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Imaginar y sentir: la importancia de seguir imaginando

En una época en que pareciera que todo ya ha sido dicho, la imaginación y la capacidad de sentir siguen siendo espacios profundamente humanos. Publicado originalmente en la tercera edición de Aguja Cultural, este ensayo de Fabián Aliaga reflexiona sobre la importancia de crear, imaginar y experimentar el mundo como si fuera la primera vez.



Ilustración de una niña sentada contemplando un paisaje luminoso que evoca la imaginación y la reflexión.

Imaginar y sentir

Vivimos en una época donde parece que ya no queda nada nuevo por decir. Todo ha sido pensado, discutido, desmenuzado. Autores, científicos, religiosos y filósofos han recorrido los mismos caminos antes que nosotros, han puesto nombre a lo que sentimos y han ordenado el caos en teorías comprensibles. Y quizás ese es el verdadero problema, porque cuando todo está dicho, la imaginación comienza a apagarse.


Ya no hace falta buscar, ni perderse, ni demorarse en entender. Basta con abrir una pantalla y la respuesta aparece limpia, inmediata, sin esfuerzo.


Pero entonces… ¿qué nos queda? Nos queda imaginar. Imaginar sin propósito, sin productividad, sin necesidad de llegar a algo. Dejar que la mente vague, que invente, que distorsione la realidad. Crear mundos que no existen, conversaciones que nunca ocurrieron, futuros posibles, versiones distintas de nosotros mismos. Nos queda ese espacio invisible donde nadie más puede entrar. Un lugar donde puedes componer una canción que nunca escribirás, discutir con alguien sin consecuencias, viajar sin moverte, o simplemente existir sin tener que demostrar nada.


Y también nos queda sentir. Porque ninguna respuesta, por perfecta que sea, puede reemplazar la experiencia.


Nadie puede explicarte realmente lo que es recibir un golpe, ni la confusión de una primera borrachera, ni la intensidad de una noche que te cambia, ni el peso de una traición, ni la extraña mezcla de vacío y plenitud cuando algo termina. Eso no se aprende. Eso se vive.


Tal vez el error no es que ya no haya nada nuevo que decir, sino creer que nuestra tarea era decir algo nuevo. Quizás nunca se trató de eso. Quizás se trata de experimentar lo mismo de siempre, pero como si fuera la primera vez. Y en ese gesto —simple, invisible, profundamente humano—crear algo que, aunque ya haya existido mil veces, nunca ha existido exactamente así.


Por Fabián Aliaga



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revista n°2 Aguja Cultural

Este ensayo fue publicado originalmente en la tercera edición de Aguja Cultural.


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