RUGE LA TORMENTA Y YO AQUÍ...


El aullido de los lobos me trae a la realidad, respiro hondo y abro los ojos en medio de la penumbra forjada entre rayo y rayo. Llevaba mucho tiempo hecho un ovillo… de carne y sentimientos. La cortina de agua cae sin cesar, acompañada por ese perenne sonido que reposa a mi alrededor como único acólito. Clama, gime, protesta a la luna. Su luz se refugia detrás de las negras nubes, mientras el llanto, el llanto del cielo y tal vez de la vida se abate sobre la tierra, baldeando, mientras cae, las penas y tristezas de los trastornados.

Lobo, llama a la luna, su luz será necesaria una vez que las lágrimas del cielo despejen dudas y purifiquen insomnios para que los hombres duerman por fin y descansen sus almas. Truenos, anuncien que llega la luz para que mueran los infértiles, han esperado con impaciencia su destino; no como prisioneros, como penitentes conocedores de un destino que los llevará hasta el fin de una existencia no vivida y el comienzo de una nueva por vivir.

Cae la lluvia y la impertinencia del viento estalla frente a mí al chocar con los gruesos cristales de las viejas ventanas. La vida, sin embargo, es milagrosa y tiene buen corazón; después de todo, se ha condolido de los recuerdos, de la existencia que yace guardada, de las historias y sus momentos. Quizás cuántas alegrías, cuántas tristezas, cuántos instantes de pasión, cuántos te quiero aún descansan resguardados en el interior de esas inmensas paredes, refugiados en medio de los ladrillos, las masas de cemento y piedra que forman las entrañas de esa gran e incombustible casa. Soy parte de ella, mi carne, mis huesos deben ser madera, piedra y cemento, porque mi vida es pasión y sentimiento.

Escrito por:

Fernando Enrique Gilabert Bustos

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