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Capítulo 1 - A los pies de Neptuno


Capítulo 1 Santiago de Chile, año 1906

El cañonazo del medio día resonó en pleno corazón de Santiago, pero solo unas cuantas aves parecieron alarmarse ante el estruendo.

Faltaban algunos años para el centenario, pero la modernidad comenzaba a apoderarse del centro de la capital. A lo lejos, se escuchaban los bocinazos de automóviles que a esas horas se acumulaban entre carruajes, tranvías y peatones que aún no se acostumbraban del todo a aquellas carretas motorizadas. Más de alguno, dudaba en arriesgar su vida esquivando el tráfico ante la inexistencia de señales de tránsito, mientras otros esperaban sinceros a que fuese el tránsito el que los esquivara.

Lejos del estruendo, cerca de una banca frente a la Terraza Neptuno[1] en el cerro Santa Lucía, un joven observaba su reloj con molestia. Era Rodrigo Zúñiga, y de su apariencia se podía interpretar que era un don Juan. Acababa de cumplir veintisiete años, tenía dinero y estaba en edad de sentar familia; sin embargo, el día de su cumpleaños prefirió “enviar al carajo” todas sus responsabilidades y escapar de la fiesta con Antonieta Hurtado, una joven de buena familia. Estaba tan borracho que la encontró guapísima, la encandiló con las pocas palabras que conocía en francés, la convenció de ir a una habitación, introdujo las manos bajo su falda y, seis horas más tarde, escapó, excusándose de tener una importante reunión con un amigo. Con posterioridad, cuando se la encontraba en algún paseo, mostraba especial interés en mirar su reloj o cualquier aviso publicitario. Pero el asunto llegó a oídos de su padre, quien le pidió en varias ocasiones que dejara de jugar y hablara con la familia de la señorita. Rodrigo se limitaba a sonreír, dispuesto a hacer a un lado sus obligaciones e imaginar que el único motivo que lo podría convencer para casarse sería que su padre le obsequiara un automóvil como regalo de bodas. Semanas más tarde, su actitud distraída dejó de ser efectiva. Antonieta, que nada tenía de ingenua salvo falta de amor propio, optó por comprometerse con Alberto Fuenzalida, un compañero de clases de Rodrigo en la primaria. Sin embargo, despechada, decidió hacer la vida imposible a su amante, acosándolo en cuanta oportunidad tuviera presente.

Rodrigo jamás olvidaría la última vez en que habían estado juntos. Antonieta, desenfrenada, arrancó su chaqueta y le dio tan fuertes mordiscos en la camisa, que amorató su pecho. Él, al reaccionar, pisó su preciado reloj de bolsillo. El cristal se hizo trizas y aunque funcionaba, dejó de hacerlo como debía. En esos momentos las agujas, detenidas, marcaban la misma hora, de manera que, en el futuro, la única forma en que podía intuir en qué momento de la mañana estaba, era por medio de su organismo: su estómago rugía puntual a las doce para almorzar y en ese momento ni el cañonazo era competencia.

Avergonzado, pensó en sus alternativas. De buena gana habría ido al restaurant Papa Cage, pero no era capaz de asomarse por ahí pues precisamente a esa hora, muchos de sus conocidos visitaban el lugar, donde se comía mucho mejor que en el cité[2] donde llevaba más de ocho meses viviendo. Temía que si sus conocidos, Joaquín Herrera o Manuel Valdivieso, lo descubrían caminando por la calle Huérfanos, tardarían menos de lo que había demorado su padre en llamarlo siútico[3], para contarle a medio mundo, incluso a Antonieta, donde se encontraba.

Suspiró agobiado, otra vez se acomodó en la banca y desdobló el periódico que con impaciencia se encontraba “leyendo”.

El titular anunciaba: FUERTE SISMO ALERTA A LOS CAPITALINOS Sismo se suma a ola de temblores que afectan el centro del país Autoridades llaman a la calma Quitó la vista de la noticia. ¿Cuánto tiempo debería esperar? ¿Una hora, dos? Se sintió ridículo, sin ánimo de permanecer ahí durante toda la tarde. Por otro lado, tampoco tenía ganas de presentarse en la casa de los Riquelme, menos cuando ahora su padre intentaba mantenerlo por el buen camino, alejándolo de Antonieta e instándolo a cortejar a una tal María Josefina Riquelme, pariente de su reciente amigo Don Eusebio Riquelme, un caballero que, a pesar de estar algo loco por sus desventuras en el norte, alzaba sin mucha explicación su fortuna por la fiebre del salitre.

