LENTO DESFILE HACIA LO PROFUNDO

Actualizado: 18 de dic de 2019

ESTE TEXTO ES RECOMENDADO PARA MAYORES DE 18 AÑOS

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que no cuenten con este mensaje inicial.

Relato en primera persona de Simona Ferrara, sin interlocutores

No recuerdo mucho de mi infancia, salvo que mis padres estuvieron completamente ausentes. Vagué por hogares de menores y la calle fue mi principal sustento. Las primeras imágenes que soy capaz de rememorar comienzan más o menos a los cuatro años. Tengo una escena pegada a mi memoria donde estoy en mi silla con una cuchara en una mano y el tenedor en la otra. Nunca pasé hambre a esa edad, pero las marcas de cigarrillo que puedes ver aquí son de mi padrastro; no lo sé, tal vez hasta de mi madre. Nada fue diferente hasta mis seis años cuando un tío, o quien yo creía un tío, me llevó a un hogar de menores.

La madre Celeste me recogió. El centro era público, pero estaba bajo el amparo de la Iglesia católica. Dudé muchas veces si debía deshacerme de ella, pero me detenía su mirada que parecía ignorar este mundo. Sigamos.

La madre me presentó al padre Chicho, un digno representante del clero. Extrañamente era apacible y cercano para ser un cura de ciudad, pese a que siempre me insistía en que debía estar limpia e impecable. Me cargaba eso. Pasé de estar sucia siempre a limpiar cada poro de mi piel; de hecho, es una manía que tengo todavía, justo ahora estoy algo incómoda porque llevo mucho tiempo sin lavarme las manos. Maldigo al padre Chicho, me inculcó el aseo personal y lo transformé en un trastorno obsesivo-compulsivo. Curiosamente, él era muy sucio y desaseado, destilaba un aroma a anciano sudado que me repugnaba. “Dios lo querrá así”, pensaba yo de niña tratando de exculpar su flojera de darse un baño. Siempre me acariciaba el cuello y olía mi pelo. “Debe oler a recién pulido”, me gritaba en el oído, buscaba que aprendiera esos consejos a la fuerza. Al final la costumbre y la rutina hicieron lo suyo y crearon en mí una conciencia de limpieza que no puedo eliminar de ninguno de mis quehaceres. Disculpa, ¿se podría fumar acá…?, ¿no? Bueno, sigo. Tanto los hábitos de higiene como los odiosos implementos de limpieza que tenía que llevar de un lugar a otro para sentirme tranquila eran perjudiciales para mi contacto físico con cualquier persona, incluidos los encargados del centro. ¡Imaginarás lo que era cuando me violaban! Sentía asco no por las constantes penetraciones, sino por el hedor a hombre que quedaba en mi cuerpo; era repulsivo. Incluso el diácono Harris, un extranjero que veíamos tres veces a la semana, me dejaba su aroma a Calvin Klein; aunque aromático, el olor era fuerte y no lograba sacármelo durante días.

Al principio Harris fue muy dulce y servicial conmigo, pero cuando cumplí ocho años solicitó permiso para llevarme a Noruega a validar mis estudios de inglés. Suena extraño que el destino para practicar fuera un país escandinavo, pero en el 2001 era fácil engañar a la gente, así que nos fuimos por dos meses a Europa. Aprendí bastante allá… ¿Por qué me miras así? ¡Ah, entiendo! Por supuesto que sí, todo lo que aprendí en el Viejo Continente fue a cambio de servicios sexuales para Harris, aunque años después entendí que eso era lo que hacía yo con él. Curioso es que no lo maté por eso como todos piensan, los vejámenes eran tan comunes en mi niñez que debí lidiar con ellos más allá del sentido de justicia que ustedes las personas normales entienden.

Vuelves a mirarme con una expresión de duda... no me considero normal, para nada. Conoces todo mi expediente e incluso así hiciste preguntas infantiles, ten claro que hay secretos que nunca sabrás. No te enojes, apenas empiezo a disfrutar esto. No se trata de un desahogo, es una necesidad de que entiendas mi posición. No soy heroína, justiciera, antihéroe ni nada por el estilo, simplemente soy. Tomaré agua.

Lo más importante que recuerdo del viaje a Noruega fue el proceso de adaptación en un supuesto colegio católico, aunque creo firmemente que no estábamos en un colegio. Noruega no tenía escuelas de orden romana en esa fecha y el lugar se notaba bastante antiguo, pero moderno en su forma de enseñar. Mis pocas experiencias de clases en Chile eran bastante diferentes a lo que se enseñaba ahí, por eso siempre dudo de si era un colegio o una especie de palacio. Ni siquiera voy a detallar todo lo que me hicieron en ese lugar en los meses que duró mi estadía. Sí te diré que en inglés me remarcaban de forma directa que mi silencio era mi vida. Entre todos los hombres inhumanos que frecuentaban ese lugar, un solo nombre quedó en mi memoria: Lucas Johanssen. Tal vez fuera un nombre ficticio, pues viajaba de país en país alimentando redes de pedofilia, solo se reunía en Noruega con los otros para pactar los acuerdos de cooperación de trata de niños. Dos chicos más del Hogar me acompañaron esa vez: Luis volvió conmigo a Chile, pero a Denis no lo vi otra vez. Harris, por su parte, me llevó tres veces más a Europa, la última cuando tenía quince años; en ese momento prácticamente trabajábamos juntos y mi paga era más que satisfactoria para mis objetivos y actividades.

