera rutinaria para evitar las mermas que provocaban en las cosechas. Esta actividad había sido mi entretención desde el primer momento en que mi hombro aguantó la explosión de un disparo.

“Puede haber pájaros verdes, amarillos, azules y de otros tonos, pero que existan negros, espanta a cualquier día, tal vez, también a la misma noche que les dio su color”, pensé.

Son pájaros infelices que todo se comen, hasta el alma de quienes se han quedado solos como yo. Nos odiamos mutuamente. Algún día encontraré la forma de que sus alas se achiquen y ya no puedan volar hacia las nubes con los granos que han robado.

Después de galopar días y noches, con frío, lluvia, sol y viento, y cuando el cansancio de mi equino me avisó con un resoplido que había que detenerse, me fui después del descanso a un pueblo que a lo lejos se anunciaba; así fue. A menor distancia brillaba una pequeña villa que despedía humo por sus chimeneas, indicando sin chistar que allí habitaba el calor que andaba buscando. Un hombre que caminaba encogido y que arrastraba una pierna con una prótesis de madera, me hizo una seña. Me detuve; el individuo usaba un capote militar ajado con varios botones menos, parecía venir de una batalla. Su cara estaba escondida en una espesa barba milenaria, sus ojos rojos inyectados de ira. En su pecho brillaba una serie de medallas con la figura de un pájaro con un ala rota.

Su presencia y sus condecoraciones atrajeron mi curiosidad, por lo que le pregunté:

―¿De qué guerra viene usted, señor?

Me miró y, sin levantar la vista del suelo, contestó:

―Vengo de una guerra contra los pájaros que devastaron mi campo. Hicieron que mi casa se arruinara y mi matrimonio terminara.

―¿Y las medallas? ―pregunté.

―Me las gané matándolos. Por cada una hay un ciento de ellos. Tenga cuidado, lo atacarán cuando menos lo piense.

Dicho eso se fue rengueando con la vista en otro mundo.

Busqué un lugar en el que obtuviera, fuera del alojamiento, el calor humano que todo ser necesita. Caminé por un sendero plagado de verdes árboles, hasta encontrar una casa que inspiraba lo que yo necesitaba. Sentí el silbido del viento avanzar en dirección hacia ella, invitándome a seguirlo.

No me importaba cómo fuera la vivienda, solo me interesaba que tuviera puertas y ventanas, estas últimas que permitieran ingresar por la noche la luz de las estrellas para que iluminaran el dormitorio en el que descansaría mi existencia, como también los senderos perdidos después de haber nacido o tal vez vivido.

Toqué la puerta y conversé con sus dueños, quienes felizmente ofrecieron cobijarme. Acepté la propuesta de inmediato al ver la calidez que de ellos manaba, muy parecida a la de mis padres, quienes me dieron tanto sin que yo les diera nada.

―Gracias por recibirme ―fue lo primero que dije al entrar.

―Siéntase como en su casa ―respondieron.

El dueño era un anciano de unos sesenta años, de nombre Luis. Su aspecto era calmo y su estatura media, con una ligera calva y frente despejada. Sus manos, que restregaba continuamente, se apreciaban callosas producto, tal vez, del trabajo del campo.

Su mujer, de nombre Elsa, debe haber tenido la misma edad. Su rostro macilento estaba enmarcado por su cabello, cubierto de blancas canas. Sus ojos eran de color negro, muy grandes. Su contextura era delgada y su aspecto, delicado. Toda una señora. El tono de su voz era bajo y suave.

Así me sentí: como en mi casa. Tal vez había recobrado algo de mi intelecto, ya que parte de él había quedado enterrado junto con mis progenitores.

―La cena es a las ocho de la tarde, el desayuno a las ocho de la mañana y el almuerzo a la una después del mediodía ―señalaron mis anfitriones.

Mi caballo relinchaba de hambre, mostrando sus dientes vacíos. El can también tenía ganas de comer, pues movía su lengua y su cola en señal de hambruna. Como mis animales son de suma importancia para mí, procedí a darles de comer de inmediato. Después me dirigí al dormitorio y, al abrir la puerta, sonaron sus goznes como quejándose.

