Ritual
- Aguja Literaria

- hace 18 horas
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La gárgola venía todas las tardes a las seis a acompañarme. Tomábamos un par de cervezas o una botella de pisco. Cuando me emborrachaba —y no sé por qué, pero la gárgola apenas se mareaba—, me fruncía el ceño con cierta pesadumbre. Solía abrazarla y contarle mis más grandes penas. Cuando yo vomitaba, la gárgola daba una sonrisa triste.
—Gárgola, eres la mejor amiga que…
Pero siempre que le iba a demostrar mi cariño fraternal, ella volaba, o quizás huía, por mi ventana abierta. Su hora de retirada era a las doce de la noche.
A veces me la topaba en la calle, en el trabajo o mientras veía una película. Siempre a las seis. Y como era costumbre, yo llevaba en un bolso el bebestible de nuestro ritual. La gárgola estaba acostumbrada a verme llorar, a oír mis quejas acerca de lo detestable del mundo, y cómo la angustia punzante día a día roía las pocas esperanzas que me quedaban. Entonces, me sonreía, me miraba con preocupación o me reprendía con algún gesto; pero eso bastaba y sobraba para que me sintiera fortalecido en algo.
Sucedió que, sin quererlo, mi suerte cambió. Un día, yo estaba en el trabajo terminando de ordenar lo que mi jefe me había mandado, cuando vi a Patricia. Lo supe de inmediato: esa chica nueva cambiaría todo. Le hablé y congeniamos al punto. Desde ahí, nuestra relación se fue forjando hasta formar algo más estable.
Un día, llegué a mi hogar faltando algunos minutos para la hora. Estaba dichoso, demasiado alegre. Cuando dieron las seis en punto, la gárgola no apareció. La esperé día tras día… pero nada.
Pasó que una noche, durmiendo con Patricia, sentí un ruido extraño en mi ventana abierta. Me levanté a mirar qué sucedía: era el viento que se entretenía golpeando el vidrio. Luego, observé el reloj; comprendí que algo de mí se diluía de manera ineludible. Eran más de las doce de la noche.
Escrito por:
Rodrigo Torres Quezada
Texto extraído de la revista Aguja Cultural N°2



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