Sacaré unas galletas, permiso…

Bien, tras volver de Noruega la primera vez, el padre Chicho me recomendó como monitora de los nuevos niños del hogar. La madre Celeste se opuso, decía que era inadecuado y peligroso para mi integridad y que aún no estaba madura para algo así. A pesar de eso, el padre me puso junto a Enriqueta, la mayor del grupo, para que viviera la experiencia. Debe ser la chica que aparece como Claudia en los informes, usaba su segundo nombre porque Enriqueta le cargaba, pero a mí me encantaba. Mi admiración por esa mujer de quince años era notable, la seguí e imité por mucho tiempo. Incluso cuando un año después tuvo su primer pololo oficial, seguía preocupándose de mi aprendizaje. Ella era muy inteligente y perspicaz, quería saberlo todo y vivía obsesionada con la idea de cambiar su destino de pobreza y miseria. “Aguantaré esta tortura hasta mis veintiún años, después me titularé y haré mi vida”; repetía esa frase cuando nos despedíamos cada día, era notable en todos los aspectos.

En mi cumpleaños número nueve Enriqueta me sacó a tomar helado en el emporio de la población. Durante el paseo me explicó que eran altas las probabilidades de que mis padres biológicos me hubieran abandonado y de que un sinfín de golpes y malos tratos bloquearan mis recuerdos de infancia. Además, me contó que Harris también la llevó a ella a Europa, pero lo denunció ante el padre Chicho; a raíz de esto Enriqueta fue sometida al trabajo forzoso de cuidado de niños. “Cochinos de mierda, ten claro que se aprovecharán de ti apenas puedan. No confíes ni en la madre Celeste”. Me dio risa su consejo pues desde temprana edad no confié en nadie, ni siquiera en Enriqueta; tenía claro que si su pololo la podía sacar antes del hogar, se iría sin pensarlo, por más que su discurso fuera el de una mujer liberal. El olor a novia se le detectaba a kilómetros, esa era la única equis en la lista de su personalidad. Pese a todo era mi heroína, mi reflejo, la única persona que despertaba sentimientos en mí… ¿Eh?... Sí, por supuesto, cuando llegué a mi pubertad esos sentimientos de hermandad se convirtieron en pasionales, pero nunca fueron correspondidos.

Recuerdo que a mis diez u once años Enri tuvo un pololo nuevo que me miraba con deseo, me desarrollé a temprana edad y tenía un físico que nunca dejé de trabajar; la propia Enri decía que mi cuerpo era una herramienta fundamental de éxito en este país machista. Así que me ejercitaba día tras día y corría por la larga cuadra que rodeaba el hogar. En esa época me enteré, gracias a la madre Celeste, de que fui abusada por el mismo tío que me llevó allí, y que en realidad era mi padrastro. Solo tres jóvenes seguían abusando de mí en ese momento, los mayores del hogar; Jonatan, uno de esos chicos, decía que era mi pololo. A pesar de esto, conseguía dulces y bebidas de ellos y era muy entretenido cuando peleaban por quién me violaba más fuerte. Sí, dime... no, aún no me he vengado de ellos, espero tener la oportunidad. Te ruego que no vuelvas a interrumpirme, he cumplido con mi interrogatorio. ¿En serio no se puede fumar?, okey. ¿Uso la bacinica acá nomás? Bien, serán solo unos segundos.

Cuando apagué la torta de mis doce años Jonatan había cambiado su postura de violador compulsivo para convertirse en un tierno amigo que evitaba que los otros dos me tocaran; además, tenía alertada a Enriqueta sobre las miradas lascivas de su pololo. Franz Uche se llamaba él, era algo así como el hijo de un colono alemán o polaco, pero más chileno que el pan de pascua. Su altura y rubiedad intimidaban, pero siempre sabiendo, eso sí, que su familia auspiciaba gran parte del Hogar; gracias a esto deduje que los encargados tenían a Enri como moneda de pago. Con esa información presente, seguí la relación hasta que vi algo inesperado: un día Franz golpeó a Enriqueta y la dejó inconsciente. La madre Celeste lo echó del lugar, pero el padre Chicho envío a Harris, quien estaba por esos días ahí, y el diácono apoyó al polaco y le gritó a Enri delante de todos; ella permaneció fiel y nunca dijo que fui yo quien les advirtió sobre Franz.

Días después, el polaco se acercó a mí y me dijo al oído: “Termina con ese mocoso y únete a nosotros, seríamos un lindo trío”. Un poco más allá estaba Enri con los ojos morados, mis compañeros violadores se burlaban de ella, indiferentes ante la situación. Como no contesté, el polaco llamó a Enriqueta y repitió su estúpida propuesta. Enri me miró con angustia y vi en su rostro la pérdida de sus años de superación. En ese momento lo decidí, me propuse recordar al polaco hasta tener las competencias necesarias para erradicarlo y luego pensaría si Enri merecía este mundo.

Escrito por:

Daniel-Maturana

De la novela Tibio témpano de nuestra calidez (2018)

Publicado por Aguja Literaria

#Violencia #Abusoinfantil #Recuerdos


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