REFLEXIONES MÍAS Y AJENAS

Actualizado: ene 31



Siento que cuando no estás conmigo, mi piel se encoge y

florece cual musgo repentino. Tu soma refleja la incertidumbre

que la vida anuncia, cuando los sentidos, órganos, y vísceras, han perdido

su camino.

Pagoto


“Hay un bosque escondido en tu cabello y una gran mar azul al interior de tus ojos. Al verte creo estar con una diosa cubierta de albas nubes, como si fueran estas una túnica hecha de alas de palomas”. Esas fueron las palabras que un día dirigí a mi amada. Ella se limitó a sonreír dulcemente entregándome, sin hablar, la reciprocidad de sus sentimientos a través de su mirada.


Para mi pesar, aquella fue una de las últimas frases que afloró para ella de mis labios, ya que posteriormente, su existencia fue cortada por el término violento de la vida, que llegó sin aviso, sin que lo hubiésemos previsto. Luego de aquel terrible suceso, llegué a la conclusión de que la amistad y el amor son el meollo de todo: la sinceridad, la generosidad de espíritu, la ternura infaltable. En cierto modo, ambos constituyen el final de cualquier temor, puesto que en compañía cualquier cosa es soportable, sin embargo, estoy solo ahora, y me siento morir de a poco.


La soledad me lleva a desear seguir inmerso en el sueño, puesto que es la única manera de permitir que la tierna imagen de mi amada no me abandone ni se aleje… A veces pienso que la quise demasiado.


Aquel día miserable ella no despertó de su sueño provocando en mí un dolor tan profundo que casi destruyó mi núcleo, pero a pesar de mi sufrimiento, en las tardes, al caer el sol, salgo de casa para dar rienda suelta a mis pensamientos y dirijo la vista hacia el horizonte, en el que veo las nubes descolgarse y flotar cual mares calmas, agrupadas, brillantes y silenciosas, movidas por el vaivén del viento que se las lleva consigo a lugares inciertos, al igual que mi camino.


Oigo el rugido de un trueno que me saca de pronto de mis cavilaciones y me distrae del recuerdo evocado en mi mente; veo la lluvia que comienza a caer, y me pregunto si será la misma que hizo crecer aquellas flores en el cabello de mi amor. Una brisa fría surca mi rostro trayendo hacia mí el perfume de su aliento y de las perlas sumergidas en esa boca, sonriente como cada vez que me miraba a los ojos, con la pasión cubriéndola toda como un enorme velo.


El día finalmente llega a su término, para dar paso a la majestuosa noche que opaca el recuerdo de sus pupilas, imprimiendo en las mías la nostalgia de su distancia infinita. La luz desaparece, al igual que su silueta. El rugir de la ventisca anuncia el arribo de la intensa llovizna que llega para purificarlo todo con sus aguas mustias.


Sumido en mi dolor, sin consuelo alguno, contemplo el paisaje frente a mí. Me quedo inmóvil como una piedra y mis sentimientos se pierden en la arenisca inmensa, proveniente de una montaña que se mueve al compás de los indescifrables susurros del céfiro.


Sin apartar la vista del cielo, cruzo la puerta nuevamente para entrar a esa casa en la que el pasado se siente como un eco de cada una de las palabras pronunciadas por ella, en un reflejo suyo posado en el espejo que yace inclinado tristemente hacia un lado, sin que manos atentas corrijan su postura, y que se esfuma al intentar perseguirlo.


Las rosas que ella acomodaba cada noche en el florero, hoy yacen dormidas, y quizás despierten mañana al clarear el alba y traigan consigo nuevamente el perfume de mi ausente Dulcinea.


Sin saber cómo, veo el día aparecer en la ventana, diáfano y luminoso, anunciando el halo de su presencia para hacerme silenciosa compañía. Nuestro rosal ha estirado sus ramas como si intentara alcanzar la tersura de una piel escondida en la inmensidad de lo indescifrable.


La noche en que se marchó, quedé inmerso en una isla que me arrastra hondamente hacia una interminable desesperación, que me obliga a seguir el mismo camino hasta el valle de los que ya no sienten ni la brisa de la ventisca, ni el canto de los arrullos.


“Mor tui Vivos Do cent”: Los muertos enseñan a los vivos.


Ese era su libro preferido, ese que intentaba que yo leyera y que a pesar de sus reiteradas peticiones, nunca quise. Sinceramente, prefería acurrucarme entre sus brazos y leer sus ojos en lugar de las hojas. Ella insistía en que debía hacerlo al menos una vez, puesto que si partía de este mundo ella primero, yo no entendería lo que el texto decía referente a la inmortalidad del espíritu. Me decía también que si un día se marchaba, su alma estaría junto a mí por siempre y aún más cerca cada vez que yo evocara los recuerdos que en vida me había entregado, que estaría conmigo aunque yo no lo supiera, a pesar de no poder sentir entre mis dedos su cabello suave como un bosque encantado y sus profundos ojos azules; cómo quisiera que no se hubiera apartado nunca de mí, nunca…


Dolor y más dolor. Ahora que ella no está, he comprendido que cuando la muerte de alguien cercano nos azota, el sentimiento de angustia se vuelve tan profundo que nos deja la sensación de ser también rozado por ella. La muerte es el único dios que acude cuando le llaman; el camino más rápido para llegar a los brazos del creador, el instante crucial de toda vida humana… Pero a mí aún no me alcanza, he quedado inmerso en mi desgracia y esta pena miserable. La vida se compone de una serie de incidentes que se cruzan inevitablemente, sea lo que deseamos o no.


Alguna vez alguien dijo: “Recuerda el pasado si puedes aprender de él”


A veces temo que la muerte venga por mí y me lleve tan lejos que me pierda en la inmensidad de lo ignorado, y quede perdido para siempre, impidiéndome volver a ver a la mujer que se llevó consigo mi existencia, abandonándome en una vida amarga e inclemente. Temo que de no volver a verla en la otra vida, quede mi corazón hundido por la eternidad en un llanto desconsolado.


Dejo este escrito para la lectura de quienes, al igual que yo, aman o han amado con todas las fuerzas de su alma.


Con afecto, Patricio.


Luego de escribir lo que mi dolor me dictaba desde la profundidad de mis pensamientos, miro hacia lo alto buscando la presencia angelical de aquel ser que llenó mi vida de ese calor que solo proporciona la cercanía de un cuerpo que haya sido bendecido con la caricia del amor.


No puedo evitar trasladarme al pasado y envolverme en esa sana sensación de placer que proporciona el recuerdo de un tiempo maravilloso, de encontrarme en un viaje sin regreso por los rincones que mi mente atesora, cual caja fuerte inexpugnable, que se abre solo al contacto de la esperanza o la nostalgia, haciendo crujir mi corazón que se estremece ante la búsqueda del sabor de su piel y de su aroma, que antes surcaba el aire cerca de mí… Una delicia. Mi lengua aún recuerda el sabor de su tez húmeda y emana de mi pecho la pasión desenfrenada por el amor recuperado, aunque de momento, solo sea en mis pensamientos…

Escrito por:

Patricio-González-Tobar


#Amor #Dolor #Ausencia #Muerte

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