Lápiz Mágico
- Aguja Literaria

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¿Qué harías si tuvieras un lápiz capaz de concederte cualquier deseo?
Publicado originalmente en la tercera edición de Aguja Cultural, te invitamos a leer este cuento de Edgar Brizuela.

Lápiz mágico
Por esas ironías que tiene la vida —que a veces se comporta como un narrador con malicia—, un día apareció en la existencia de Artur Estay un lápiz mágico.
Decir que “llegó a él” suena exagerado, como si el lápiz hubiera volado o se hubiera materializado con un destello. No ocurrió nada espectacular. No hubo trueno. Lo cierto es que lo obtuvo sin buscarlo, y ese tipo de hallazgos suele traer consigo una trampa: uno recibe el milagro antes de saber qué hacer con él.
Artur no lo rechazó. Al verlo, pensó de inmediato en todo lo que podría conseguir. Imaginó que se volvería un rey Midas, que bastaría con escribir para convertir la carencia en abundancia. Pero estaba en una fase turbia de su vida: no tenía claridad sobre lo que esperaba de ella. Y cuando uno no sabe lo que quiere, hasta la magia obedece de manera peligrosa.
Los primeros días fueron un desfile de caprichos. Pidió comida, bebestibles, regalos para los amigos. Banalidades. Cosas que un hombre sensato consideraría baladíes, pero que a él le daban una alegría inmediata: el tipo de alegría que se ríe fuerte para no pensar. Pedía, recibía y se reía. Como si el lápiz fuese un reloj invertido capaz de devolverle el tiempo perdido.
Un día el calor se volvió insoportable. Las moscas zumbaban alrededor con insistencia, como si estuvieran burlándose. Artur deseó que desaparecieran. Y desaparecieron.
Se entusiasmó. Hizo lo mismo con las hormigas del jardín, con las palomas del tejado, con las ratas que venían a comer las hogazas de pan que él, en sus días normales, compraba con esfuerzo. Le gustó esa sensación: la de borrar lo incómodo con una sola frase.
Entonces pidió algo más ambicioso: que no le faltara pan durante un año. Pero el lápiz —obediente y literal, como suelen ser las fuerzas que no tienen piedad— trajo todo el pan de una vez. La casa se convirtió en una bodega de hogazas. Los pasillos se estrecharon. Las puertas dejaron de servir. Artur apenas podía circular: vivía dentro de su propio pedido.
Pensó, con un escalofrío tardío, que tuvo suerte de no pedir queso u otros acompañamientos. Si el lápiz obedecía así, quizá lo habría sepultado bajo una montaña de lácteos.
Molesto y confundido, en vez de pedir que el pan desapareciera, pidió que la casa creciera. Fue una solución que sonó razonable en su cabeza, como suenan razonables ciertas decisiones justo antes del desastre. El lápiz calculó cuánta superficie debía tener una vivienda para albergar semejante cantidad de pan y le construyó un pequeño edificio.
Sin embargo, pronto comprendió lo evidente: el pan almacenado sería moho en pocos días. Y el moho es una invitación. Las ratas —esas mismas ratas expulsadas— volverían con más hambre, como si el mundo tuviera memoria y las cosas retornaran siempre por la misma rendija.
Artur no se atrevió a dar más instrucciones. Temía colmar la paciencia del lápiz, como si el objeto pudiera cansarse, irritarse, vengarse. Con un poder así, pensó, uno debe ser cuidadoso. Uno debe pensar antes de escribir.
—Tengo en las manos algo que podría cambiar mi destino —se reprochaba— y aun así me estrello por no tener un plan.
Se sentó a ordenar la mente. Si el lápiz podía tanto, lo lógico era pedir lo máximo. Todas las riquezas del mundo. Algo definitivo. Algo que no dejara espacio a la duda.
No consideró, sin embargo, el detalle más mezquino de la magia: su límite. La tinta era finita. Artur no lo sabía. Creyó que el milagro era infinito, como el deseo. Pero bastó con que apuntara hacia la ambición más concreta —los números de la lotería de Estados Unidos— para que el lápiz dejara de escribir. El trazo se murió. El silencio fue brutal.
Angustiado, lo agitó. Lo puso vertical. Lo frotó. Lo inclinó. Lo presionó con furia. ¡¿Qué no hizo el pobre Estay para que el lápiz respondiera?! Nada. El lápiz se volvió un objeto viejo e inservible: madera, grafito, promesa agotada. No podía obtener nada más.
Si hubiese sabido desde el comienzo que la tinta era escasa, habría pedido menos tonterías. Habría sido más astuto. Habría ido directo a lo esencial. Pero ya era tarde, y en la vida “ya era tarde” suele ser una frase definitiva.
Para salvar lo que pudiera, organizó una venta de garaje. Vendió muebles Luis XV, computadoras, consolas de juego, lámparas de gota, comida para perros, buditas regordetes, arena de gato, libros de Juan Emar, una réplica a escala de un diplodoco… un catálogo de excesos nacidos de una tinta malgastada.
El edificio —al que, con ironía o con orgullo, llamaba “El Lápiz Mágico”— probablemente no lo podría vender. Un amigo le comentó que no tenía papeles de autorización al día y que, a mediano plazo, la municipalidad podría ordenar su demolición. Mientras tanto, le sugirieron subdividirlo, hacer piezas y arrendarlas a extranjeros.
Artur escuchó el consejo como se oye una sentencia. Miró el pan apilado, miró el pasillo estrecho, miró el lápiz muerto. Y en esa escena —pan, edificio, silencio— comprendió algo que no quería comprender: que el milagro no lo había salvado; solo había hecho más visible su desorden.
—Si tuviera el lápiz mágico, podría haber hecho esta remodelación en un santiamén… —murmuró.
Una rata se asomó, tímida, para morder un pan. Artur la observó sin moverse. No la espantó. Tal vez entendió, demasiado tarde, que algunas cosas siempre vuelven. Y que el tiempo —como un lápiz— también se gasta.
Por Edgar Brizuela
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Este cuento fue publicado originalmente en la tercera edición de Aguja Cultural.
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