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AMIGOS




Cada día su gusto por los espejos crecía. Espejos grandes, luminosos, del techo al piso. Y el reflejo de las pesas les hacía sentir que el aire era infinito. El orden de las mancuernas les daba una plácida y suave euforia y la música rítmica se sincronizaba con sus pensamientos. Las manos fuertes, con los dedos levemente doloridos, apretaban la suavidad helada de la barra.

Marchaban juntos por entre las máquinas de ejercicios, sudorosos y alegres, concentrados y ágiles.

Eran tres: Roberto, Rigoberto y Marcelo. Habían pagado la adhesión el mismo día. Cumplían los ritos de evaluación nutricional, incluyendo la medición de grasa corporal, los mismos días. Usaban toallas de microfibra, tomaban rehidratantes azules y se rehusaban a tomar quemadores de grasa. Comían jamón de pavo, atún en tarro y barras proteicas.

Eran uno: entrenaban lo mismo, ninguno se cansaba de levantar, repetir, saltar, subir, beber, seguir, secar y nuevamente levantar, repetir, saltar.

Cada uno, sin que los otros vieran, se tocaba disimuladamente los bíceps, se miraba encubiertamente al espejo para corroborar que no tenía grasa en el abdomen. Les gustaba el color de su piel bajo el brillo de las luces, la fuerza de las piernas, la potencia de los cuádriceps.

Eran amigos en el gym. Afuera no se conocían, nada sabían de sus vidas.

Ni Rigoberto ni Marcelo sabían que Roberto era médico, que cuando no estaba entrenando tenía que apretar su mano sobre el hígado de personas con abdominales blandos y piel morbosamente blanca. Que veía series los fines de semana y que no le gustaba el pescado antes de comenzar a trabajar su cuerpo. Cuando había ejercitado solo, en su gimnasio anterior, le ocurría a veces que levantaba las halteras con rabia, se cansaba esos días y se iba a la casa malhumorado. Pero ahora era distinto. No había agotamiento y cada día su cuerpo era más bello, los músculos se marcaban mejor y la piel era más delgada. Se veía tan bien la polera sin mangas ajustada al cuerpo.

Roberto y Marcelo tampoco sabían que Rigoberto no era exitoso en algo fuera del gym. No trabajaba, no estudiaba, había perdido dos carreras y lo mantenía su madre, que ganaba menos de cinco veces lo que ganaba Roberto. Era, sin embargo, el único rubio de los tres, lo que le daba ventaja, en su opinión. El único problema era que, mojado, el pelo rubio era menos sexy. Sin confesarlo, tenía un sutil desdén por los que trabajaban todo el día, habiendo pensado incluso en ir al gimnasio en las mañanas, cuando los otros dos no podían, para avanzar más rápido en su objetivo. Imaginaba, mirándose al espejo, que su piel se iba tornando más dura cada día, junto con sus músculos, y que sus articulaciones eran máquinas de torque infinito.

Marcelo era distinto en un aspecto. Era primera vez que iba al gimnasio. Antes había jugado rugby, en el colegio, pero nunca musculación. Eso lo ponía en el lugar del más débil. Tenía pareja, por quien un par de veces había dejado de ir hacer ejercicio. Era estudiante de ingeniería, por lo que en períodos de pruebas andaba trasnochado y por lo tanto se cansaba más. Era, sin embargo, el más musculoso de los tres. Al principio, antes de lograr resultados, había sentido un tibio hastío por Roberto y Rigoberto, hasta el punto de pensar en venir en otro horario, pero cuando los tres se fueron conectando, se dio cuenta de que rendía más con ellos.

Un día de diciembre, los tres, caminando con sus grandes bolsos entraron a los camarines. Se vistieron con sus ropas de marca y las zapatillas de delgados cordones. Subieron la escala con pasitos parecidos a saltos. Empezaron por la trotadora, quince minutos, 10 km/h; siguieron por los brazos, primero bíceps, tríceps, hombros. Los músculos se iban petrificando, la piel se iba solidificando. Siguieron por la espalda, que rítmicamente contraía las marcadas líneas estilizadas. Una alegría les cubría el cuerpo y secaba el sudor. Siguieron las prensas, remadoras, abdominales… después las miradas al espejo, las risas, las bromas.

Deseaban llegar más lejos, superar los límites de la dieta y el deporte. Trascender como figuras incombustibles de la forma humana. Entrenaban con fuerza, con más peso que otros días. La gente común los miraba con asombro, la música comenzó a latir a su ritmo, los espejos mostraron paisajes de máquinas a distancias enormes, las toallas no fueron necesarias, dejaron de sudar, dejaron de jadear. Fueron pasando los minutos más rápido, algo iba a ocurrir.

De repente, el aire cambió, se miraron con extrañeza y luego, con júbilo, tomaron nota de lo que había pasado, su anhelo se había hecho realidad: se habían convertido en muñecos de plástico.






Escrito por:

Naín Hormazábal Parada

Cuento del libro

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