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Sobre la “inutilidad” de la poesía




eshaced ese verso,

quitadle los caireles de la rima,

el metro, la cadencia

y hasta la idea misma…

Aventad las palabras…

y si después queda algo todavía,

eso

será la poesía.

León Felipe (1884-1968)


No puedo comenzar esta reflexión sin antes, con suma humildad, dar gracias: a Dios por este talento inmerecido, a mi familia por ser mi fuerza e inspiración, a Aguja Literaria por su corrección y apoyo, y a quienes que, con el tejido del tiempo y el espacio, dan vida a este libro jamás contado, pero escrito: los lectores. Para todos ellos, el mejor de los premios.

La poesía tampoco es ajena: desde la enumerada y endecasílaba “Gratitud”, de Oliverio Girondo, hasta el soneto “Gracias, Señor”, de Salvador Novo, pasando por la “Gratitude”, de Emily Dickinson, hasta finalizar con la trágica “Gracias a la vida”, de Violeta Parra.

Dicen que la poesía es “inútil”, lado oscuro no solo de quienes la critican o no la entienden, sino también de los mismos poetas, ¡malos vendedores estos últimos! Toda empresa tiene su misión, visión y valores, y saber venderse y tener buena presencia, es súper importante. A los poetas les falta orgullo, como si ser vate fuera pecado, crimen, vicio. O peor: como no se elige serlo, esa bella arte es mirada en menos.

En las biopic de científicos, deportistas, pintores y músicos, se detalla el proceso que lleva al objetivo deseado, a la consumación de la obra maestra.

En el laboratorio, Marie Curie experimenta, mediante ensayo y error, hacia su invento o descubrimiento.

En la cancha, junto a su equipo, Michael Jordan entrena con la frente en alto encestando o quitando el balón para competir y ganar.

En el caso de pintores como Vincent van Gogh y Jackson Pollock, y músicos como Mozart, nos dejamos llevar de la mano por el primer trazo en el lienzo y la primera nota en el pentagrama, concluyendo a través del tiempo con la obra lista y pulida para nuestro deleite.

Pero con los poetas, a pesar de la riqueza de las figuras literarias, resulta extraño que no las agreguen, y por eso resulta poco sensorial y fotogénico. La inspiración, patrimonio común no solo de artistas, sino también de científicos, deportistas y, por qué no, empresarios como Ray Kroc (que vio en McDonald´s, tras mucho papeleo y obstáculos, potencial y renombre, haciéndola crecer hasta convertirla en la cadena de comida rápida más famosa del mundo) y el Coronel Sanders (fundador de Kentucky Fried Chicken, quien, tras varios empleos, altibajos y a una edad tardía, creó la cadena de comida rápida mencionada), al poeta lo pilla desprevenido y, como la vida es todo o nada, a este no le queda más opción que enfrentar la página en blanco, escribir, corregir, retocar, resumir, descansar y reescribir, entre bloqueo y bloqueo, hasta el hartazgo. ¿Será debido a eso por lo que los poetas sienten vergüenza?

Siguiendo con la “inutilidad” de la poesía, me pregunto por qué era tan valorada en tiempos pretéritos, y es porque registraba los hechos históricos (epopeyas, romances, gestas), era mnemotécnica y conectaba con la realidad de las personas, pero sobre todo porque gozaba del favor de los poderosos: de ahí que existían poetas laureados (como el italiano Francesco Petrarca y los ingleses William Wordsworth y Alfred Tennyson en el pasado; y hoy también, como los estadounidenses Charles Simic y Louise Glück).

En el llamado Siglo de Oro español (1492-1681), la poesía, según su forma, tomó dos rumbos, dos opuestos complementarios e influyentes, dos rivales que hacían buen equipo: el Culteranismo de Luis de Góngora, rico en retórica. El Conceptismo de Francisco de Quevedo, rico en concisión.

El preludio de su decadencia surgió con las vanguardias del Siglo XX, desde un dadaísmo incoherente a un hermetismo frío y distante.

La “inutilidad” tomó luz verde cuando se popularizó:

Por un lado, todo el mundo tenía algo que decir, cualquiera era “poeta” sin más. No importaba ser hermético y posar, entre comillas, de “filósofo, psicólogo y sociólogo”. Importaba decir y escribirlo como fuera, grano que había que reventar, con su “teoría”, libraco entero que había que rellenar.

Por el otro, estaban los que transcribían su sentir cotidiano, sin mayor pretensión que la “terapia”, fuese libre o métrica.

En consecuencia, existen más poetas que lectores.

