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Dedo de la suerte

Un curioso cuento de la legendaria ciudad de Punta Arenas

Publicado originalmente en la tercera edición de Aguja Cultural, te invitamos a leer este cuento de Emilio Mellado Cáceres.


Ilustración de una niña sentada contemplando un paisaje luminoso que evoca la imaginación y la reflexión.

Dedo de la suerte


Un turista paseaba por la plaza de Punta Arenas durante una tarde de otoño. Los árboles que había a su alrededor apuntaban sus ramas desprovistas de follaje hacia un cielo cubierto de nubes. El hombre continuó su tranquila caminata hasta llegar al centro de la plaza, donde vio un inmenso monumento que atrajo su atención. Sobre un enorme bloque de piedra, se ubicaba la garbosa figura de Hernando de Magallanes. Erguido y elegante, lucía un sable de hoja delgada y descansaba un pie sobre un pequeño cañón. El monolito tenía cuatro caras, pero la que al turista le pareció más curiosa fue la que estaba hacia la izquierda de Magallanes, donde yacía sentada la escultura de un indígena patagón, de marcada musculatura y rostro serio. Se exhibía sosteniendo un arma con las manos y las piernas entrecruzadas.

El turista subió los tres peldaños que componían la base del monumento, quedando a la altura del pie derecho del patagón. Se percató de que el bronce bruñido de la extremidad fulguraba con un color metálico, y llegó a hipotetizar la idea de que aquel pie debía ser tocado con frecuencia.

Retrocedió sobre sus pasos y se sentó en una banca, que otorgaba una vista panorámica del lustroso pie. El turista, meditabundo, no podía quitarle los ojos de encima.

Pasados unos minutos, vio que una pareja se acercaba al monumento para ponerse luego de puntillas y besar la extremidad del patagón. El turista hizo una mueca de asco al contemplar la escena. A los pocos segundos, otro joven caminó hasta el monolito e hizo lo mismo. Más tarde, un grupo de muchachas repitió la acción, y así, una veintena de personas emuló ese acto como si se tratara de una actividad de lo más natural.

Al hombre le comió la curiosidad por averiguar la razón de los besos, no obstante, le daba vergüenza preguntar. No quería aparentar ignorancia frente a las costumbres australes, así que se metió las manos en los bolsillos y continuó vigilando a la gente que posaba sus labios en el metal.

El turista observaba con tanta concentración que no se percató de la anciana que se había sentado a su lado. La mujer, que tenía la cara arrugada como un huesillo y olía a jabón en barra, traía puesto un sombrero y un viejo abrigo de color verde. Saludó al turista, quien inclinó su cabeza en señal de respeto y se movió rápidamente hacia el lado contrario de la banca. Restándole importancia a la actitud del hombre, la anciana se quitó el sombrero y lo dejó a un costado.

—Hay algo que ronda en su cabeza —dijo la mujer rompiendo el silencio entre ambos.

—¿Disculpe? —preguntó el turista sin apartar la mirada del monumento.

—Le digo que hay algo en su cabeza que lo inquieta —indicó la anciana alzando la voz.

El turista se estaba poniendo incómodo. No acostumbraba a charlar con desconocidos. Desconfiaba de la gente que se mostraba dicharachera y amable. Le embargó un repentino deseo por ponerse de pie y ubicarse en otra banca, sin embargo, tampoco quería mostrarse descortés y mal educado, por lo que reconsideró su idea. Se mordió el interior de las mejillas e intentó ser condescendiente.

—No es nada importante. En pocas palabras, diría que es una nimiedad.

—No soy capaz de leer la mente de las personas, pero apostaría a que se trata del monumento. Lo ha estado mirando harto rato porque tiene una duda sobre él.

—Precisamente —concedió el turista—. Me parece extraño que todos los que pasan frente a la escultura del indígena besen su pie.

La mujer sacó de su abrigo una bolsa plástica llena de pasas rubias. La abrió y se echó unas cuantas en la boca. Masticó con sosiego y extendió su mano hacia el hombre ofreciéndole un poco de aquel meloso alimento. El turista rechazó la oferta. No tenía intenciones de meter sus dedos en una bolsa con uvas deshidratadas que cargaba una extraña.

—El rito del beso es una costumbre bastante arraigada en la zona —dijo la anciana con la boca llena—. Guarda sus orígenes en una bella historia.

—A todas luces, se ve que es una costumbre antihigiénica —aseveró el turista frunciendo la nariz.

La mujer pareció no captar el mensaje del hombre, de modo que siguió masticando su aperitivo.

—Si no anda apurado y tiene algo de tiempo, puedo contársela —propuso la anciana.

El turista miró su reloj de bolsillo, esperando que la mujer entendiera la indirecta. No estaba con ganas de escuchar cuentos infantiles.

—Solo estoy de paso por la región, así que no tengo mucho…

—Le aseguro que no le tomará más de algunos minutos —interrumpió la mujer—. Créame, valdrá la pena.

El hombre rezongó en silencio. La anciana, con actitud desenfadada, le ofreció sus pasas por segunda vez, y él, con un suave movimiento de manos, volvió a rechazarlas. La mujer dejó el aperitivo a medio comer en el interior de su sombrero, se subió el cuello del abrigo y frotó sus manos para entrar en calor. Comenzó su historia con voz dulce, tal como si estuviera hablándole a un niño.

