POESÍA CHILENA Y CHILE, "PAÍS DE POETAS"


Si me preguntaran si Chile es o no un país de poetas, respondería igual que con los violadores tras las rejas: “Era verdad y ahora no es verdad”. ¿Qué quiero decir? Que ese mote se gestó como épica en La Araucana de Alonso de Ercilla y Zúñiga, durante el Siglo de Oro español.

Tuvo que llegar el siglo XIX, tras la Reconquista española y la Independencia, para que Chile, tierra de contrastes y loca geografía, tuviera poesía propia: la Lira Popular, fuente histórica imprescindible que se vendía como pan caliente, escrita en décimas por poetas variopintos, como el invidente Juan Bautista Peralta y la rústica Rosa Araneda. Mas fue en la primera mitad del siglo XX, con nuestro padre y madre en versos, Carlos Pezoa Véliz y María Monvel (como Walt Whitman y Emily Dickinson en Estados Unidos, Gustavo Adolfo Bécquer y Rosalía de Castro en España, pero con el siglo XIX en común), que la poesía chilena tuvo piedra de cimiento.

Del primero, su poesía está alejada del romanticismo y modernismo de aquel entonces, empapándose, en cambio, de un lenguaje y temas crudos y realistas, pero sin dejar de lado la rima y la métrica que han influido a poetas de renombre. De la segunda, que Gabriela Mistral consideraba, sin peros, la mejor poetisa de Chile, su poesía es modernista y a la vez pura, aunque dueña de una melodía superior a la de los vates actuales. Sus temas tocan la vida y el amor. Carlos y María son las piedras angulares que darían nacimiento a Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Pablo Neruda y Nicanor Parra, en una primera etapa.

Gabriela Mistral, a la que conocí gracias a su poemario Ternura y sus Sonetos de la muerte, me abrió los ojos al revelarme que de toda creación poética saldré con vergüenza, por ser inferior a mi sueño, sombra de Dios que es la belleza, sueño maravilloso de Dios que es la naturaleza.

De Chile nacería el creacionismo, vanguardia poética universal que ve al poeta en su esencia: poiesis, creación desde lo establecido hacia una realidad superior a la nuestra. Arte poética es su pequeño gran manifiesto y Altazor es su biblia, donde se experimenta y juega con el lenguaje y la realidad.

Otra vanguardia, esta vez local y efímera, es el runrunismo, nombre curioso para quienes no lo conozcan. Proviene de un juguete criollo llamado runrún, botón cuyos orificios son atravesados por un hilo, atando ambos cabos, de tal suerte que al ser tomado el hilo por los extremos y darle vuelta al botón, este comienza a girar de forma vertiginosa, provocando un zumbido bastante molesto. Bella analogía para los fundadores de esta editorial y movimiento, con imágenes claras y oscuras, surrealistas y personificadas, que tronaba con la literatura tradicional.

Con Neruda se da paso a la “poesía sin pureza”, metáforas inusuales, pero coherentes y libres de verborrea, además de un fuerte contenido social y político, pero sin caer en el panfleto.

Con Nicanor Parra, la poesía coloquial entra a nuestras tierras. Su antipoesía recupera la cercanía del habla popular, sin caer en lo inculto informal; de ahí su éxito. Esto dejando de lado sus Artefactos, muy divertidos, pero que, tomando prestada la palabra del pintor y doctor en Bellas Artes, el español Antonio García Villarán, son puro hamparte.

Otra etapa la forman Gonzalo Rojas y Jorge Teillier. Rojas, poco prolífico, brilla por su poesía erótica y existencial. Teillier, por su nostalgia, sonidos y aromas del sur, nos trae la poesía de los lares.

Por poco olvido a Enrique Lihn. Influido por e inspirado en Nicanor Parra, su poesía es diversa. Recomiendo su arte poética La musiquilla de las pobres esferas.

