Actualizado: 11 de dic de 2019



Ese día lo recuerdo nítido, como si se tratara de una fotografía capturada por mi memoria. Hacía calor, y el uniforme no me ayudaba mucho a mantener una temperatura que me hiciera sentir cómoda: calcetas, blusa, corbata… piezas de ropa sobrantes en una mañana calurosa de fines de Septiembre. Había bajado corriendo las escaleras después del toque del timbre y mi pelo, negro y largo, recogido en un moño en lo alto de mi cabeza, se desarmaba un poco más por cada paso que daba sobre los peldaños, hasta llegar suelto al piso del pasillo principal. Tenía apenas quince minutos de recreo, pero el resto de mi vida para recordar ese día, aunque a decir verdad… no es una fecha exactamente lo que recuerdo; no hay números en mi cabeza; solo me queda ese instante, que hoy puedo sentir entre mis dedos como una mariposa prisionera.


Lo vi de lejos, con su grupo de amigos. Al verme se apartó de ellos y caminó hacía una de las escaleras que daban al patio. Caminé en la misma dirección hasta llegar a su encuentro; nos abrazamos, como era nuestra costumbre, esa manía arraigada que él mantenía para con sus más cercanos, círculo cerrado del cual sin saber cómo, llegué a formar parte. Para mi fortuna, los talleres extracurriculares deportivos del liceo permitían el ingreso de estudiantes de todos los niveles… y en uno de ellos, cometiendo falta tras falta, ya a punto de dejar el básquetbol para dedicarme a cualquier otra cosa, sentí su mano sobre mi hombro. Me ayudó a entrenar, y desde entonces fuimos cercanos, casi íntimos amigos.


-¡Díselo!


Su voz era firme y sonaba llena de entusiasmo; por mi parte, después de tal confesión, estaba totalmente vulnerable, nerviosa y asustada.


-¿Estás loco?, ¿cómo se supone que le diga así, de pronto, lo que siento? Es una persona importante para mí, no soportaría que se alejara por una estupidez como no corresponderme.


Acababa de contarle que estaba completamente enamorada de un compañero que jamás se fijaría en mí, y que necesitaba un consejo para dejar de estar interesada…


-¿Cómo sabes que él no siente lo mismo? –Sus ojos insistentes traspasaban los míos, me sudaban las manos, y mi corazón parecía haberse congelado. El tema me ponía tensa.


-No puedo… él sale con alguien.


-Eso no significa que no sienta cosas por ti.


El sol ardía sobre mi cara a través del cristal de un enorme y antiguo ventanal. La luz bañaba también sus ojos inmensos, profundos y serenos, en los que mi humilde silueta se reflejaba sombría, temerosa... cómo me hubiese gustado tener el valor y la resolución que su mirada reflejaba.


-Anda, dile. –Comencé a contar los segundos que permanecía en silencio. No me sentía capaz de articular palabra alguna. Una sonrisa acusadora asomó hasta su boca y las pupilas oscuras al centro de sus ojos claros me dejaron inmóvil, vulnerable, como si pudiera leer mi mente; y el solo pensarlo me petrificó.


Mis labios apretados, apenas se abrieron para tomar el aire necesario antes de responder, cuando el timbre se dejó oír estruendoso y puntual. Desde la puerta de su sala, una muchacha de expresión seria, pálida y de largo pelo castaño, le hizo una seña para que entrara.


-Apúrate. Tú sabes que le molesta tener que esperar.


-Sí, así es ella, con su falta de paciencia y su increíble mal genio… pero cuando uno quiere a alguien, esas cosas se pasan por alto... en realidad, todo se pasa por alto… Así que no te desanimes y hazme caso, dile a esa persona lo mucho que te importa. -Se acercó para abrazarme, y el olor de su cabello y del cuello de su camisa me parecieron perfectos, sus brazos cálidos me envolvieron en una inmensa paz. El timbre dejó de sonar; ya era tarde.


-Cuéntame después, qué te responde. –Me dijo al oído.


-No va a responder nada, ya te dije que está con otra persona. No voy a meterme en medio…


-Quizás espera que lo hagas…


Se apartó de mí, y me besó la frente antes de volver a su sala. Lo vi alejarse, como se ve caer el sol de la tarde, y caminé también, en dirección a la escalera que me llevaría a mi curso.


Aunque no me atreví a decirle que no era un compañero quien me quitaba el sueño, que eran sus ojos los que lo hacían, me fui a terminar mi jornada pensando en que al día siguiente, tal vez lo haría, y si eso no ocurría, podía seguir inventándole anécdotas para divertirle, o contarle sobre mis penas y fantasmas de mi pasado para que su brazo tierno me cobijara. Podía también dejar que las palabras que no dije se plasmaran en las hojas en blanco de mi cuaderno de matemáticas, o cualquier otro, o podía quedarme con la sensación de su abrazo hasta la noche y dormirme con su nombre en los labios. De todas formas, el sol volvería a brillar, el viento volvería a acariciarme el rostro cada mañana como esa en que bajara corriendo por las escaleras a su encuentro, hasta volver a verlo y conformarme, como siempre, con aquellos valiosos quince minutos como los de aquel día dibujado en mi cabeza y que hoy recuerdo como si fuera un cuadro antiguo, un lienzo pintado en tonos tornasolados y verdes, que lleva por título su nombre.

Escrito por:

Claudia-Bovary


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