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ENRIQUETA Y SU RABIETA


—¡Qué día más hermoso! —dijo Enriqueta, mientras miraba hacia el patio desde la ventana del desván. Le encantaba ese viejo y espacioso lugar, no recordaba cuándo se había convertido en su sitio favorito de la casa, pero lo era. Sobre todo, el rincón donde estaba su cama.

Se arregló el cabello, se puso su chaleca favorita y salió del cuarto tarareando una alegre canción.

La casa estaba tranquila y silenciosa, así le gustaba, no soportaba las voces que hablaban fuerte, tampoco el sonido de la música estridente. Aquello la enloquecía, se veía obligada a apagar el monstruoso equipo electrónico.

Inspiró el aire a su alrededor y frunció el ceño ante el olor a limpio, poco habitual en la casa; su hogar olía a encierro, a polvo, a moho en ocasiones. Otros los consideraban malos olores, pero para Enriqueta era lo habitual; después de tantos años, hasta le gustaban. Los cambios no eran cosa buena, significan que ya no estaba sola y tranquila. Los cambios querían decir que su hermosa casa había sido invadida una vez más.

Inspiró el aire a su alrededor y arrugó la nariz. Se cruzó de brazos en medio del pasillo y empezó a golpear el pie contra el suelo, mientras se preguntaba en qué momento habían llegado los intrusos. Ella no había oído y aquello era extraño, pues siempre los escuchaba llegar y recorrer el lugar como si les perteneciera. Miró a su alrededor, vio lo limpia y brillante que se veía la puerta de su antiguo cuarto, así que caminó por fuera sin tener intención alguna de entrar. No quería ver qué horrendas cosas habían guardado en el interior. Siguió recorriendo el pasillo, aunque sin entrar en ninguno de los otros cuartos. Habían barnizado las puertas y, a pesar de que no se veían mal, las prefería como estaban antes. Las paredes estaban pintadas de un insoportable color blanco, era el color que menos le gustaba a Enriqueta.

Bajó por la escalera mirando a su alrededor y se detuvo de súbito al ver una pequeña mesa en el rellano de la escalera. Había también una alfombra y, a su juicio, ambas eran espantosas.

—¡Lo que faltaba!

Se acercó al mueble y sin dudarlo, tomó uno de los extremos y lo arrastró escaleras abajo; si se rompía, no era su problema. Estaba cansada de cambiar de lugar los muebles que los extraños llevaban a su casa, todos ponían algo en el rellano de la escalera y no entendía por qué, si el lugar se veía muy bien sin nada que opacara su belleza.

Subió la escalera y en el rellano miró con detenimiento la alfombra. No era fea, pero tampoco era tan linda como para estar ahí, así que la tomó de una punta y la arrastró hacia abajo. La dejó al lado de la mesita y se dirigió a la puerta de entrada, para salir al antejardín y deleitarse con la vista. Dio una rápida vuelta alrededor de la casa y arregló todo lo que no le gustaba como había sido ordenado. Algunos dirían que era quisquillosa, odiosa o pesada, pero no le importaba.

Volvió a entrar a la casa, donde miró la mesa y la alfombra. Subió hasta el rellano de la escalera y empezó a girar y tararear su canción favorita. Suspiró antes de mirar a su alrededor, conforme consigo misma. Luego bajó la escalera tarareando y sin dejar de pensar en cuál sería el mejor lugar para acomodar esa mesa y las otras cosas que habían llegado. Recorrió el primer piso, luego el segundo, y después empezó a reacomodar los muebles. Llegado el mediodía, la casa era otra. No dejó una sola cortina colgada, pues no le gustaban. El paisaje alrededor de la casa era demasiado hermoso como para ocultarlo con esos pedazos de género. Le gustaba que entrara luz por todos lados, y en la noche le encantaba ver las estrellas desde cualquier ventana.

Al atardecer, Enriqueta subió al desván, el día había sido agotador. Ni siquiera tenía hambre. Se dio una ducha rápida y se puso su pijama. Acostada en su pequeña cama, dio un par de vueltas antes de quedarse profundamente dormida.

