El comediante
- Aguja Literaria

- hace 7 horas
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Se sube un comediante al metro. Algunos se molestan, otros se ponen los audífonos y otros simplemente lo ignoran. Inicia su rutina con el primer chiste:
—El otro día vendí mi aspiradora. Lo único que hacía era acumular polvo —contó con poco ritmo, desganado y de forma aburrida, sumado a que el chiste no era el mejor.
El siguiente fue:
—¿Qué le dice un techo a otro?... “Techo de menos”.
Todo iba en silencio, nadie reía ni hablaba mientras el vagón se movía y llegaba a estación Baquedano.
—El último chiste de la tarde… —dice tartamudeando nervioso—. Van dos ciegos y uno le dice al otro: “Ojalá lloviera”… “Ojalá yo también”.
No hubo aplausos ni sonrisas, y mucho menos una moneda. Se bajó como un completo perdedor.
A veces así es la vida: carente de ritmo, aburrida, una mala broma. Tal vez hemos sido ese hombre, bajando del tren con vergüenza… en fin, es lógico preguntarse: ¿cuánto vale el show?
Escrito por:
Fabián Aliaga
Texto extraído de la revista Aguja Cultural N°2



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A veces no hacen falta grandes tragedias para sentirse derrotado.
Basta un silencio. Un vagón lleno de personas mirando hacia otro lado. La sensación de haber intentado algo y no haber logrado conectar.
“El comediante” habla de esos pequeños fracasos cotidianos que casi nadie comenta, pero que todos hemos vivido alguna vez.
Quizás por eso incomoda tanto. Porque, en algún momento, todos hemos sido ese hombre bajándose del metro en silencio.