Esa era la razón —y no solo evitar a Antonieta Hurtado—, por la cual permanecía oculto a los pies del cerro Santa Lucía. Pensaba que su padre estaba loco si creía que sentando cabeza se volvería un hombre de bien, mucho menos si se trataba de cortejar a los que muchos consideraban una solterona.

No la conocía en persona, solo sabía que tenía veinticuatro años y llevaba algunas semanas en la capital. Su padre la había conocido en una de las tantas fiestas que se brindaban en el barrio Dieciocho —cerca de donde vivían sus padres y él hasta hacía poco—, de donde había logrado escapar, escondiéndose debajo de alguna escalinata mientras Antonieta se deslizaba bajo su ombligo.

En vista de su ausencia, Eusebio Riquelme terminó por presentar a la señorita María Josefina a su gran amigo, Enrique Bizancio, quien como siempre cuidaba sus espaldas.

Aún podía recordar la expresión atónita de Enrique cuando le preguntó por el aspecto de la señorita. Su comentario fue: “Rasgos peculiares y con cierta gracia… pero ¿qué más puedes esperar de una muchacha que viene a la ciudad en busca de marido?”.

—¿Luce como Antonieta? —preguntó él, conteniendo una carcajada.

Enrique negó arrugando exageradamente el entrecejo.

—De ella sí que no podrías escapar, es como si viniese del futuro.

Sintió un escalofrío. No estaba para ese tipo de mujeres, menos para ser su esposo. Estaba harto. Era un ser libre. Si estudiaba en la universidad era porque le gustaba cultivar su mente y se sentía cómodo molestando a su padre. Odiaba la idea de convertirse en un gordo inoperante que fumaba, bebía todo el día y no estaba a favor de las urgencias sociales.

Recordó con vergüenza el mes de octubre del año anterior[4]. Su padre no se cansaba de pedir para comer, vacuno todos los días de la semana; consideraba que, de lo contrario, no sería almuerzo. Para él era fácil comprar carne, pensaba Rodrigo, no le importaban los impuestos que influían en el hambre de los pobres. Ese mismo día, después de la huelga, se marchó de su casa cojeando, acusando que viviría por su cuenta y jamás recibiría comida de su otrora cocina.

A los pocos meses su padre —a modo de disculpa— terminó por pagarle el alquiler e invitarlo a comer beef-teak para la cena. Rodrigo no aceptó más que eso, había decidido aprovechar su vida de soltero y olvidar los eventos de ese día. Poseía una vida austera, pero podía llegar a la hora que quisiera, emborracharse con quien fuera y acostarse con toda buena moza que entrase a su cuarto. ¡No, no, no! Una esposa no calzaba en ese patrón. Menos una que su padre encontrara apropiada para él y de la que Enrique asegurara que jamás podría escapar, ya que provenía del futuro…. Incluso, si efectivamente fuera así.



[1] La Terraza de Neptuno es una hermosa fuente de agua que se encuentra dentro del parque Cerro Santa Lucia en Santiago de Chile. [2] Viviendas construidas en Chile entre el siglo XIX y principios del XX, como solución al problema habitacional de las nuevas clases sociales: clase obrera, jóvenes profesionales y extranjeros residían en estas viviendas. [3] Chilenismo que se usa cuando algo a alguien presume de elegante, especialmente cuando esa elegancia es de una clase social más alta que la que le corresponde. Es decir, tiene un toque despectivo que se burla de quien quiere aparentar más de lo que realmente es. Zorobabel Rodríguez, en su Diccionario de chilenismos (1875) lo asemeja al término cursi. [4] Huelga de la carne. En octubre de 1905 se subió el impuesto a la carne, permitiendo que solo los más adinerados pudieran comprarla. La convocatoria unió a la población popular, que se manifestó en La Moneda.





Escrito por: Daniela Olavarría Lepe

Capítulo 1 de la novela ganadora del primer lugar en el VII Concurso Literario Cementerio Metropolitano 2022 A los pies de Neptuno

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