Dioses imaginarios - La visita
- Aguja Literaria

- hace 27 minutos
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El aspecto ancestral de la anciana despertaba en Carlos una real y profunda sensación de querer protegerla; desde un rincón no cesaba de mirarla. Las manos de la mujer revoloteaban en el aire con finos y delicados gestos. Sus delgados labios murmuraban en voz tenue algo semejante a una plegaria inentendible, la que brotaba monótona desde lo profundo de su boca ante aquella ventana protegida por gruesos barrotes.
La tarde de aquel lunes del mes de julio estaba fría, oscura. Carlos, joven de apariencia triste y ojos pardos, por instantes no lograba detener la irremediable carrera que emprendían sus humanas lágrimas ante el sombrío y conmovedor cuadro de la anciana frente a la ventana. Ella, deslizándose por el piso con delicados y finos movimientos, parecía intentar los movimientos de una danza antigua, quizás como queriendo rendir culto a milenarios y fantasmagóricos dioses que giraban, lanzando gritos de guerra dentro de su cabeza.
Carlos, inmóvil y sin poder pronunciar palabra alguna, notaba cómo sus pies estaban entumecidos por el frío y la falta de movimiento. Su cuerpo, al pasar los minutos, parecía encogerse hasta volverse niño. La imagen de la anciana orando así, sin parar, desaparecía en lo profundo de su mirada, presintiendo que nada podía hacer.
Ella, al pasar los minutos, parecía rendirse ante aquel cruel y doloroso cansancio, la fatiga de su rostro la delataba y, gritando “¡basta!”, buscaba un lugar donde reposar.
Carlos, adivinando su fatiga, se apresuraba a ofrecerle una silla. Al sentirse derrumbada, cerraba los ojos soltando cada músculo de su pequeño cuerpo; sus piernas temblaban al igual que sus manos. Apretaba sus párpados como apurando el sueño, que, al pasar los minutos, se hacía esquivo. Por largo rato sus labios no dejaban de moverse, la plegaria íntima, inventada en cada vuelta, brotaba desde lo más hondo de su ser, hasta que sin darse cuenta caía en el ansiado sueño.
Carlos miró su reloj, faltaban veinte minutos para el término de la hora de visita. Al verla dormida sobre aquella silla metálica, tan indefensa y disminuida, la tomó en sus brazos y condujo a la pieza doce, donde la esperaba una cama alta con oscuras correas que caían por los costados. Cogió la manta roja que le había regalado en la navidad última y cubrió el cuerpo de la anciana besando su frente. Aquel gesto paterno se igualaba al que ella, veinte o veinticinco años atrás, realizaba por las noches, cuando después de limpiar todo en la cocina entraba a su cuarto. Sentada a orillas de su cama, deslizando su mano tibia por su rostro pequeño, le deseaba las buenas noches.
¿Cuántos años han pasado? Ahora, ella es pequeña e indefensa.
Escrito por:
Alicia Medina Flores
Texto extraído de la revista Aguja Cultural N°1


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