—Varias décadas atrás, en el mismo lugar que estamos sentados, un marinero español pasaba las penas mirando el monolito de Magallanes y el patagón. Tenía los ojos inflados de tanto llorar, debido a que su chica lo había dejado por un lugareño con mejor posición económica. El marinero estaba deshecho, no concebía una vida sin su amada. Sentía que su cuerpo y cabeza funcionaban por separado. Mientras sus pensamientos divagaban entre memorias de un amor que jamás volvería, compró una botella de licor y la bebió en la plaza con el propósito de arrancar de cuajo ese doloroso momento de su mente. Las horas pasaron y el embotamiento del alcohol hizo de las suyas. El muchacho notó que la pena se disipaba a medida que descendía el contenido de la botella. Suspiró en medio de hipos y concentró su mirada en la figura del hombre patagón. Él sabía que los españoles y los indígenas chilenos habían sido enemigos durante muchísimas generaciones, pero la imagen del musculoso guerrero lo inspiró en extremo. Sus abultados músculos y la expresión juiciosa de su rostro daban cuenta de un sujeto poderoso y seguro de sí mismo. Tenía la apariencia de alguien que no sufría por nada ni nadie, mucho menos por una traicionera mujer.

—Parece que el alcohol sacó a flote el lado filosófico del marinero —dijo el hombre con sarcasmo.

—El muchacho se puso de pie y caminó a trompicones con una idea en mente: tatuarse en el pecho la imagen del patagón —añadió la anciana obviando las palabras del turista—. Deambuló por todos los rincones de Punta Arenas buscando a alguien que pudiera satisfacer su inesperado anhelo. A la mañana siguiente, se despertó con un terrible dolor de cabeza bajo la estatua de Magallanes. El mundo le daba vueltas y el pecho le ardía como si lo hubieran atizado. Con la boca seca y avinagrada, se sostuvo con torpeza en el pie del indígena y se desabotonó la camisa. Miró hacia abajo con los ojos entornados y advirtió que en su pecho estaba tatuada una imagen particularmente familiar.

—Vaya noche de desenfreno la que vivió el marinero —indicó el turista—. Tendría que haber estado bien borracho para hacer semejante barbaridad.

—¿Acaso usted no ha hecho alguna locura por despecho?

—¡Jamás! El aplomo y la razón siempre deben anteponerse a las emociones.

—No todos pueden ser tan juiciosos como usted. Algunos se dejan llevar por la pasión del momento.

—Por eso no confío en las personas. Nunca se sabe lo que harán a la menor oportunidad. Es mejor ser precavido y evitar posibles lamentaciones. Nada bueno puede resultar de una pasión enajenada, sobre todo si se le suma un impulsivo sentido común.

La anciana volvió a tomar su bolsa con pasas. Empinó un codo y dejó que las últimas unidades se deslizaran hasta su boca.

—Si usted lo dice —convino la mujer—. La cuestión es que el marinero regresó a la posada donde rentaba una habitación. Estando allí, tomó una ducha y se miró en el espejo del baño. Su pecho estaba colorado, al igual que un copihue maduro, y la tinta inyectada en su piel formaba un pequeño relieve por la hinchazón. Pese a ello, el tatuaje del patagón estaba realizado con tal maestría que parecía cobrar vida cada vez que el muchacho se movía. Observó con admiración y sin arrepentimiento la imagen en su cuerpo. Hizo que el guerrero se meneara con soltura sin perder la dureza de su expresión, aunque lo más curioso fue el movimiento ondulante del dedo gordo de su pie. Días más tarde, y con la cabeza más fría, resolvió embarcarse en una nueva aventura. Ya no tenía ataduras que lo retuvieran en Punta Arenas. Con aires renovados, caminó hasta la plaza y miró al poderoso patagón. Se golpeó el pecho con un puño y le habló con el pensamiento. Le pidió suerte para sus futuras empresas y mucho valor para enfrentarlas con éxito. Quería ser fuerte y determinado como él. Levantó la cabeza y creyó ver que la figura de bronce le guiñaba un ojo. Con los vellos de la nuca erizados, se inclinó y besó el pulgar del pie que colgaba. Pasados unos meses, el marinero regresó a Punta Arenas y adornó el monumento con flores y ofrendas. El patagón lo había acompañado con abundancia y prosperidad. El muchacho se sintió eternamente agradecido con la escultura de un hombre que jamás conoció, pero que, sin lugar a dudas, se había convertido en una luz de esperanza cuando todo parecía ir en contra.

—Y colorín colorado, este cuento se ha acabado —indicó el turista—. Supongo que a los niños les debe encantar esta historia de fantasía.

—A los niños les fascina, mas debo aclarar que lo que escuchó no es, ni por asomo, una historia de fantasía —manifestó la anciana, levantándose de la banca—. Hay ocasiones en que las historias más increíbles son las que más se acercan a la realidad.

—¡Claro! ¡Qué palabras tan sabias! —ironizó el hombre con aire indiferente.

La mujer se acomodó el abrigo y se despidió del turista. Se colocó su sombrero y comenzó a andar con pasos cortos. Por su parte, el hombre esperó a que la anciana se perdiera en la lejanía. Se puso de pie y caminó hasta el monumento. Miró hacia la izquierda y hacia la derecha, como si estuviera siendo perseguido por alguien. Cerró los ojos, frunció los labios y besó el pie del indígena sintiendo el bronce helado contra su piel. Con el corazón martillándole en el pecho, le dio un último vistazo al monolito.

—Espero que sea verdad lo que decía esa mujer, patagón —susurró esperando que nadie lo escuchara—. De ser así, volveré cada vez que pueda para presentarte mis respetos.

 


Por Emilio Mellado Cáceres



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revista n°2 Aguja Cultural

Este cuento fue publicado originalmente en la tercera edición de Aguja Cultural.


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