Como botón de muestra, tenemos el comentario del, ¡vaya ironía!, novelista guatemalteco Miguel Ángel Asturias a finales de los 60: “El siglo XX se nos llena de poetas que ya no dicen nada, salvo muy contados nombres, entre los que sobresalen el del inmortal Rubén Darío y Juan Ramón Molina. Los poetas se evaden de la realidad (…) en mucho de ellos nada hay vivo en su obra que se va tornando habladuría. Ignoran la clara lección de los rapsodas indígenas (…) sin sangre de la poesía de otras latitudes, y ridiculizan a los que cantaron nuestra gesta libertadora, considerándolos encandilados por un patriotismo local”.

Desde las últimas décadas del siglo pasado hasta las primeras del XXI, la poesía experimentó una debacle que se transformó en vicioso bucle: bajas ventas, críticas enconadas a su utilidad, poetastros que nada aportaban sino figuras y lugares comunes más un lenguaje ajeno al elitismo y a la vez a la popularidad; lenguaje que pecaba de oscuro y a la vez de cándido. Este arte, del que el romanticismo y el modernismo hacían gala, hoy es visto solo para entendidos, teniendo como efecto que siga sin salir de los círculos cerrados en que se elabora.

Ejemplos de poesía actual en ese sentido, lo tenemos en el chileno Pablo de Rokha y en la argentina Alejandra Pizarnik.

De Rokha peca de oscuro y verborreico: oscuro por sus contradictorias figuras literarias (metáforas, repeticiones), verborreico por decir poco en “versos” que ni llegan a ser prosa poética. El Amigo piedra brilla con calidad en sus sonetos (“Genio y Figura”) y poemas breves (“Círculo”, “Epitalamio”), o espigando bien en su “Epopeya de las comidas y bebidas de Chile”. Pretencioso y adjetivador, con razón la crítica lo destrozó y el público lector le dio la espalda.

Pizarnik peca de oscura, azarosa, purulenta, simplona, del montón, y da la sensación de que sus versos fueron escritos y dejados al azar. Poemas como “Amantes”, “La carencia”, “Vagar en lo opaco” y “Yo soy...” brillan por su calidad diciendo mucho en pocas palabras. El resto pasa sin pena ni gloria. Mejor son sus diarios y correspondencias.

Por eso la poesía es inútil y no vende. Por eso su publicación queda reservada casi siempre a familiares, amigos, colegas y conocidos. Por eso no causa la curiosidad y contemplación de antaño. Por eso no se lee tanto ni trasciende más allá.

Esta “inutilidad” también radica en nuestra relación con la poesía siendo niños: se enseña poco leerla, disfrutarla y comprenderla: captar el ritmo de los versos, darle la entonación adecuada, comprender la coherencia y contexto de las figuras literarias. En la universidad se abusa de mucha Historia y teoría, se es permisivo con poca práctica. Cualquiera pensaría que quienes se dedican a la enseñanza y crítica literaria son malos poetas, “que sienten escasamente la poesía”, parafraseando a Jorge Luis Borges. ¡Craso error! La poesía ha ido de la mano con eminentes críticos literarios y ensayistas como:

Edgar Allan Poe, que consideró la poesía “máxima expresión de la literatura”.

Charles Baudelaire: “Aquellos que se entregan o se han entregado con éxito a la poesía, les recomiendo que nunca la abandonen. La poesía es una de las artes que más rinden (…) inversión donde se alcanzan tarde los intereses que, en cambio, son enormes”.

Gustavo Adolfo Bécquer, que, en sus Cartas literarias a una mujer, diferencia la poesía del hombre, “que reside en su alma (…) y para revelarla necesita darle una forma. Por eso la escribe”; de la poesía de la mujer (“Poesía eres tú”), que “(…) está como encarnada en su ser; su aspiración, sus presentimientos, sus pasiones y su destino son poesía (…), el verbo poético hecho carne”.

Ezra Pound, para quien un poema está compuesto por “melopeia” (métrica, ritmo y rima), “logopeia” (la palabra en sí, su mensaje) y “fanopeia” (figuras literarias, sobre todo las imágenes).

Vicente Aleixandre, que divide a los poetas en “poetas de minorías” cuando su objeto lírico es cotidiano y efímero (animales, objetos inanimados), y “Poetas radicales” cuando su objeto lírico es lo permanente en el ser humano: el amor, la muerte. Creo ser un poco de ambos.

