Tictac: La marcha de la vida
- Aguja Literaria

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La vida tiene pendientes y valles, idas y vueltas. A veces presenta personas buenas, amables, sinceras. Otras, en cambio, se parece a una puerta que se abre sin aviso: alguien que se fue sin despedirse y vuelve cuarenta años después con una explicación vacía y una demanda de divorcio en la mano.
Cuando María lo vio detenido en la entrada, la bruma y la falta de luz lo desdibujaban. Era una figura a medio borrar, un hombre hecho de sombra y desgaste. Pero lo reconoció igual. No por la cara —que el tiempo siempre se cobra—, sino por el modo en que estaba ahí: quieto, pesado, cerrando el aire. En ese instante comprendió que venía a intentar cerrar un círculo.
Recordó el comienzo de la espera: no una espera romántica, sino una vigilancia. Desde que él se fue, el tiempo dejó de ser un río y se volvió una máquina. María empezó a medirlo con una compulsión enfermiza, como si contando segundos pudiera impedir que los años se acumularan. Se decía: “Volverá en cualquier momento”. Y lo decía con una fe vacua e insensata.
Los momentos se apilaron. Los segundos parieron segundos y así fabricaron una eternidad sin contenido. El reloj, indiferente, seguía trabajando. Y ella, dentro de esa dinámica, sobrevivía como podía en un lugar sin horizonte.
El tictac no era sonido propiamente tal: era un mandato.
A veces intentaba rebelarse. Pero entonces miraba a su nieta y el mundo se reordenaba con una lógica más cruel y clara: había una misión superior. Darle a esa niña una vida amplia. Reparar en ella lo que la vida le había quitado a María. Evitar que, en el futuro, alguien pudiera avasallarla con la misma facilidad con que se cierra una puerta.
María fue una mujer dedicada, cariñosa, obstinada. Sin embargo, incluso sus gestos más nobles estaban condicionados por ese cronómetro interior: un tictac que le dictaba paciencia y rabia, ternura y cansancio. Un mecanismo del que no podía huir.
Algún día Juan regresaría. Lo sabía, no por amor, sino por lógica: todos los relojes llegan a un cero. Solo ignoraba el período exacto de esa cuenta regresiva.
Mientras tanto, en Brasil, Juan amasó una fortuna. El tiempo allá le fue útil: le sirvió para acumular, para endurecerse, para olvidar sin culpa. Y cuando el cuerpo empezó a pasarle la cuenta —cuando la vejez se le instaló en los huesos—, decidió volver a su país natal. No regresó para recomponer nada. Regresó con candados.
Su intención era pedirle el divorcio a María.
Llegó al pueblo y se hospedó en un hotel fastuoso, elegido con precisión, como si la opulencia pudiera justificar la distancia. Como si el lujo fuera una coartada.
Pero el tiempo —que a veces corrige con ironía— no le permitió completar la jugada. Antes de ejecutar sus planes, murió en su habitación, solo, sin poder pedir ayuda. Tal vez, en el último tramo, palpó la podredumbre de su existencia. Tal vez sintió culpa. Pero si la culpa llegó, debió ser breve: una sombra que pasa por la mente de alguien acostumbrado a vivir sin escrúpulos.
Su reloj íntimo ya estaba marcado. Todo lo que pudo hacer fue evocar recuerdos sueltos, imágenes sin orden: un camino, una risa, una cara joven. El tiempo lo consumió con paciencia perfecta.
Cuando María supo de la muerte, no sintió una sola cosa. Sintió varias a la vez, como si el corazón fuera una habitación donde entran, sin permiso, voces contradictorias. Extrañeza. Alivio. Una amargura antigua que todavía sabía morder.
La libertad, ganada a golpes, la había vuelto valiente. La independencia le dio una espalda firme, una voz segura.
A veces miraba a Armanda y deseaba que la niña hiciera lo que ella no pudo: vivir sin ese tictac clavado bajo la piel.
Armanda conocía sus secretos desvelos y ese apego insobornable a principios que María jamás abandonó. Y entonces María imaginaba que otro reloj se ponía en marcha: uno distinto. No el de la espera, sino el de la esperanza.
Esa noche lloró. No por Juan, sino por lo que pudo haber sido. Lloró por las decisiones que habría tomado si no hubiese vivido bajo el dominio de ese tictac abrumador e insidioso.
Pero no había vuelta atrás. Ya nada podía cambiar. El tiempo parecía hacerse más lento y el mundo más difuso, como si las formas fueran frágiles, aparentes, hechas de humo frente a sus ojos. Y el reloj, por fin, esa noche dejó de funcionar emitiendo un último tictac.
Escrito por:
Edgar Brizuela
Texto extraído de la revista Aguja Cultural N°2



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