He querido excluir del parnaso chileno a Pablo De Rokha —llamado uno de “los cuatro grandes de la poesía chilena” —, poetastro que peca de oscuro y verborreico: oscuro por sus contradictorias figuras literarias (metáforas, repeticiones), y verborreico por decir poco en “versos” tan extensos que ni llegan a ser prosa poética. El amigo Piedra brilla con calidad en sus sonetos (“Genio y figura”) y poemas breves (“Círculo”, “Epitalamio”), o espigando bien en su Epopeya de las comidas y bebidas de Chile, un placer para los sentidos. Cuenta la leyenda que su poemario autoeditado Los gemidos solo vendió docenas de ejemplares y que el resto pasó sin pena ni gloria, destinado a envolver carne en un matadero. Pretencioso y adjetivador, con razón la crítica lo destrozó y el público lector le dio la espalda.

La poesía chilena actual, que intenta superar a las vacas sagradas, es, en palabras del crítico literario Ignacio Valente (en mi opinión, el segundo más importante tras Alone): “… poemas o fragmentos de poemas sin gracia, sin imágenes que superen lo convencional, sin fuerza, sin manejo del lenguaje, sin musicalidad, sin experiencia humana perceptible”. Razón no le falta. Se me viene a la mente Yanko González, Rodrigo Lira, David Aniñir, Delia Domínguez, Elvira Hernández, Carmen Berenguer. Prosigo con el crítico: “... uno lee los versos en cuestión y no encuentro (…) sino un prosaísmo plano (…) dos o tres adjetivos raros de un poema como si fuera una novísima manera de adjetivar (…) una observación insulsa (…) una vulgaridad adolescente (…) o una imitación repetitiva de versos famosos como si fuera una memorable síntesis de Safo, Góngora y Baudelaire (…) Atribuyo los malentendidos de esta clase a la decadencia más o menos general de la poesía en las últimas décadas”.

Si nuestra nación fuera territorio de poetas, se columbraría como fuente de buenos ingresos para ellos, y la lectura de su trabajo sería natural y cotidiana.

La realidad: no es una alameda para el éxito material y psicológico. Tal vez para la popularidad, pero no más allá. El chileno promedio no comprende lo que lee, ni le interesa, aunque se rebaje o suprima el IVA. La gente gasta un dineral en un televisor último modelo y en un computador de nueva generación, en lugar de un libro. Leer requiere cierto esfuerzo y complicidad. Leer requiere poner la mente y los sentidos al servicio de las letras. La televisión, la radio y las redes sociales, trabajan por nosotros: la primera es audiovisual, la segunda es escucha y arte, las últimas son multimedia. No se requiere intimar y adentrarse en ellas. Volviendo al principio de este párrafo, los poemarios y antología poéticas no se agotan. Si Chile fuera país de poetas, la lírica sería tan cotidiana como comer, dormir, beber, abrigarse, trabajar, follar y bañarse. La poesía sería leída en buses, parques, metros, baños y restaurantes, las bibliotecas se llenarían y los libros electrónicos se saturarían con tantas descargas. La demanda sería enorme frente a tanta oferta.

Por eso afirmo que era verdad, y ahora no lo es, que Chile es país de poetas. Está de más asegurar que otros países se disputan tamaña tautología.

Pese a lo dicho anteriormente, ha surgido el fenómeno de la poesía mapuche (Elicura Chihuailaf), la poesía de “derecha” políticamente incorrecta (Bruno Vidal, Diego Maquieira y Paulo de Jolly) y el rescate de antologías como Selva lírica, la de cantautores como Violeta Parra y Víctor Jara, anónimos y populares como el canto a lo divino, o la poesía de literatos como Roberto Bolaño.

Más lindos son los poemas

de la Gabriela Mistral.

Pablo de Rokha es bueno,

pero Vicente

vale el doble y el triple.

No cabe duda

que el más gallo se llama

Pablo Neruda.

Corre que ya te agarra

Nicanor Parra.

“La cueca de los poetas”,

Violeta Parra.

Escrito por:

Francisco-Valenzuela

Créditos de la imagen: Adamar

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