León Felipe, cuya arte poética “Deshaced ese verso...”, entre líneas no condena la métrica y la rima, pues la misma es endecasílaba, heptasílaba y asonante, sino que se relativice su forma. Respecto al contenido, no lo condena, aunque haya que prescindir de la idea misma; por el contrario, cualquier idea, cual laconismo espartano, libre de sofismas retóricos, es lo esencial de la poesía.

Todos ellos aprendieron de, y se vieron influenciados por, otros poetas, en persona y en libros.

Y nosotros también, al participar en un taller de literatura creativa, cuando nuestro trabajo es corregido por una editorial, leemos un poemario o recurrimos a una teoría, manifiesto o Arte Poética. Ningún ser humano es autodidacta en el sentido incorrecto de la palabra.

De Manuel Bandeira elegí, no el lirismo comedido, sino el lirismo de los locos.

De Pablo Neruda aprendí que un poema es un golpe de objetos, un movimiento sin tregua, un nombre confuso.

José Asunción Silva me enseñó que el verso es vaso santo en cuyo fondo basta una sola gota.

Vicente Huidobro me aconsejó que cuidara mi palabra. Que el adjetivo, cuando no da vida, mata.

Jorge Luis Borges me mostró que la poesía debe ser espejo que revele nuestra propia cara; Ítaca de verde eternidad, no de prodigios.

Gabriela Mistral me abrió los ojos revelándome que de toda creación poética saldré con vergüenza, por ser inferior a mi sueño, sombra de Dios que es la belleza, sueño maravilloso de Dios que es la naturaleza.

Poemarios fundamentales que siempre han estado conmigo:

Las Flores del Mal, del poeta y crítico literario francés Charles Baudelaire. Publicado en 1857, es el inicio de la poesía contemporánea en lo que a temática se refiere. En menor medida, la diversidad de tópicos y sujetos líricos tenía lugar en el Siglo de Oro español; pero antes, en paralelo, prevalecía lo heroico, noble y sublime, lo histórico, religioso y mitológico.

En Las Flores, en cambio, dominan el romanticismo por su sensualidad y satanismo, y el simbolismo por sus imágenes y metáforas:

“Las letanías a Satán” son un ejemplo: Satanás es el símbolo de la liberación y los marginados.

“La invitación al viaje”, imagen de lujo y delicia, de salir de la zona de confort.

“Soneto XLII”. La última estrofa resume su arte poético de manera pura.

Hojas de hierba, del poeta y ensayista estadounidense Walt Whitman. Publicado en 1855, es el poemario del verso libre por antonomasia. En el poemario anterior abundaban los sonetos. En esta Hojas, en cambio, el verso libre carcome y se impone sobre cualquier forma. Su estilo es rico en anáforas e imágenes que emocionan. Exalta el patriotismo, la naturaleza y el Yo.

“Pioneros, ¡oh pioneros!”, “Canto a mí mismo” y “Capitán, ¡oh! Capitán” son ejemplos de ello.

Canto General, del poeta y político chileno Pablo Neruda. Publicado en 1950, Canto General es la epopeya de un continente, cosmogonía y antropogonía del Nuevo Mundo desde sus inicios hasta la actualidad del vate.

“Alturas de Machu Picchu”, “La tierra se llama Juan”, “Que cante el leñador”, son ejemplos de gran poesía histórica y social.

Desde ahí, y debo reconocer que me falta mucho, decidí crear poemas distintos a cualquiera que alguien hubiera leído, recitado, escrito.

Importante reconocer cómo las figuras literarias, tan presentes en el género lírico, influyen en la creación novelística, dándole belleza y textura, tanto elástica como pedregosa.

Ya lo afirmó el poeta colombiano Jaime Jaramillo Escobar en su ensayo “Método fácil y rápido para ser poeta”: “Algunos prosistas se apartan bruscamente de la poesía. Consiguen una prosa áspera, mecánica, sin gracia. No hay buena prosa sin el auxilio de la poesía. Es más: la mayor parte de la peor “poesía” que se ha escrito está en verso. Acostumbrémonos a dar el título de poeta a escritores en cuya prosa la poesía se manifiesta con la intensidad y el esplendor de un García Márquez, por ejemplo”.

Extraigo lo que Gabriel García Márquez dijo en su discurso del Premio Nobel de Literatura 1982 sobre una poesía intemporal y alucinada, que sostiene toda la fábrica densa y colosal de una Edad: “En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte”.

