Belleza hechizante
- Aguja Literaria

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En el curso de una cálida tarde de otoño, un abuelo y su nieto caminaban por la extensa ribera del río Cato, donde la sosegada corriente del agua producía un delicado sonido y los árboles se mecían con suavidad al compás de una calmada brisa. De pronto, el niño se detuvo y recogió una piedrecilla tan delgada y plana como una moneda. Se la enseñó a su abuelo y este la sostuvo entre sus dedos. Tomó impulso y la arrojó contra la cristalina superficie del agua, haciendo que rebotara tres veces en el río antes de hundirse.
—¡Me encanta la técnica que tienes para hacer patitos, abuelo! Espero que pueda hacerlos igual que tú algún día.
—No es tan difícil. Es cosa de girar bien la muñeca, y ya está —comentó el anciano—. Busca otra piedra y te enseño mi técnica milenaria.
El pequeño corrió a buscar otra piedra llana, mas solo encontraba a su paso guijarros pesados y redondos. Escudriñó las inmediaciones hasta que su exploración se vio interrumpida por un fuerte crujir de ramas. El muchacho se sobresaltó y volvió donde su abuelo. Le asió la mano con fuerza, a la vez que el anciano lo contemplaba con una mirada de ternura a través de sus anteojos de medialuna.
—Tranquilo, no hay nada que temer —le dijo al niño hincándose a su lado.
El muchacho se cubrió los ojos con las manos y negó con la cabeza.
—Vámonos de aquí, abuelito. Me da miedo que un animal peligroso pueda salir a atacarnos.
Con gentileza, el abuelo le tomó las manos a su nieto y se las llevó a su pecho.
—Calma, mi pequeño. Estás con tu querido abuelo. Nada te hará daño —aseveró el anciano conteniendo al muchacho—. Ahora, intenta serenarte y cuéntame qué fue lo que viste.
—Vi que algo se movía muy rápido entre unos canelos. Era una cosa muy extraña. Tenía la apariencia de un animal, semejante a un gran pez.
—Todavía hay muchas cosas que no conoces del lugar —indicó el abuelo levantándose con dificultad—. Quizás, ya sea hora de que conozcas la historia de lo que habita aquí. Estoy casi seguro de que al final te vas a quedar con la boca abierta. ¿Estás preparado para escucharla?
—¡Sí, abuelito! ¡Estoy preparado! —gritó el niño con mucho entusiasmo.
—Muy bien, pero antes de comenzar, necesito encontrar un lugar donde sentarme. Se me resintieron bastante las rodillas al hincarme. Este cuerpo ya no es el mismo de antes, ¿sabes? Ya le hace falta una visita al mecánico para una buena revisión.
—Las cosas que dices, abuelo —rio el niño balanceándose sobre sus pies.
El anciano buscó con la mirada una roca cóncava para descansar. Al encontrar una que le pareció perfecta, se le acercó con paso trémulo, apoyó sus artríticas manos en la áspera superficie y acomodó sus posaderas. Acto seguido, inspiró profundamente, se llevó un puño a la altura de sus labios y soltó un fuerte carraspeo.
—Hace muchos años, en esta misma parte del río Cato, existió una criatura de lo más inusual. Algunos afirman que vive hasta el día de hoy. A este ser se le conoce con el nombre de Shompalwe —dijo el abuelo haciendo con las manos un semiarco sobre el espacio entre ambos.
—¿Shompalwe? ¿Y qué era Shompalwe? ¿Es él o ella? ¿Y a quién se le pasó por la cabeza ponerle un nombre tan enredado? —preguntó el niño sentándose a un costado de su abuelo.
—Tendrás que dejarme terminar la historia para que lo sepas, querido nieto. De otra forma, se nos esconderá el sol y no tendremos más remedio que volver a casa. Y tú sabes que no puedo hablar mientras camino, puesto que me agito bastante. Así que aprovechemos el rato de luz que nos queda y escucha el relato con atención.
—Lo siento, abuelo —se excusó el pequeño entrelazando sus manos.
—No es necesario que te disculpes. No hiciste nada malo, mi muchacho —dijo el anciano revolviéndole el pelo a su nieto.
—Me dejarás tan despeinado que la abuela se va a enojar —bromeó el chico ordenándose el cabello con los dedos.
El abuelo le preguntó a su nieto en qué parte de la historia había quedado. El niño, sabiendo que a su abuelito se le olvidaban algunas cosas, le respondió que estaba a punto de contarle qué era la criatura conocida como Shompalwe.
—Gracias por refrescarme la memoria —dijo el anciano haciendo crujir su cuello—. Bueno, aquí vivía Shompalwe, una hermosa criatura parecida a las sirenas de los cuentos de piratas. Se dice que solía hacer de las suyas todos los martes.
El niño dio un respingo y se acercó hacia su abuelo en busca de seguridad.
—En cierta ocasión, un viajero que iba de camino a Coihueco se recostó cerca de este lugar para reposar. Luego de una larga marcha, estaba hecho trizas. Se sacó las ojotas y masajeó sus doloridos pies. Era tal el cansancio que embargaba su cuerpo, que se quedó dormido de un minuto a otro. De repente, sintió un sonido que lo sacó de su letargo. Se trataba de una melodía que sonaba muy lejana, como si las montañas de la cordillera le estuvieran cantando. Era un sonido tan dulce, que se le puso la piel de gallina. Se levantó de un salto, convencido de encontrar aquella maravillosa fuente de placer para sus oídos.