Despertó sobresaltada al oír un estridente chillido, seguido por voces alteradas. Se levantó enseguida y aguardó cerca de la puerta, por si alguien subía a reclamarle. Esperó un buen rato, pero nada pasó. Sin embargo, había bulla de pasos por todos lados y las personas siguieron hablando durante un buen rato. Enriqueta suspiró con molestia, no le gustaba que interrumpieran su sueño. Pensó en salir a decirles que se callaran, pero no tenía ganas de ver a nadie; estaba muy cansada. ¿No podían estar agradecidos con ella por lo bien arreglada que dejó la casa? Negó con la cabeza y dio un fuerte pisotón, no le importaba si lo escuchaban o se molestaban, más disgustada estaba ella. Caminó inquieta de un lado a otro haciendo crujir cada tabla que pisaba. Después de un par de minutos, creyó oír los débiles pasos de alguien fuera de la puerta que daba al desván; sin embargo, nadie subió. Dio otro fuerte pisotón y los pasos se alejaron de allí con rapidez. Sonrió como si la hubieran pillado haciendo una travesura y negó con la cabeza. Miró su cama y decidió volver a acostarse; como la bulla en el primer y segundo piso no paraba, se cubrió hasta las orejas.

A la mañana siguiente se levantó llena de energía, se estiró y fue a mirar por la ventana.

—¡Otro día hermoso!

Enriqueta amaba el sol. Tal vez ese día podía dar una vuelta en el pueblo. Habían pasado varios días desde la última vez que visitara a sus amigos. No obstante, se preguntó si los intrusos se habrían marchado.

Después de contemplar un rato el paisaje fuera de la casa, escogió la ropa que se pondría. Una vez lista salió del desván, pero en la escalera vio de nuevo la mesa en el rellano. Volvió a cambiar las cosas de lugar, y lo siguió haciendo durante los días siguientes, hasta que su paciencia se agotó.

—¡Ah, no…! ¡Esto sí que no! ¡Ya es suficiente! —Furiosa, Enriqueta agitó con fuerza el pie contra el piso, les había dado demasiadas oportunidades para marcharse de su casa.

Bajó molesta al primer piso, donde vio las horribles cortinas que estaba harta de sacar todos los días. Las arrancó con rabia y las arrojó a un lado. Se dijo que ese día, los intrusos se irían de su casa.

Durante las siguientes horas, Enriqueta se dedicó a desordenar lo que encontró a su paso. No dejó un solo plato o vaso en su lugar, la ropa de las camas y los clósets quedó esparcida por el suelo, los cojines de los sillones desparramados en cualquier dirección, los muebles fuera de lugar y los libros tirados en la biblioteca. La vivienda era un desastre para el atardecer, y la frase “Fuera de mi casa” se leía nada más entrar, pues estaba escrita con un trozo de carboncillo de la chimenea sobre la pared blanca del rellano de la escalera.

Enriqueta recorrió una vez más la casa y se deleitó con el desorden a su paso. No era algo que hiciera siempre, pero en ocasiones debía mostrar a los intrusos que no mandaban en su casa, una rabieta a veces era muy necesaria.

Subió al desván tarareando su acostumbrada canción y se fue a acostar. Moría por ver la cara de ellos cuando llegaran, aunque prefería oír sus gritos y chillidos. A veces, eso era lo mejor de todo.

Sucedió tal como esperaba: hubo gritos de horror y rabia, palabras groseras refiriéndose a su servicial persona, incluso maldiciones, pero no le importaban ni afectaban; estaba muerta, ¿qué daño podían hacerle? Aquella era su casa y no permitiría que nadie se la quitara.

Después de que los intrusos recorrieran el lugar, salieron huyendo, tal como hicieron tantos otros en el pasado, aunque habían sido mucho más insistentes, debía reconocerles aquello. Enriqueta miró con deleite, a través de la ventana del desván, cómo subían a sus autos y salían de allí sin demora. Una vez que los perdió de vista, se paró en medio del desván y empezó a girar mientras cantaba a viva voz. Su canto se oía en toda la casa. El piso de madera crujía, las viejas cañerías rechinaban como si cantaran con ella, y el sonido del viento fuera de la casa era un buen acompañante para su hermosa voz. En solo unos días, su maravillosa casa volvería a ser solo para ella. Esperaba que esa vez fuera por más tiempo.

Antes los vivos tenían más respeto por los fantasmas, pero al parecer les habían perdido el miedo. Tendría que hablar con los fantasmas de las otras casas del barrio, era inconcebible que no les temieran como en el pasado. Tenían una reputación que mantener. ¿Qué dirían los fantasmas de los barrios cercanos, o de la ciudad? Pensó en la rabieta que había sufrido y en el resultado obtenido, tal vez debía hacerlo más seguido.

Se acomodó en su cama, pensando en la próxima reunión del comité de almas en pena. Sugeriría ser un poco más brusca con los nuevos inquilinos que llegaran a sus hogares, pues era inaceptable que no los respetaran como era debido. Con este pensamiento en mente, Enriqueta se arregló entre sus sábanas y rogó que no la molestaran cuando se marcharan los intrusos. Y que pasara mucho tiempo antes de que otros perturbaran su sueño.

Escrito por:

Carolina-Salgado-V.

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