Desde la década del 2010, gracias a la globalización y las redes sociales, el género lírico ha renacido y se ha transformado en novedad, más que fenómeno, gracias a la poesía juvenil o Millennial. Su representante principal de habla inglesa es la ilustradora canadiense de origen indio Rupi Kaur. Su representante de habla hispana es el cantautor español de ascendencia palestina Marwan. Ambos escriben al corazón de los adolescentes y adultos jóvenes. Rupi Kaur recurre al feminismo. Marwan toca temas sociales. Ambos tratan del amor. Marwan recurre a Youtube, Rupi Kaur a Instagram. Su diálogo es universal, no insular ni peninsular (parafraseando a Octavio Paz), menos se miran el ombligo. Y aunque pequen de candidez y pobreza literaria según sus críticos, y en eso estoy de acuerdo más con la primera (por sus lugares comunes) que con el segundo, saben venderse y orgullo no les falta. Su poesía es lírica. Rupi Kaur recurre a la reflexión. Marwan a la descripción. Otros ejemplos actuales son el rapero Nach, la traductora Elvira Sastre, la licenciada en letras Amanda Lovelace y la socióloga Amanda Gorman. De España los dos primeros, de Estados Unidos las dos últimas.

Así como la psicología se separó de la filosofía, la música se separó de la poesía.

Pocos son quienes han osado reunir estas dos últimas artes.

En Estados Unidos tenemos a Bob Dylan y Nicole Blackman.

El primero es amigo del folk y la canción protesta. Nos enseña que la respuesta está en el viento (Blowin’ in the Wind), que los tiempos están cambiando (The Times They Are a-Changin).

La segunda es amiga del spoken Word y el feminismo. Nos enseña y critica que las ambiciones son despertar, respirar, seguir respirando (The ambitions are wake up, breathe, keep breathing), que secretamente es morir por dentro (Metal eye), que esto tomará una hora o dos (Drown).

En Chile tenemos a Violeta Parra y Víctor Jara, reconocidos folkloristas y cantautores que usaron la palabra popular y la música del campo y los pueblos como instrumentos de belleza y armas de lucha.

En otras latitudes tenemos al argentino Atahualpa Yupanqui, al canadiense Leonard Cohen, al francés George Brassens y al italiano Francesco Benozzo.

Un fenómeno que lleva muchos años, pero a la vez tan actual, es la poesía coloquial. En México tenemos a Jaime Sabines, en Uruguay a Mario Benedetti, en Chile Nicanor Parra. Su poesía, que podríamos considerar abuela de la poesía juvenil actual, es dueña de un lenguaje llano, pero popular. Su temática es libre, sus objetos líricos son el día a día; da lo mismo si es libre o métrica.

Desde hace poco tiempo la ciencia, cuya relación con la madre de la literatura todavía está en pañales, la está defendiendo: la neurología nos ha dado interesantes pistas que nos ayudan a identificar un buen poema cuando se lee y escucha.

Un buen poema desencadena áreas cerebrales relacionadas con la recompensa. Elementos claves como la rima y la métrica en los poemas estructurados (sonetos, décimas, romances), y ciertas figuras literarias como el oxímoron, el pleonasmo, la comparación inversa, la paradoja, la sinestesia y las metáforas inusuales, desencadenan emociones que ponen la piel de gallina, generando placer, no inmediato, sino in crescendo. Un buen poema estimula la memoria y la empatía; le da trabajo, a la vez que recompensa positivamente, al cerebro.

A modo de conclusión, cito parte del excelente artículo “Dejemos de decir que la poesía es inútil” del poeta estadounidense, de origen mexicano, Manuel Iris:

Estoy cansado de escuchar poetas decir que la poesía no puede detener un tanque de guerra, que no puede quitar el hambre, que no puede solucionar los problemas del mundo. Estoy cansado de escucharlos decir que lo que hacen es inútil (¿por qué siguen escribiendo, entonces?). Estoy cansado, sobre todo, de que se le pida a la poesía resolver problemas que no causó (…), no es culpa del poema no poder sanar el hambre que el egoísmo ha causado, ni la pobreza que la corrupción expande. No es culpa de la poesía la miseria humana y, sin embargo, nos ayuda a explorarla y articular el horror. La belleza del poema puede ser espeluznante porque proviene de todo lo que somos.

Gracias a la poesía alguien puede decir su tristeza, su hambre, su soledad (…).

Yo leo y escribo poesía porque lo disfruto y porque es útil para mí: porque me ayuda a entender y a articular mis dudas, porque me lleva al silencio (…), al igual que la aritmética para contar mis monedas (…).

Un poema de amor en medio del desastre no es una negación del desastre, sino una afirmación del amor, y es por ello necesario. Todo poema, y el acto mismo de escribirlo, son actos políticos (…).


Gracias





Escrito por:

Francisco-Valenzuela

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