Después de la siesta, me engalané para bajar a cenar. La habitación tenía un espejo pequeño que solo me permitía ver mi cara, por lo que debí acicalar el resto de mi cuerpo de memoria. Un peine quebrado que saqué de mis bolsillos me llevó a escarmenar la mitad de mi testa, dejando el resto para el viento.

En el comedor, los dueños hablaban al mismo tiempo, repitiendo palabras iguales, como si hubieran sido estudiadas.

Una hermosa mujer, cuya vista estaba fija en un lugar que no pude definir, permanecía con sus ojos inmóviles; quizás miraba un cuadro, un adorno u otra cosa que no pude detectar. Debe haber tenido unos veinte años. El pelo le caía ondulado sobre el rostro y la curva de las aletas de su nariz evocaban el mascarón de una nave surcando valiente un mar embravecido. Era en realidad muy bella. Sus ojos negros como la noche seguían fijos en un punto conocido solo por ella, esperando tal vez por alguien.

Saludé a todos sin preguntar quién era la joven. Esperé que la respuesta viniera de los dueños de casa.

―Ella es nuestra hija, Elisa.

―¿Su hija es ciega? ―pregunté.

Mis interlocutores cruzaron miradas y respondieron al mismo tiempo algo que no pude comprender debido a que sus palabras se entrelazaron. Las lágrimas comenzaron a llover a raudales por sus caras curtidas.

Bajé la vista y me quedé en silencio, sin saber qué decir.

La joven movió la cabeza indicando que sabía que se hablaba de ella. No despegó su vista de donde la tenía.

“¿Cómo una belleza como esta no puede ver lo que está a su alrededor?”, me pregunté.

Al percatarse de mi titubeo, los ancianos me dijeron que Elisa, cuando pequeña, había sufrido el ataque de unas aves negras como el carbón, lo que le provocó tal conmoción que había perdido la capacidad de ver. Según los médicos, quizás algún día vería de nuevo la luz.

“Pájaros negros, cuervos, ceguera. ¡Malditos! Hasta aquí ha llegado su maldad”, pensé.

―Señor, ¿de dónde viene usted? ―preguntó una voz dulce que llenó mi alma de gozo profundo y rescató mi espíritu del pozo sin fin en que se había perdido, aquel gozo era el amor que nos da la vida.

―Vengo de muy lejos, de muchas horas, de muchos días, de muchos caminos, de muchos climas y, también, de muchos temores.

―Eso es bastante. Debe haber caminado mucho.

―Así es, querida dama. Bastante sacrificio, pero al final tuve una muy grata recompensa: ver a una hermosa mujer y a unos padres muy parecidos a los míos.

Pasó el tiempo y, al ver los viejos que no tenía nada que hacer, me ofrecieron un trabajo en su campo; actividad que dominaba, por lo que acepté de inmediato.

Cierto día, al regresar de mis labores, oí una música que llenó mi alma de un gozo que no percibía desde hacía mucho tiempo. Era como cuando niño iba a pescar con mi padre y, al regreso, mi madre nos esperaba con el rico queque de frutas que solo ella sabía hacer. Mi corazón palpitaba como en ese entonces y saltaba como los peces que arrancábamos del río.

Elisa tocaba el piano. Al verla, mientras sus suaves dedos se deslizaban por el teclado, no podía creer que alguien, a pesar de no ver ni los campos, pudiera interpretar esa melodía que llenaba hasta los vacíos más infinitos del cuerpo. En ese instante, una sensación que no había tenido nunca se apoderó de mí, haciendo vibrar mi núcleo y lanzando a través de todo mi cuerpo cascadas de sangre que nublaron mi visión de un rojo intenso.

La melodía lo decía todo, su cuerpo también, pues a mi corazón ella llegaba sin una sola sílaba. Bastaba lo que expresaba con su música para que todo mi soma flotara en el aire en busca de su alma.

Un cuervo, negro como la noche, golpeó de repente la ventana deteniendo el hechizo que ambos habíamos sufrido, por lo que el sonido mágico se detuvo.

¿Una premonición? ¿Un aviso señalando algo trágico?

