El poder de la escritura
La escritura ha permitido transmitir conocimientos, ideas y expresiones artísticas a través de los siglos. Pero ¿qué ocurre con aquello que nunca llegó a registrarse?
En El poder de la escritura, Cristián Gaete Silva reflexiona sobre el papel de la escritura en la historia y nos invita a mirar la música desde una perspectiva diferente.

El poder de la escritura
La escritura hace posible la historia, y en la música no ha sido distinto. La historia da poder; la escritura ha dado poder. A diferencia de nuestros días —donde la representación del lenguaje mediante letras es una capacidad democratizada—, en la Edad Media solo unos cuantos escribían y leían, en un círculo que se reducía principalmente a nobles y monjes, justo aquellos que tenían el poder político y religioso. El resto, la gran mayoría de la población, era analfabeta.
El hecho de que la monodia cristiana —después llamada canto gregoriano— se haya preservado mediante la escritura hasta nuestros días, en desmedro de otras músicas de la misma época, creo que poco tiene que ver con que fuera música de una estética superior o algo parecido. Las razones parecen ser más bien políticas y militares —y, por supuesto, religiosas— que estrictamente artísticas. Esto sugiere que el desarrollo de la historia de la música habría tomado caminos difíciles de imaginar si los escenarios políticos hubieran sido otros. ¿Qué hubiera pasado si el vasto Imperio mongol se hubiese adueñado de los territorios de las actuales Italia, Francia y Alemania, en lugar de que el Sacro Imperio Romano Germánico impusiera su poder —y su música— en Occidente? ¿Qué escucharíamos hoy en las radios o en el streaming? El impacto de los procesos políticos —como los Estados que formamos— en la determinación de la cultura muchas veces pasa desapercibido. La música no parece evolucionar de manera “natural”.
En el siglo VIII, el papa Esteban II emprendió un largo viaje para visitar a Pipino el Breve, por entonces rey de los francos, con el fin de suplicarle ayuda militar contra los lombardos, que amenazaban Roma. Pipino accedió y, secundado por el poder divino de Roma, invadió Italia. Además de defender Roma, recuperó Rávena y otros territorios que habían sido arrebatados por los lombardos al Imperio bizantino. A pesar de los reclamos del emperador de Bizancio, Pipino obsequió estas tierras al papa, que se transformaron en los Estados Pontificios: un territorio independiente, con el papa como gobernante, que perduró hasta la unificación de Italia en el siglo XIX. De esta manera, Esteban II declaró a Pipino y a sus herederos “patricios honorarios”; miembros de la nobleza romana. Así se inauguraba la dinastía carolingia y se sentaban las bases para el futuro Sacro Imperio Romano Germánico. El Estado de la Ciudad del Vaticano, que perdura hasta nuestros días, puede entenderse como un remanente de estos antiguos conflictos y acuerdos políticos y militares.
Una generación más tarde, Carlomagno, hijo de Pipino, defendió Roma de una nueva invasión lombarda. Los venció y, esta vez, extendió el ataque hasta la propia Lombardía, logrando incorporar su reino al de los francos. En una última intervención, Carlomagno entró en Roma y fue coronado emperador del reconstituido Imperio Romano de Occidente por el entonces papa —y luego santo de la Iglesia católica— León III.
Después de esta sangrienta era de batallas, la alianza entre Carlomagno y el papa de turno alcanzó un periodo de paz. En este tiempo renacieron, entre otras cosas, las artes. Diferentes manifestaciones artísticas fueron exportadas al norte desde Roma, además de un montón de prácticas administrativas y religiosas que se fueron estandarizando. Con amplios territorios y distintas lenguas, la nueva autoridad espiritual del papa romano necesitaba con urgencia unificar el rito religioso. Para reemplazar las costumbres paganas por las de la Iglesia, no solo era urgente imponer nuevos cantos y ritos, sino también prohibir otros.
Entonces intentaron una solución: divulgar la liturgia romana y, con ella, el canto que posteriormente sería conocido como “gregoriano”, para centralizar la autoridad política y eclesiástica del imperio. Pero ¿cómo? Los escritos de la liturgia romana eran fáciles de importar mediante libros, a diferencia de la música, que no contaba con este dispositivo tecnológico; la única manera de propagarla era traer cantores que enseñaran las melodías por imitación desde Roma. Como se podría sospechar, el sistema fracasó por su lentitud. Unos culpaban a la supuesta barbarie de los francos y su incapacidad de aprendizaje; los otros, a la soberbia y el orgullo de los romanos al enseñar. Lo cierto es que el imperio demandaba una solución, un mecanismo de poder que, aunque tardó, finalmente llegó.
La escritura musical, desarrollada y sistematizada durante la Edad Media —con un papel fundamental del monje benedictino Guido d’Arezzo en el siglo XI—, fue una de las grandes responsables de que la música cantada en los templos cristianos comenzara un camino de larga transformación hasta el día de hoy. Como el poder político y espiritual lo ejercía la Iglesia, esta determinaba qué era correcto y establecía las reglas por las que había que regirse. En consecuencia, poseía el poder de la educación y de su reproducción cultural. A partir de este dominio, la evolución del arte musical europeo, al menos hasta el Renacimiento, estuvo en manos de la curia, y se enseñaba en los monasterios utilizando y desarrollando la nueva herramienta de la escritura.
Parece entonces que la principal razón de que la música con raíces en el canto gregoriano —de la que se desprende el sistema musical de casi todo lo que hoy escuchamos en nuestra música popular— haya predominado y evolucionado como lo hizo se debe a hechos políticos más que estéticos. Estos hechos nos condicionan culturalmente a tal grado que muchas veces se nos dificulta apreciar expresiones musicales que se escapan de nuestra tradición. Y uno de los principales responsables de esto parece haber sido el poder de la escritura. En una época de analfabetismo colectivo, la superioridad intelectual que entregaba esta herramienta era imbatible.
Por Cristián Gaete Silva
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Este artículo forma parte de la tercera edición de Aguja Cultural, una publicación dedicada a reunir literatura, entrevistas, ensayos, relatos y otras expresiones culturales.
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