—Entonces, Shompalwe tenía las habilidades de una bruja —asumió el niño.
—Yo no he dicho que la fuente del sonido proviniera de Shompalwe. Pero para qué voy a andar con tantos rodeos, si ya sabes que Shompalwe es la protagonista de esta historia. Sí, ella interpretó la seductora melodía, sin embargo, no conjuró ningún encantamiento contra el hombre. Simplemente, su dulce voz lo atrajo, al igual que las abejas a la miel.
—Entiendo, abuelo. Continúa, quiero saber qué pasó después —apremió el muchacho.
—Luego de una breve búsqueda, el hombre distinguió la silueta de una hermosa mujer entre unos laureles. Nunca había visto a alguien de semejante belleza en toda su vida. Era una joven alta y delgada, de labios carnosos y penetrantes ojos ambarinos. Su voz sonaba tan dulce, que el espíritu del abatido viajero se vio embelesado por completo. La mujer sonrió con encanto, enseñando una fila de dientes blancos, semejantes a las perlas, y el hombre se le acercó con pasos torpes y casi involuntarios.
El niño se deslizó por la roca hasta tocar el suelo y se ubicó frente a su abuelo.
—Si Shompalwe era una bruja, no se parecía en nada a esas hechiceras viejas con sombreros puntiagudos y verrugas en la nariz. Shompalwe tenía toda la pinta de ser una modelo de pasarela —manifestó el pequeño con las manos por detrás de la espalda.
El abuelo se rio tan fuerte, que empezó a toser, perdiendo el aliento. Elevó los brazos e intentó regular su respiración.
—Ay, nietecito. Tú y tus comentarios tan graciosos. Siempre le sacas una risa a este vejestorio —dijo el anciano con cierta agitación.
—Si son tan chistosos, voy a tener que empezar a cobrar por ellos —bromeó el niño.
—Mejor continúo con la historia, ¿no te parece, mi pequeño comediante?
—Claro que sí.
—Sin previo aviso, el viajero sintió un fuerte temblor bajo sus pies. El suelo crepitó y las piedras en el lecho del río se estremecieron con gran energía, como si estuvieran describiendo una danza entre ellas.
—¡Era un terremoto, abuelo! —añadió el muchacho llevándose las manos a la cara.
—Exacto, y uno tan fuerte que desequilibró al joven campesino, tirándolo al suelo cual saco de papas. El zarandeo era tal, que el hombre no podía ponerse de pie. Los árboles se bambolearon, soltando un agudo chirrido, y en el río se formaron pequeñas olas. Luego de lo que pareció una eternidad, el fuerte terremoto paró y todo quedó en el más absoluto silencio. Ni siquiera los pájaros trinaban. El caminante estaba aturdido y desconectado de la realidad. Se incorporó sacudiéndose la tierra de su ropa, y examinó los alrededores en busca de la muchacha, mas no pudo encontrarla. Había desaparecido, y con ella, su cautivante y gloriosa voz.
—¿Y desapareció así de la nada? —preguntó el pequeño chasqueando los dedos.
—Sí, así tal cual. Más tarde, el hombre siguió su camino hacia Coihueco, pensando en la mujer y en la situación que había vivido. Una vez en el pueblo, los lugareños le confirmaron que lo que había sentido cerca del río fue un espantoso terremoto que había sacudido con violencia a la ciudad de Chillán, y que, como las raíces de un árbol, se extendió hasta los pueblos cercanos. El campesino aprovechó de contarle a los coihuecanos sobre la extraña aparición de la mujer, pero ellos no se sorprendieron. Le comentaron que era muy frecuente que los viajeros se encontraran con la tal llamada Shompalwe, una criatura que atraía a los desventurados con su voz y los conducía directo a su perdición. El hombre agradeció la información y se dirigió hasta la plaza del lugar, donde meditó y reconoció la gran suerte que había tenido, puesto que el repentino terremoto lo salvó de un funesto destino.
—Eso es tener buena fortuna, abuelo —expresó el niño levantando sus pulgares—. Imagino que el viajero tenía guardado algún amuleto en su ropa. Tal vez una pata de conejo, una herradura o un trébol de cuatro hojas.
—Harta suerte tuvo el muchacho, y eso que no andaba con ninguna clase de talismán. Por desgracia, todos los demás caminantes que se internaban en los dominios de Shompalwe desaparecían, y nunca más se sabía de ellos. No se conoce a ciencia cierta qué hace la sirena con los desdichados, pero de lo que sí podemos estar seguros, es que aquella criatura simboliza el rostro de la aniquilación.
Acabada la historia, abuelo y nieto emprendieron rumbo a casa. El niño caminaba con la vista hacia abajo. Se mostró pensativo y callado hasta que manifestó una última pregunta.
—¿Y cómo sabes tanto de esta historia, abuelo?
—Porque un pajarito me la contó.
—El bromista aquí soy yo, abuelito, así que no te vayas por las ramas y dime por qué conoces tantas cosas sobre Shompalwe.
—Porque el viajero que iba hacia Coihueco, ese hombre que se encontró con Shompalwe y fue salvado por el terremoto, fui yo. Yo era el caminante de la historia que acabo de contarte.
Escrito por:
Emilio Mellado Cáceres
Texto extraído de la revista Aguja Cultural N°2



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