Ella dejó de tocar, se levantó violentamente y se dirigió hacia mí en busca de protección. Sus brazos estirados me buscaron y yo correspondí al enlace sin siquiera pensar en el cuervo que aún golpeaba los vidrios con sus alas.

―Abrázame, mi amor ―me dijo.

La abracé con todo mi ser.

―¿Por qué dejaste de tocar? ―le pregunté.

―El aleteo de ese cuervo en la ventana me puso nerviosa y nubló mi entendimiento.

“¿Por qué mi amor tiene que callar, cuando lo único que quiere es hablar por medio de la música? ¿Hay algo o alguien que así lo quiera?”, me pregunté.

Un aire nubló mi visión y no supe qué hacer. Me había perdido de repente en los caminos de la ignorancia que no llevan a parte alguna.

―Olvidemos lo ocurrido, el ave se ha ido. Creo que no hay que darle mayor importancia.

―Tienes razón.

“Los pájaros vuelan, hacen nido y se suben a los árboles. Solo eso saben hacer, por lo tanto, no existe relación con la interrupción de la música…”, me dije.

Pasaron los días y nuestra relación comenzó a apagarse. Los ojos de mi amada estaban fijos en la ventana, quizás en busca de aquel pájaro que la interrumpiera ese día.

Desesperado por la situación, acudí a la biblioteca a fin de consultar los diarios sobre algún caso que tuviera relación con los cuervos. En un periódico muy antiguo, amarillo por el tiempo y las marcas de los dedos que no conocen el agua, se indicaba que un señor llamado Marcos Ríos había sido encontrado muerto con señales de múltiples picotones. En su mano derecha tenía un tatuaje con la figura de un cuervo negro.

Se rumoreaba que había tenido relación con una secta satánica cuyo símbolo lo constituía el pájaro y que su posible alejamiento de esta era la causa de su muerte. Además, se hacía presente que una maldición afectaría a la primera mujer que naciera en su familia.

Una vez en la casa consulté a los padres de Elisa si tenían conocimiento del hecho que se mencionaba en el diario. Ellos se miraron y nuevamente comenzaron a caer lágrimas de sus ojos.

―Elisa, nuestra hija, fue la primera mujer que nació después de la muerte desgraciada de mi abuelo, Marcos ―señaló el viejo.

Creí que con eso bastaba, así que me guardé cualquier otra duda que a mi mente llegara.

“Cementerios hay de todo tipo: bonitos, feos, muy feos y deprimentes”. El lugar en el que estaba don Marcos, podría decirse que se encontraba entre los últimos. Busqué su tumba y encontré una cripta en cuya cúpula predominaba un cuervo. Todo tenía relación con el ave, lo que me llevó a encaminar mis pasos hacia la iglesia.

El exterior de la iglesia era majestuosa, coronada por un gran domo aumentaba su soberbia. Figuras de cuervos adornaban los pilares de la entrada.

“¿No deberían ser palomas...?”, me pregunté.

Antes de entrar, un perro negro abrió su boca enrabiada para mostrarme unos colmillos acerados y brillantes, mientras una lengua oscura colgaba jadeante de su hocico.

Entré temblando. En el interior reinaba una oscuridad que desearía el más tétrico cementerio. No había velas ni rasgos de espiritualidad. Todo parecía estar carcomido por la noche.

Me arrodillé recogiendo mi cabeza hacia mis hombros para hacer la señal de la cruz, casi escondido, como si hacerlo fuera un delito.

En un rincón vi a un grupo de monjas vestidas de negro, parecían pájaros negros con la cara blanca como la nieve. Me miraron moviendo su cabeza hacia arriba y hacia abajo; tal como hacen las aves cuando comen.

De repente, un cura redondo entero, vestido con una sotana negra que le llegaba hasta el suelo y que portaba en su cuello un adorno de plata, me preguntó qué necesitaba. Su voz se oía como una campana destemplada y, al saludarme, pude observar en su mano derecha la imagen de un cuervo tatuado.

Le conté todo lo que había sucedido y que me había llevado a investigar, le hice presente mi preocupación por Elisa. Me preguntó qué tipo de ave atacó a la joven y, sin mediar consecuencia, le dije que era semejante a la que tenía tatuada. Me miró, calló un momento y luego comentó:

―Hay aves malignas que hacen que sucedan cosas inexplicables, solo su captura puede deshacer el hechizo; lo que es imposible ―dijo como si estuviera seguro de que así era. Posteriormente se retiró, dejándome con una sensación de abandono total. Antes de salir, vi entre los oscuros muros una figura que me pareció conocida. ¡Claro! Era el soldado que había encontrado en el camino.

―¿Cómo está, señor? ―lo saludé.

No hubo respuesta, su vista estaba fija en dirección a las monjas. De pronto, como si fuera un resorte, sacó de sus ropas una escopeta y disparó a las religiosas. Ellas cayeron convertidas en miles de plumas.

―Pero… ¿eran aves? ―pregunté.

―Así es ―respondió el hombre.

Una vez calmada la situación, me atreví a contarle todo lo averiguado respecto a la familia de Elisa, le pedí consejos para terminar con el maleficio.

Con su cara tapada, como siempre, respondió:

―Espere la luna llena y que la joven toque el piano nuevamente. Coloque en la ventana bastante miel con el objetivo de que el ave, que es el rey de estos malditos, quede pegada en la ventana. Finalmente, lance sobre ella un panal de abejas, estas terminarán con el esbirro. Pero no lo olvide, las abejas, después de haber realizado su trabajo, también deben morir. Le recomiendo que las rocíe con un líquido inflamable y les prenda fuego.

Pestañeé y cuando volví a abrir los ojos había desaparecido, tal como llegó.

Conscientes de la importancia de lo que tendríamos que hacer, esperamos con Elisa la luna llena a fin de eliminar al demonio convertido en ave.

Embetunamos la ventana con miel de abejas guerreras, cuyo aguijón era tan certero como un arpón. Posteriormente, buscamos en un árbol de ulmo un panal que lanzaríamos sobre el infeliz pájaro que, sin duda, se haría presente al sentir el piano.

Con la luna llena y con Elisa frente el piano dando origen a hermosas y complejas melodías, esperamos. A medianoche, oímos el aleteo desesperado de un pájaro que luchaba por desprenderse de lo que lo ataba, era el ave negra del que me había hablado el soldado. De sus ojos rojos salían llamas chispeantes y miraban iracundos mientras intentaba escapar de la trampa. Sin mediar tiempo, salí de la casa, fui en busca del panal y lo lancé sobre el maldito; las abejas, en un arranque de furia, inyectaron sus venenosos aguijones en el pájaro que, chillando como animal herido, se despidió de este mundo para volver al infierno. Me apresuré a rociar al ave y a las abejas con un bidón de parafina y les prendí fuego. Era la única manera de acabar con el hechizo.

Hecho esto me di vuelta y, en medio de la oscuridad, vi al soldado mirarme con una sonrisa en su rostro, mientras sus ojos encendidos despedían una llama blanca.

―Señor, gracias por…

Pero no alcancé a decir nada más. Como un puñado de flores arrastradas por el viento, desapareció elevándose a los cielos.

Al ingresar al salón, una música celestial inundó el ambiente, al tiempo que los padres de Elisa contemplaban los ojos azules de su hija, sus pupilas destellaban con una luz dichosa. Su mirada cálida se posaba sobre las cosas a su alrededor y ella podía reconocerlas; se detuvo también sobre mí. Mi amada podía verme al fin.

En muchos lugares los pájaros negros han desaparecido, al igual que los portadores de la marca de la inmunda ave. De seguro se fueron por caminos inciertos, sin principio ni final.

Los cuervos que adornaban la entrada de la iglesia cayeron estrepitosamente. Del cura del templo solo se encontró su atuendo y un colgante de plata. En lugar de una cruz, portaba la figura del pájaro maldito.

Toda la maldad se fue volando en la noche más oscura, por los caminos que la condujeron hacia el infierno.

Ahora, en aquellos sitios la paz reina, la música de un piano llega a los corazones de quienes viven con la calma que solo el amor entrega. Elisa y yo así lo creemos o, mejor dicho, lo sentimos.

¿Y ustedes?

Escrito por:

Patricio-González-Tobar


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